Un tema muy recurrente pero clave entre las mujeres de nuestra generación: el mito de la súper mujer. Como casi todas sabemos a estas alturas: un timo.  Pero un timo que llevamos metido muy dentro y que genera presión, frustración e insatisfacción a muchas mujeres.
 
No pretendo convencer a nadie de nada (tarea que a estas alturas me parece imposible: sólo el Espíritu Santo toca los corazones y las cabezas) ni sacar conclusiones definitivas. Yo misma sigo nadando entre incertidumbres y dudas. Me limito a decir lo que pienso y observo, con la esperanza de intercambiar puntos de vista.  Estamos aprendiendo a vivir y la vida es compleja.
 
Volviendo a la súper mujer, yo personalmente, no sé vosotras, no tengo superpoderes ni llego a todo. A lo que sí llego es a las diez de la noche a la cama muerta. No soy ni la mejor madre, ni la mejor esposa, ni la mejor profesional. Definitivamente, renuncio. Dios ama nuestra pequeñez y nuestra debilidad y no necesita para nada nuestros éxitos. El Todopoderoso es Él, no nosotras.

Creo además que las personas se vuelven más atractivas cuando se muestran imperfectas y sin ninguna pretensión de ser lo que no son, así que ¡adelante!. Reconozcamos y reivindiquemos nuestra limitación.
 
Por más que la situación de las madres trabajadoras sea de lo más variado,  hay algo en lo que todas estaremos de acuerdo: ser madre y esposa no es delegable ni aplazable. Hay que darles a nuestras familias lo mejor que tenemos: nuestro tiempo. Un tiempo precioso porque vuela y no vuelve.
 
Y como el tiempo es limitado, la carrera profesional y la vida familiar chocan muchas veces. El choque es real y hay que elegir. No todo se soluciona con la todopoderosa y omnipresente ORGANIZACIÓN y sus largas listas de asuntos pendientes. En ocasiones, hay que llamar a RENUNCIA, apodada “la fea”.
 
“Renuncia”…esa palabra tan poco estética pero tan real y tan liberadora si tenemos claro a qué estamos dispuestas a renunciar y a qué no.
 
Lo demás son cuentos de autoayuda y vídeos motivacionales de 3 minutos sobre autorrealización personal, al final de los cuales se vuelve a oír el zumbido de la lavadora.
 

Hablando de tiempo, me viene a la cabeza el engañoso tiempo de calidad, del que se hablaba en los años 80/90 a las madres que se incorporaban al mercado laboral y que, a estas alturas, algunos supuestos expertos en conciliación de la vida familiar y laboral se empeñan en mantener.
 
El tiempo, se mire por donde se mire, es simplemente tiempo y no puede exprimirse hasta la extenuación sin que se rebele contra nosotros.
 
Resulta bastante evidente que se trata de un invento para acallar la culpa de no dedicar suficiente a lo verdaderamente importante.
 
Este concepto ha resultado ser un fraude. Genera excesivas expectativas sobre unos tiempos que discurren humanos e imperfectos como todos, genera hijos excesivamente demandantes ante la presencia de sus padres y padres artificialmente entregados durante unos minutos al día, dispuestos a no contrariar en nada a sus retoños para no fastidiar el sagrado “tiempo de calidad”. Les interrogan con una retahíla interminable de preguntas sobre el día, que éstos no parecen muy interesados en responder.

 
(Veo en ella al mito de la Súpermujer devorando mujeres reales que siguen sonriendo con una mueca vacía o una risotada estrepitosa…Tragedia sin lágrimas. Ella es Giselle Bündchen. Ilustración de Javier Muñoz)

Con los hijos hay que vivir y estar, sin girar obsesivamente a su alrededor durante un rato para suplir nuestras ausencias y acallar nuestra culpa.
 

A pesar de que lo que se lleva ahora es declararse “felizmente imperfecta” y pisotear con las amigas el concepto de “súpermujer”, hay todavía una enorme cantidad de mujeres que aspiran a llegar a todo y a lo más alto a base de voluntarismo, para luego, agotadas pero satisfechas, colgarse la medalla de haber cumplido sus sueños profesionales y familiares, mientras afirman orgullosas: “A mí nadie me ha regalado nada”. Todo es fruto de mi esfuerzo y de mi capacidad para organizarlo y controlarlo todo.
 
Voluntad de autosuficiencia radical que relativiza al infinitamente Otro. Autosuficiencia que es, en último término, la negación práctica de Dios.
 
A mí personalmente me lo han regalado casi todo y encuentro difícil que alguien defienda lo contrario si hace algo de introspección durante un par de minutos. Volvamos a nuestra verdadera dimensión: la de criaturas e hijos, porque “¿Qué tenemos que no hayamos recibido?” (Cor 1).
 
Dios me ha regalado la vida y me ha regalado a mis hijos, además de mantenerme en la existencia cada segundo, regalarme salud, fuerzas y oportunidades. También me ha regalado a veces dificultades, cansancio, fracasos…gracias a los que voy aprendiendo a regañadientes algo de lo que significa la palabra “paciencia”.
 

Así, cuando se nos suban los humos y creamos que nuestros pequeños logros nos pertenecen, basta mirar alrededor y observar con detenimiento la cantidad de personas que nos han ayudado en el camino y también la vida de innumerables mujeres silenciosas, muchas de las cuales no han trabajado nunca fuera de casa, pero han sacado adelante hogares y familias con discreción total, siendo invisibles para la sociedad (e incluso para su propio marido) y no por eso menos mujeres.
 
Y otras tantas que vieron desbaratados sus planes y sueños profesionales por la enfermedad, el paro o por cualquier otra circunstancia; o aquellas otras que decidieron libremente renunciar y dedicar toda su energía y tiempo a su familia.
 
El modelo que queremos y que deberían presentar los medios es la mujer que cualquier ser humano normal querría tener por madre/hija/esposa/amiga  y no la supermujer cuyo valor se mide por la enorme actividad que despliega, por sus éxitos y eficacia.
 
Y, si no, piensa por un momento en si los logros que ha conseguido tu madre (por ejemplo) te llevan a amarla o valorarla un milímetro más.
 
Los frutos que permanecen no son los aplausos. Están escondidos. No se pueden contar ni medir ni sirven para hacer una exposición. Sólo Dios “que ve en lo oculto” los conoce.
 
Aunque sea obvio, conviene recordar a tantas mujeres que pueden no haber rendido nada a los ojos del mundo, pero su vida ha sido de una enorme fecundidad. Y otras que, empachadas de aplausos, eficacia y resultados, han sido muy productivas pero no fecundas.
 
Lo único que contará al final de nuestra vida será el amor que hayamos ofrecido y recibido. (Sí, también hay que saber recibirlo!).
 
Como decía la Madre Teresa, “no se trata de hacer muchas cosas sino de hacerlas con mucho amor”.
 

Incluso cuando con la mejor intención queramos expresar admiración por una mujer, no la llamemos superwoman. Cualquier cosa menos eso.
 
Las súper mujeres no existen. Si no fallamos en esto, fallaremos en lo otro y, si no, que les pregunten a nuestros maridos.
 
No es nada sana la tendencia a mitificar a algunas mujeres por lo completas que parecen a los ojos del mundo o por la enorme actividad que despliegan en su día a día. Somos todas mujeres muy normales. Felizmente imperfectas como dicen ahora.
 
¡Liberemos a nuestras hijas del peso de la odiosa superwoman!