A lo largo del siglo XX y, sobre todo, a partir del Concilio Vaticano II, los laicos han ido tomando conciencia del papel que les corresponde en la vida de la Iglesia. Poco a poco ha ido creciendo el número de laicos que se sienten Iglesia, que se sienten llamados a la santidad y al apostolado y que saben que su tarea específica es la ordenación de las estructuras temporales según el corazón de Dios. Muchos han sentido la necesidad de una mayor formación bíblica y teológica y tratan de vivir la espiritualidad propia de los laicos, integrando acción y contemplación. No pocos están vinculados a las parroquias y colaboran en diversos ministerios, la liturgia, la catequesis, la diaconía de la caridad y la colaboración en los diferentes consejos diocesanos o parroquiales.

En paralelo a estos datos esperanzadores, asistimos también al deslizamiento progresivo de muchos cristianos hacia una especie de privatización de la religiosidad, que tiene luego escasas repercusiones en la vida pública. Es lo que podríamos llamar la religiosidad vergonzante o medrosa. En la sociedad española de hoy hay una tendencia cada vez más acentuada a considerar la vida religiosa como un asunto privado, que afecta únicamente a la vida individual y a la propia intimidad y que no tiene por qué traslucirse en las actuaciones públicas de los cristianos. Esta tendencia aflora cada día en el mundo de la política y de la economía, de la enseñanza, de los medios de comunicación social, en el mundo de la cultura y del pensamiento. En todos estos ámbitos hay cristianos, pero muy tímidos a la hora de actuar como tales, dejando el campo libre a quienes no tienen ningún pudor en hacer profesión pública de agnosticismo o de ateísmo.

Por ello, en esta hora de la Iglesia en España, necesitamos cultivar un catolicismo militante, no en sentido bélico y agresivo, sino en el sentido más noble de la expresión, es decir un catolicismo activo, con una implantación fuerte, significativa y evangelizadora, en la vida pública, bien formado, alimentado y estimulado desde los grupos y movimientos apostólicos. La promoción de un laicado bien preparado, que participe en las tareas eclesiales, dinámico, con empuje apostólico y misionero y presente sin complejos en todos los ámbitos de la sociedad es hoy una prioridad.

Otra realidad negativa es la atomización de las organizaciones del apostolado seglar y su desconexión entre sí. En líneas generales los grupos y movimientos se conocen poco, tal vez porque en muchas partes no hemos creado cauces de comunicación, conocimiento y colaboración. En el momento histórico que estamos viviendo la cohesión, la unidad y la comunión son más necesarias que nunca, respetando los carismas y la identidad de cada uno. En esta hora, por sentido de la responsabilidad y de la eficacia, necesitamos remar en la misma barca, en la misma dirección, con el mismo ritmo y con la misma intensidad. Personalmente estoy muy agradecido a la Delegación Diocesana de Apostolado Seglar que en los últimos años ha ido abriendo caminos para conocernos mejor, para estimarnos y valorarnos más y para colaborar en objetivos comunes, pues es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. 

Y todo ello para evangelizar, que es la razón de ser de la Iglesia y también de los laicos. En la Exhortación Apostólica Pastores gregis, sobre la misión y la responsabilidad del obispo en la Iglesia, publicada en octubre del año 2003, el Papa san Juan Pablo II nos pedía a los Obispos que estemos cerca de los grupos y movimientos de apostolado seglar, que apoyemos, alentemos y ayudemos a los laicos para que desarrollen el apostolado según su propia índole secular, a partir de la gracia de los sacramentos del bautismo y de la confirmación , que es el auténtico manantial y venero de su compromiso apostólico.

Por ello, aliento a los laicos sevillanos a implicarse en el apostolado, a anunciar a Jesucristo a nuestro mundo con la palabra explicita y con el testimonio atractivo y convincente de nuestro propia vida, con alegría, con valentía y con desparpajo. Les pido además que no escondan la luz de su fe debajo del celemín por miedo, por pusilanimidad o por cálculos humanos, por temor a perder ventajas en la vida social. Poned vuestra luz sobre el candelero para que alumbre a todos, cercanos y lejanos. Contáis para ello con la compañía del Señor, que nunca deja solos a los evangelizadores.