¿Por qué Dios, si es bueno, permite que pasen cosas malas?

Desde 2011, cada vez que alguien me plantea este tema eterno y esencial, la teodicea, el problema del mal, yo le hablo de mi conversación en Haití con la misionera barcelonesa Isa Solá, que ha sido asesinada este sábado 3 de septiembre en las calles de Puerto Príncipe.


Antes de ir a Haití, yo ya conocía a Isabel Solá, religiosa de Jesús-María, por su blog. Había leído como reaccionó en el terremoto de Haití de 2010.

Durante los tres primeros días tras el cataclismo los médicos huyeron del hospital. Allí solo quedaban tres enfermeras, a las que se sumaron algunas voluntarias y algunas misioneras como Isa. “Operábamos en la calle y sin materiales”, explica. Se refiere a amputaciones y otros traumas gravísimos. Al cuarto día empezaron a llegar médicos norteamericanos.

Leyendo el blog de Isa desde España, me parecía entender que ella se había enfadado con Dios por tanto horror, pero que de alguna forma entendía que Dios amaba a los haitianos. Era difícil de comprender.


Un año después, pude ir a Haití con otros periodistas. Nos invitaba una semana Manos Unidas para que escribiéramos acerca de numerosas iniciativas solidarias que se desarrollaban en el país caribeño.

Coincidió con el Día de la Hispanidad. Había una fiesta nocturna organizada por la embajada española y otras embajadas hispanas, a la que acudían cooperantes, guardias civiles y policías, la colonia española… Era muy interesante conocer a los españoles del Haití post-terremoto.

Para  adecentarnos tras un día de sudores, pasamos por la casa de Isa Solá en Puerto Príncipe. Nos abrió otra religiosa. Ella llegó más tarde, y me encontró en el recibidor, un perfecto desconocido.

Cuando la saludé en catalán se alegró y sorprendió. Siempre es hermoso escuchar la lengua materna en tierra extranjera. Le conté que yo también era de Barcelona, que el Papa Benedicto ya había inaugurado la Sagrada Familia, que ahora ¡oh, milagro! se podía visitar por dentro. Para los que hemos crecido en Barcelona, eso es como decir que ha llegado una especie de futuro épico e inalcanzable.

También le comenté que había leído su blog y quería hablar con ella en profundidad. Era un poco extraño hablar de la belleza de un templo cuando la catedral de Haití se había hundido con el obispo y numerosos sacerdotes dentro.


Pudimos hablar tranquilos dos días después, en su taller de prótesis para amputados en Croix-des-Bouquets, que puso en marcha con la ayuda de una asociación catalana de amputados y miembros de su familia. Era un trabajo impresionante y complejo: los miembros accidentados adelgazan con los meses, y las prótesis hay que recalibrarlas. Además, las que llegaban del extranjero imitaban el color de piel de los blancos, y los haitianos las necesitaban negras. La autoimagen de una persona que ha perdido parte de su cuerpo es importante. Había que enseñar a ponerlas, cuidarlas y usarlas.

Aquello era un trabajo en red de la Iglesia universal, con técnicos salvadoreños de una universidad salesiana, terapeutas de las Misiones Médicas de una parroquia de Memphis (EEUU), locales de las dominicas de la Presentación, que eran colombianas…


A medida que hablaba con Isa del terremoto y sus implicaciones espirituales, ella y yo nos emocionábamos y nos brotaban las lágrimas.

 “Unos 70 de nuestros pacientes fueron amputados por el terremoto. Han de verbalizar su historia para superarla”, explicaba Isa, que durante un año había escuchado a casi todos ellos.

«Sadrac, ese doble amputado que pasó cuatro días enterrado, me escribió su testimonio con gran madurez y religiosidad. ¡Sacrificó sus piernas para salvar a otro chico! Cualquiera de nosotros, en Occidente, necesitaría mil psicólogos para superar eso».

«Tras el terremoto, la gente llamaba a Dios. Así ellos me enseñaron a descubrir a Dios en todas las circunstancias de nuestra vida. Yo me rebelé contra Él esos días: ¿cómo permitía esa lluvia sobre mojado, esa tragedia que se multiplicaba? Yo decía “¿por qué nos has abandonado?”, y no creo que lo dijese rezando, sino más bien enfadada, abandonada. Pero los haitianos no hacían de ello un especial problema. Celebraban la misa junto a los cascotes de las iglesias, y soplaba el viento y traía olor a muerto, de los cadáveres bajo los escombros, y la gente rezaba: “Jesús, Jesús”. Y después de la comunión, como es costumbre aquí, se daba gracias a Dios, y cantaban llorando, de rodillas, y decían “Gracias, Señor”, con los brazos en alto, y yo no podía cantar, no tenía palabras. Estaba sobrecogida por cómo se abandonaban en manos de Dios. “Sólo Dios sabrá”, decían ellos».

«Las personas con menos formación pensaban: “quizá el terremoto es un castigo de Dios, algo habremos hecho”. Pero la Iglesia y los curas trabajaron con mucho esfuerzo para explicar que no era un castigo, para quitar el sentido de culpa, la idea enraizada en esta cultura de que el haitiano es malo, que merece castigo. Los curas haitianos predicaron del amor de Dios, y eso me ayudó. Descubrí que Dios ama a los haitianos. Es algo que siento con fuerza. Si tienes muchos hijos y uno es paralítico, por ejemplo, ¿acaso no le quieres de una forma especial? Pues Dios tiene una predilección por ellos, porque necesitan más. Los haitianos me enseñaron a decir a Dios “te alabo”, con sinceridad y ojos cerrados, a decir “estoy en tus manos”. Aquí nadie está enfadado con Dios; ninguno de los amputados de este centro lo está».

 
A mí me hacía pensar. El terrible terremoto de Lisboa de 1755 fue usado por los filósofos Hume y Voltaire para hablar mal de Dios. Ellos estaban indignadísimos. De hecho, por temas mucho menores, en Occidente mucha gente se indigna con Dios ante cualquier contratiempo.

Pero en el taller de amputados de Isa Solá, donde muchos habían perdido parientes, casas y talleres, nadie estaba enfadado con Dios. En las parroquias derruidas la gente cantaba, incluso llorando, “gracias Señor”. Mientras algunos predicadores de sectas o líderes vudú buscaban chivos expiatorios (echar las culpas del terremoto al pecado o a los blancos) los curas haitianos predicaban el amor de Dios.

En el terremoto, Isa, la misionera, había aprendido de los misionados una religiosidad de la confianza y el abandono.

No fue la única. Cuando el buque Castilla llegó a Petit Goave y las tropas españolas, con sus zapadores de infantería de marina, preguntaron a los locales cómo podían ayudarles, ellos dijeron que la prioridad era desescombrar las ruinas de la parroquia de Notre-Dame: necesitaban, en primer lugar, poder orar y alabar y reforzar su esperanza.

Ahora, en 2016, unos criminales comunes han asesinado a tiros a Isa, cuando estaba en su vehículo, al parecer pensando en robarle. Tenía 51 años. Aunque era de familia pudiente, desde los 17 años tenía claro que sólo podía ser feliz sirviendo a Dios entregada a los pobres.

Ella aprendió de los haitianos que “aquí nadie está enfadado con Dios”. También nosotros podemos ahora alabarle y darle gracias. Él sabe más.