Montserrat es uno de los grandes símbolos de Cataluña. Y lo es porque posee un fuerte significado en ámbitos diferentes, si bien complementarios. Uno es el de su dimensión popular. Mucha gente va a Montserrat, y en una proporción no pequeña no es la fe la que la mueve, sino la relación del Monasterio con Cataluña.

En esta vertiente secular, el Monasterio de Montserrat también ha tenido otro importante papel por sus actividades en el terreno de la cultura: las publicaciones, el papel jugado a lo largo del tiempo por Serra D’0r, su gran función de suplencia durante el régimen de Franco, su capacidad de acogida y refugio de personas y grupos orientados a la política democrática y en defensa de las libertades básicas. Todo esto le ha conferido un amplio y bien ganado prestigio, no exento de polémica, como en el caso del presidente Tarradellas, o también por los que veían una primacía de lo temporal no siempre justificada.

En el ámbito de la fe, la Virgen de Montserrat, patrona de Cataluña, y desde ella, la comunidad benedictina, han ejercido una histórica misión de maestría en la vida espiritual, la teología, la liturgia y los estudios bíblicos. También por el hecho de ser una comunidad de monjes seguidores de San Benito, grande y bien dotada numéricamente. Todo ello hace de Montserrat una referencia cristiana.

Todo este inmenso patrimonio no está en cuestión por el hecho de que entre sus filas haya surgido lo que la misma comunidad reconoce que ha sido un “depredador sexual”, y que precisamente era el encargado del grupo de escoltas del propio Monasterio, y aún menos porque en las pesquisas de la comisión que ha investigado las denuncias haya aparecido un segundo caso, este inicialmente desconocido, más lejano en el tiempo, durante los años 1966-68, y acotado a un par de casos, y en el que la comunidad, en la persona del abad, actuó con diligencia y energía reparadora.

Sostengo que ahora, como siempre, el Monasterio, su comunidad benedictina, los monjes deben ser depositarios de nuestro más pleno apoyo y confianza. Aquellos casos no pueden dañar la confianza en la comunidad.

Sería bueno que la comunidad rectificara

De todos los hechos informados, de las declaraciones hechas por el padre abad, hay algunas consideraciones que son necesarias, y tienen como trasfondo la distancia sideral que separa el control de la confianza. La primera nace de procedimientos técnicos más o menos coercitivos, la segunda del corazón y la conciencia de los seres humanos. Y esta confianza, en el caso de quienes tienen a Jesucristo como centro de su existencia, sólo puede surgir de una fuerte vida espiritual y ascética. Es esta la finalidad que tenía San Benito cuando redactó las reglas, en el siglo VI, que aún hoy constituyen la base del monacato, y en particular de la orden benedictina.

Desde esta perspectiva no quiero ocultar mi preocupación por las informaciones hechas públicas por el propio monasterio, en el sentido de que piensan llevar a cabo “un protocolo para todas las actividades que se hacen en Montserrat donde intervienen menores” y “nombrar un delegado o responsable de protección de menores, que no sea un monje ”

No sé si la comunidad, el abad de Montserrat, trastornado por los hechos y el escándalo mediático, ha medido bien lo que se traduce de sus intenciones guiadas por la mayor buena fe.

Lo que nos dicen es que la vida espiritual y ascética que llevan, la vida de comunidad basada en la Regla de San Benito, la fe que profesan y por la que han abandonado el mundo secular para vivir con más intensidad la oración continua, es su vida.

Todo esto no es suficiente para garantizar la seguridad de los adolescentes y jóvenes que estén en contacto con la comunidad, que esta confianza no es posible y que hay que instaurar el control, ¡con un protocolo basado con lo establecido por la Generalitat en las escuelas! Nos están diciendo, con su propósito, que la comunidad benedictina de Montserrat necesita basarse en el orden secular, profano, para garantizar que no vuelvan a haber más casos de abusos. Es una decisión que, se vista como se vista, hace un mal a la fe en Jesucristo, porque se presenta como un bien, y porque reconoce y establece que, por sí sola, no es capaz de mantener indemne a la integridad y dignidad de niños adolescentes y jóvenes. Es un precedente terrible de supremacía del orden profano sobre el sagrado y la vida a él consagrada.

Y para acentuarlo, la comunidad subraya que el posible responsable de la protección de los menores ¡no será explícitamente un monje! Pueden tener varias razones para considerarlo así, pero ninguna es válida, porque tras reconocer que han tenido un “depredador sexual” en sus filas a lo largo de treinta años, y además responsable de los jóvenes escoltas, lo que transmite su prescripción es eso: no será un monje, porque así damos más garantías y confianza. ¿Quiere decir que de sus filas no puede salir nadie capaz de hacer cumplir con rigor -podríamos decir con rigor benedictino- la función de proteger a los menores? ¿Se dan cuenta de cómo atienden de este modo los argumentos y campañas en contra, de cómo dañan el valor del monacato? ¿De cómo afecta la capacidad de evangelizar el mundo, si resulta que los monjes por sí solos no pueden garantizar la situación de los menores que se relacionan con Montserrat? ¿Por qué, si no, debe ser una persona del mundo profano quien deba hacer aquello tan importante?

Se puede entender también que, con aquella figura seglar, la comunidad intente protegerse de problemas futuros: teniendo unas normas y un vigilante que no es monje, es a él a quien le concierne, no a nosotros. Si esta es la reflexión, sería pobre espiritualmente, porque ante los ojos de Dios es la comunidad quien debe rendir cuentas, y no reglamentos y figuras sobrevenidas. Es su fuerza moral la que cuenta. Si no es así, ¿cuál es el significado de aquella comunidad monacal?

No es sólo la comunidad benedictina de Montserrat la que se ve descalificada por este tipo de decisiones que no parecen nacer de una experiencia y exigencia evangélica: es al conjunto de la Iglesia a quien le afecta este proceder y precedente, si se acaba llevando a cabo.

Por esta razón es necesario que los monjes de Montserrat rectifiquen y aborden el futuro a partir de los recursos que les son propios: la fe, la vida espiritual, la ascética y las virtudes cristianas, la regla de San Benito, que fundamenta su vida en común. Y es de entre ellos que deben surgir las garantías para evitar futuros casos, y aún deben ser más sólidas que las que pueden aportar las reglas del mundo. Si no es así, el profano habrá colonizado Montserrat.

Y es que Montserrat no podrá resistir que misiones como la de velar por los menores no puedan ser ejercidas con plenitud y excelencia por la propia comunidad, porque lo que hace fuerte a un monasterio no son los muros, ni los bienes culturales de los que dispone, sino que su vida espiritual sea curativa de los males del mundo. Si no es Jesucristo quien los cura, ¿cómo puede haber experiencia cristiana?

“Escucha, hijo mío, las prescripciones del maestro, para el oído del corazón, y acoge con agrado la exhortación del padre amoroso y ponla en práctica a fin de que por el trabajo de la obediencia vuelvas a Aquel de quien te habías apartado con la desidia de la desobediencia. A ti, pues, se dirige ahora mi palabra, seas quien seas que, renunciando a tus propios quereres, pasas a militar para el Señor, Cristo, el rey verdadero”.  Del prólogo de la Regla de San Benito.

Publicado en Forum Libertas.