¿Quién puede juzgar el interior del hombre?: solo Dios, aunque sea de alguien que ha consagrado su vida al Creador. Era el caso de algunos personajes del genial Graham Greene; aquel cura borrachín y padre de un hijo de El poder y la gloria. Ahora es un cineasta, el maestro Martin Scorsese (cercano a cumplir 50 años detrás de la cámara), el que hace realidad un proyecto que tenía en mente desde 1977: Silencio, basado en la obra del escritor católico japonés Shusaku Endo, que narra la dura represión que sufrieron los cristianos nipones en el siglo XVII.
 
Dos jesuitas, interpretados por Andrew Garfield (Desmond T. Doss en Hasta el último hombre, de Mel Gibson) y Adam Driver, marchan a Japón para encontrar a su antiguo maestro en la fe y para conocer las razones de su apostasía.
 
Cuando llegan a Japón, encuentran que los cristianos del país se esconden para no ser ejecutados, ya que está prohibido el cristianismo por los dirigentes. Son los prolegómenos al período Sokuku, en el que hubo una represión brutal con ejecuciones y torturas atroces a los pobladores de pueblos y ciudades. Animados por la presencia de los dos sacerdotes, vienen cristianos de otros lugares para asistir a Misa, bautizar a sus hijos, confesarse y recibir otros sacramentos.
 
Este clima social inhóspito lo refleja magistralmente Martin Scorsese en la naturaleza del lugar, mediante paisajes neblinosos y lluviosos. Imágenes que reflejan también certeramente la heladora animadversión de las autoridades del lugar contra el Evangelio. Ellos pontifican que a nadie se le pueden imponer una religión, mientras que abortan con crímenes y torturas a quienes se declaran seguidores de Cristo.
 
Sin confesar abiertamente su miedo, lo transforman en masacrar y martirizar a sus compatriotas que abrazan el cristianismo porque, dirán, “es una religión peligrosa”, sin dar motivos que argumenten esa postura. No obstante, para ellos lo más eficaz es conseguir que los escasos sacerdotes que hay apostaten de su fe.
 
Para los jesuitas que van en busca de su antiguo mentor y testigo en la fe, esta será la piedra de toque: ¿cómo actuar para que los catecúmenos puedan seguir viviendo en situaciones límite, donde la delación se premia con grandes recompensas, máxime si se trata de hacerlo a un cura?
 
En este estado de terror constante, ¿quién no se pregunta por el silencio de Dios? Y los religiosos no son ajenos a esto y, por ellos, y por el “rebaño” encomendado tendrán que vivir en un lugar donde vivir la fe se paga con la vida y donde no todas las personas tienen la fortaleza para ir al martirio. En esta posición está uno de los personajes más interesantes de Scorsese, un autóctono, que siempre acude a la confesión para arrepentirse de sus continuas apostasías.
 
Silencio es una muy buena película católica, donde se reconoce -uno de los protagonistas-, tras un extenuante y doloroso camino, que Dios actúa en cada alma de forma distinta y que, en situaciones tan extremas, siempre está silenciosamente presente en el sufrimiento, como lo estuvo con su Hijo.
 
Quienes juzguen duramente algunos actos de los protagonistas de esta cinta habrán enterrado con celeridad el Año de la Misericordia que hemos vivido y, lo que es más esencial, permanecerán complacientemente sin asomarse a los recovecos de sus almas.