Hace un siglo el escritor inglés Hilaire Belloc publicaba un volumen con el título «The path to Rome», «El camino a Roma». Se trataba de la narración de la peregrinación a pie efectuada por el propio autor desde Toul, en Francia, hasta la Ciudad Santa. Este viaje era sin embargo también una transparente metáfora del camino hacia el Centro de la Iglesia, hacia Roma, que toda Europa está llamada a hacer si no quiere perder definitivamente su alma y su propia identidad. Belloc era un católico inglés, hijo de una ilustre convertida que pertenecía al movimiento de renacimiento católico en Inglaterra, que había tenido sus protagonistas en el cardenal Manning y sobre todo en el cardenal John Henry Newman, próximo beato.
 
El camino hacia Roma indicado hace cien años por Belloc, que fue protagonista de la cultura británica y partícipe de la conversión al catolicismo de un personaje como Gilbert Keith Chesterton, es el que han decidido recorrer ahora también otros anglicanos, los fieles de la «Traditional Anglican Communion» que ya desde hacía tiempo habían pedido al Vaticano entrar en plena comunión con la Iglesia católica.
 
Se trataba de una petición histórica: durante mucho tiempo, desde Newman a Tony Blair, la conversión del anglicanismo al catolicismo había supuesto una elección individual, personal, a menudo sufrida porque seguía al intento – siempre frustrado – de trabajar «dentro» de la Confesión Anglicana para llevarla a la unidad con Roma. Ahora en cambio estamos ante el paso de comunidades anglicanas enteras a la plena comunión con Roma.
 
Se trata de una petición madurada en los últimos años y que había casi puesto en dificultad a la propia Iglesia católica en Inglaterra, tanto que fue objeto de un acuerdo conjunto entre el Primado católico y el anglicano, bajo la supervisión de la Congregación para la Doctrina de la fe, dirigida – como es sabido – por un prelado de cultura anglosajona como es el cardenal americano William Levada, y que producirá una Constitución Apostólica, un documento ad hoc para consentir el paso de estas comunidades al catolicismo.
 
Estamos por tanto ante un hito histórico, por el cual por parte católica ya no existirá el temor de ser acusados de «proselitismo indebido», y por parte anglicana se acepta que una parte organizada de los propios fieles pueda efectuar una elección de este tipo. Es un ecumenismo «desde abajo», que representa ciertamente una gran novedad respecto al que durante tanto tiempo ha sido interpretado sólo por determinados organismos, a menudo orientados sólo a buscar un «mínimo común denominador» entre ambas confesiones cristianas, con el efecto de olvidar que el objetivo de un verdadero diálogo ecuménico es el reconocimiento de la Verdad.
 
Es necesario también subrayar que estos fieles anglicanos, tachados de tradicionalistas por la gran prensa, o también como una especie de «lefebvrianos anglicanos», son en realidad cristianos que miran al catolicismo como la Iglesia en la que pretenden no sólo entrar individualmente, sino hacer volver a entrar la propia historia y la propia tradición, reconciliándola con la de Roma. De hecho el documento conjunto de ambos primados afirma: «La Constitución apostólica es un ulterior reconocimiento de la coincidencia sustancial en la fe, en la doctrina y en la espiritualidad de la Iglesia católica y de la tradición anglicana».
 
El problema es que en los últimos años la Iglesia anglicana ha experimentado una tal deriva relativista que se ha alejado no sólo de la Iglesia católica, sino de su propia tradición, ésa que ahora estos fieles quieren reconducir a la plena comunión con los católicos. No se trata de «conservadurismo» o de divisiones entre anglicanos: el problema es que en la confesión instaurada hace cinco siglos por el soberano Enrique VIII y confirmada por su hija Isabel I se ha convertido en dominante un pensamiento no cristiano. Podría parecer un juicio muy severo, pero es un dato de hecho que en la base de las decisiones superficialmente definidas sólo «liberales», como la ordenación sacerdotal de las mujeres, las bodas de personas homosexuales, las batallas ecologistas y pacifistas, hay una verdadera revolución antropológica. Una revolución que prevé el abandono de la concepción del hombre como ser dotado de una naturaleza específica y dirigido hacia un fin. Este alejamiento ha traído consigo toda una serie de intentos de justificación de los cambios en el campo moral.
 
Describiendo estos cambios, el filósofo católico escocés Alastair MacIntyre ha denunciado en sus obras –en particular en «After the virtud»– ante todo el cambio de la concepción del hombre, porque no hay moral sin hombre ni hombre sin moral. El alejamiento de la visión aristotélica nos ha conducido a representaciones parciales de la ética, a intentos fracasados de juicio moral, a interpretaciones diversas del hombre y de la humanidad.
 
Este alejamiento ha tenido lugar impetuosamente en el anglicanismo, donde existe un desordenado pluralismo, una mezcla sin armonía de fragmentos ideológicos mal avenidos encabezados por un subjetivismo absoluto.
 
Semejante subjetivismo, que es dominante en el lenguaje moral contemporáneo, encuentra una correspondencia práctica en el «emotivismo», una doctrina según la cual todos los juicios de valor, y más específicamente, todos los juicios morales, no son otra cosa que expresiones de una preferencia, expresiones de una actitud o de un sentimiento, y precisamente en esto consiste su carácter de juicios morales o de valor.
 
La fascinación que la Iglesia católica ha ejercido sobre esos anglicanos decididos a rechazar esta deriva antropológica está por tanto en el hecho de que ésta representa la única realidad en condiciones de volver a proponer aún hoy al mundo esos elementos capaces de restablecer una concepción sana de la moral que estaba en la base de la concepción aristotélica: las virtudes, los valores para el hombre. A esto se añade además la propuesta de la Iglesia católica de restablecer una concepción de la razón que no se identifique simplemente con ese elemento capaz de conocer sólo aquello que puede examinar de forma experimental, sino con aquello que permite juzgar el sentido de la vida del hombre, su fin y el modo de alcanzarlo.
 
A su vez la Iglesia católica en Inglaterra y en todos los países de cultura anglosajona, desde Canadá hasta Australia o Estados Unidos, donde el anglicanismo se define «episcopalismo», sacará ciertamente riqueza de la nueva linfa traída por estas comunidades donde la pertenencia a Cristo ha sido objeto de una intensa y apasionada reflexión. Estos fieles anglicanos deseosos de la unión con la Iglesia católica encontrarán la oportunidad de traer la experiencia de esas tradiciones anglicanas que son preciosas para ellos y conformes con la fe católica. En cuanto que expresan de un modo distinto la fe profesada comunmente, estas tradiciones son un don que compartir en la Iglesia universal. La unión con la Iglesia no requiere uniformidad que ignora las diversidades culturales, como lo demuestra la historia del cristianismo, y la Iglesia católica traerá de esto seguramente beneficio.

 
* Paolo Gulisano es un escritor y ensayista, experto en el mundo británico. Ha publicado diversos volúmenes sobre Tolkien, Lewis, Chesterton y Belloc.