No deja de tener su lectura siniestra que esta hecatombe de Niza se haya perpetrado mientras las víctimas conmemoraban la Revolución, que es como si el sifilítico celebrase el día en que contrajo la sífilis. La Revolución prometió a sus hijos que, después de derruir el orden antiguo, alzaría sobre sus escombros un nuevo mundo paradisíaco con una torre que llegase al cielo, en la que sus hijos podrían encaramarse, para creerse dioses; pero, a la postre, aquel mundo paradisíaco y aquella torre endiosadora se han convertido en un camión que pasa por encima de los hijos de la Revolución, reventándolos como si fuesen cucarachas.

También tiene su lectura siniestra que, mientras el islamista de Niza reventaba hijos de la Revolución, en el pudridero llamado Occidente andemos aprobando leyes para que perviertan a nuestros niños en la escuela, o cambiando los rótulos de los retretes, para que chorras y chorros, naturales o de quirófano, puedan alternar en amor y compaña. Este Occidente huérfano de certezas, tembloroso como un junco, aferrado a sus vicios embrutecedores, está fiambre; y el islamista de Niza sólo ha venido a recordárnoslo, aplastándonos con un camión, como los sepultureros aplastan con una pala los huesos podridos de las fosas comunes, para hacer hueco a los nuevos cadáveres.

Occidente se muere, ensimismado en el disfrute de sus derechos de bragueta y sus migajillas de bienestar material (que son como las uvas de las campanadas de fin de año). Lo más delirante es que, en un aspaviento ante la galería, este Occidente atufado por los miasmas de su propia decadencia se pone estupendo. Así ocurrió, por ejemplo, cuando Trump prometió que no dejaría entrar musulmanes en Estados Unidos, si resultaba elegido presidente. De inmediato, nuestras plañideras de la corrección política empezaron a lloriquear y a rasgarse las vestiduras; pero llegará el día en que pidan a la desesperada, de rodillas y con las vestiduras manchadas de caquita, que aquella promesa de Trump se haga realidad (o tal vez prefieran convertirse directamente a la secta de Mahoma, comiéndose con patatas su laicismo). Lo que parece imposible es que surja de este Occidente desfondado ninguna reacción digna y valerosa; pues aquí sólo tenemos dos soluciones, ambas defecatorias: o cagarnos de miedo por la pata abajo o cagar bombas en algún paraje remoto del atlas, a modo de represalia grotesca.

Pero la única solución digna y valerosa, el único modo que tiene Occidente de combatir a su enemigo es recuperar su tradición cristiana. Es una ley biológica infalible que las civilizaciones las fundan las religiones; y que se extinguen cuando muere la religión que las fundó. Así ha ocurrido a lo largo de todos los crepúsculos de la Historia, sin excepción alguna, y así seguirá ocurriendo, mientras el mundo sea mundo. La Revolución que ayer conmemoraban en Niza concibió el sueño demente de sostener una civilización sobre un vacío religioso, o sobre el sucedáneo idolátrico de la democracia. Pero ese sueño no ha tardado en convertirse en pesadilla; y sobre los escombros de la civilización fundada por la Cruz no se alzará la torre del endiosamiento humano, sino una media luna chorreante de sangre, que iluminará con su luz cárdena el pudridero donde yace nuestra apostasía, aplastada sobre el asfalto como una cucaracha.

Mientras llega ese día, podemos seguir cambiando los rótulos de los retretes, o dejando que perviertan en la escuela a nuestros hijos. Pues, al parecer, Occidente se ha propuesto morir ahogado en el vómito terminal de un paganismo con olor a ojete desflorado y papiloma sonámbulo.

Publicado en ABC, 16-716.