La ciudad de Roma cuenta los días para vivir una jornada marcada para la historia. Cuando el próximo 15 de mayo, el Papa Francisco, mitrado y férula en mano, "ordene" que su nombre sea inscrito en el libro de los santos, la Iglesia contará con un nuevo modelo de santidad. Para mí, personalmente, uno de los más importantes del siglo XX. Dice de él Pablo d'Ors, en su obra El olvido de sí, que durante los años que vivió en el desierto, cuando preparaba la mesa para comer, ponía siempre dos platos, el suyo y otro para su compañero de "orden". Este segundo, en cambio, permanecía vacío, ya que nunca consiguió en vida que nadie le acompañara en su carisma

Charles de Foucauld siemp​re fue para mí un ejemplo al que aspirar. Como cuando coleccionaba cromos de pequeño, ha sido una de las piezas que más se hacían esperar en mi álbum de lo que es la santidad. Y es que siempre me han gustado los santos poco convencionales, raritos, que no tuvieran un recorrido vital muy previsible. Vizconde de cuna, explorador, juerguista... pero, sobre todo, lo más seductor en mi opinión, un auténtico fracasado. En una sociedad de cuentas de resultados y planes pastorales, se podría decir que tuvo una existencia bastante improductiva. No montó un colegio para huérfanos, ni un comedor social y, como Cristo en la cruz, murió asesinado como un auténtico pordiosero. Foucauld buscó sin descanso estar con los más pobres, pero iba a lograr algo mucho más grande, convertirse en uno de ellos. 

Crecí en una familia con muchos hermanos, en la que la cuidadora que nos daba el biberón de la mañana no solía ser la misma que el de la noche, ya fuera porque huía, o por otras razones aún desconocidas. Las tuvimos de todos los tipos: jóvenes y mayores, solteras o casadas... Hasta recuerdo que tuvimos una monja, posiblemente sería la que más duró de todas ellas, y, sobre todo, estoy convencido, la que más nos quiso. Era una mujer alta, con melena gris, gafas grandes, voz delicada y esa sonrisa tan característica de quien, como Charles de Foucauld, hace mucho tiempo que se ha olvidado de sí. Se llamaba María Estrella y pertenecía a una orden cuyo carisma era vivir la fe en medio de la pobreza; para ello se ganaban el pan trabajando en las cosas más humildes: circos, cárceles o como era el caso, cuidando a niños bastante insoportables. 

Recuerdo que a nuestra cuidadora monja lo que más le gustaba era ir a comer con toda la familia al restaurante de comida china del barrio. Le encantaba hablar en su idioma con los camareros. Les contaba historias interminables de los nueve años que pasó en Hong Kong viviendo en una casa-barco, mientras trabajaba en una fábrica donde los patrones utilizaban las manos de los niños para fabricar las ojivas de las bombas más pequeñas. La recuerdo hablándome de la importancia de la armonía para el pueblo chino. Recuerdo, también, cuando fuimos a visitarla a su convento en Roma, donde estaba la tumba de su fundadora. Recuerdo tantas cosas de ella, pero sobre todo la recuerdo como una mujer auténtica, o mejor dicho, como una auténtica pobre

Escribía Camus en su obra La caída que hoy hay demasiada gente que se sube a la cruz con tal de que se le vea desde lejos, incluso si para ello es necesario pisotear a los que estaban allí desde hace tiempo. Charles de Foucauld y María Estrella fueron ejemplo de lo contrario, y por eso han marcado para siempre mi vida. En la última visita que pude hacer a mi cuidadora monja, en la residencia en la que pasó sus últimos días, me dijo: he vivido tantos años entre los pobres, pero ahora es cuando verdaderamente estoy cumpliendo mi misión, ser una pobre más

[*En recuerdo de María Estrella, a la que cariñosamente llamábamos "Yeya", fallecida en Toledo en enero de 2021. Pertenecía a las Hermanitas de Jesús, una de las numerosas órdenes, carismas, movimientos... que han nacido de la inspiración del que será muy pronto San Charles de Foucauld. Porque... ¡cuando el grano trigo muere, nuestros hijos se multiplican como las estrellas del cielo!]