Este fin de semana celebramos una de las fiestas que más ha cambiado con el tiempo, una fiesta reflejo del cambio en nuestra sociedad. Según décadas y generaciones, la pintamos de blanco, de negro, de colorines diversos, o de una combinación curiosa de colores llamativos.
 
Hace 20 ó 30 años, y aún hoy para muchos, celebraremos el día de los muertos, del cementerio, del llanto y el lamento por la muerte de tantos seres queridos. Día triste, y a la vez, y jornada del agosto para las floristerías. En esta semana se venden más flores que durante todo el año. ¿Será que hay más muertos que enamorados, bodas y celebraciones varias? ¿O será que nos acordamos de llevar flores a los muertos, para compensar lo olvidados que los hemos tenido mientras estaban vivos?
 
En nuestra época, sin embargo, y hasta con este gran gasto (externo, dicho sea de paso), la muerte no está de moda. Se esconde este hecho inapelable, cierto, seguro hasta para el que viva preso de un mar de dudas. Hoy se trivializa la muerte, se gestiona como un trámite más, y hasta cuesta un buen pico, si sumamos tanatorio, traslados y los interminables trámites de herencias. Poco celebramos ya este día con su sentido original: rezar por quienes han dejado este mundo y están próximos al gozo eterno cerca de Dios, o ya están disfrutando de esa vida maravillosa.
 
Muchos quizás seguimos esperando recibir una llamada telefónica de ese mundo, un e-mail, la publicación de su página de Internet o algunas fotografías. «Si no existes en Internet, afirman los economistas de hoy, tu empresa no existe»; nosotros hemos trasladado ese principio a toda nuestra vida.
 
Ahora nos entretenemos celebrando otra fiesta, Halloween, la noche de las brujas. La muerte y el más allá, que tratamos de esconder, son bienvenidos cuando tienen la forma de zombis, fantasmas, brujas y meigas. La noche de los disfraces, del ocultamiento detrás de una careta. ¿Será que tenemos miedo a mostrarnos como somos? ¿Estará surgiendo, también en Halloween, la cultura de la corrupción, del engaño?
 
Dejando a un lado el origen pagano de la fiesta, pagano pero reflejo de esa sed de inmortalidad y eternidad que todos tenemos, vayamos a las raíces de la fiesta. La Iglesia, aunque a veces lo olvidamos, no celebra el 1 de noviembre como día de los difuntos (esa fiesta el día siguiente). El día 1 celebra el día de todos los santos. Creyentes y no creyentes admiramos la integridad de personas como Maximiliano Kolbe, que prefirió entregar su vida a cambio de la de un padre de familia en Auschwitz, o la de Teresa de Calcuta, que se desgastó desinteresadamente por los más pobres de entre los pobres; o la de Juan Pablo II, que perdonó de corazón a Ali Aqca, quien estuvo a punto de acabar con su vida. Grandes personas, y grandes santos. ¡Qué pena que no haya más hombres así, en esta sociedad que nos bombardea con corrupción, engaño, tráfico de influencias, ganancias deshonestas…!
 
Este día la Iglesia celebra a los «san don nadie», que también los hay. Ese sencillo padre de familia que se desgasta a diario por cuidar de su mujer y sus hijos, ese humilde trabajador que realiza su labor calladamente, con perfección, e interesado en ayudar a sus compañeros, en lo profesional y en lo humano. Ese amigo que sabe acompañar al que está necesitado, con su comprensión, su alegría, y por qué no, sus bromas.
 
¿Ese ideal utópico es posible en una persona pública? Hace pocos días hemos despedido a una de ellas, Sabino Fernández Campo. Sin hacer un juicio exhaustivo, ni canonizarle demasiado pronto (no le conozco tan en detalle), me llama la atención encontrar a un personaje público alabado por gente de muchos signos, ideologías y tendencias. Filo-franquistas, detractores del franquismo, indiferentes, pro-democráticos y un largo etcétera. ¿Por qué? Porque era una persona honesta, leal, honrada, que buscaba lo que un personaje de ese tipo debe buscar: el bien común, la paz, el acuerdo entre todos. No hay enemigos; hay personas con opiniones distintas que tenemos que comprender y, en lo posible, llegar a un acuerdo. No hay memoria histórica para tirarnos los trastos a la cabeza, ni a favor de un bando ni de otro. Hay un sano olvido histórico, y un deseo de crecer juntos, de servir a la sociedad y de progresar. Creo que a todos nos reconforte encontrar a un personaje público que, con sus más y sus menos (seguro que los tuvo), y pueda ser considerando, usando esta palabra en términos humanos y sociales, santo. Su santidad cristiana, que la analicen otros.