«El Espíritu de Dios está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Is 61,1)

Ungido está  cada uno de nuestros queridos sacerdotes por su consagración, y no precisamente para hablarnos (como pudieran creer necesario algunos de ellos mismos) con «persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu» (1Cor 2,4), como citaba hace muchos años un entonces famoso predicador dominico estadounidense dándonos su propio testimonio de cuando descubrió esta gran verdad.

Porque eso es sencillamente lo que deseamos quienes necesitamos el doble alimento diario Eucaristía‒Palabra: una homilía diaria en la que se nos explique y aplique lo esencial de cada lectura en tono, sí, persuasivo, pero familiar y cercano. San Juan María Vianney «Estaba convencido de que el ministerio de la Palabra es absolutamente necesario para acoger la fe y la conversión», y el Vaticano II nos dice (no “decía”): «una mejor inteligencia y eficacia se ven favorecidas con una explicación viva, o sea, con la homilía, como parte que es de la acción litúrgica» (Constitución sobre la sagrada Liturgia, 29), es decir, de la Santa Misa.


Nuestros pastores deben interesarse diariamente por todos (hasta la última viejecita en su rincón), sin adoptar una actitud minimalista y hacerlo cuando está estrictamente prescrito (es decir, domingos, fiestas importantes y tiempos fuertes), o cuando «el pueblo acude numeroso a la iglesia» (Ordenación General del Misal Romano 66). Lo cual suena como si nos dijeran: “Hoy sois muy pocos, así que no hace falta que os explique nada”, o: “Ya ha pasado la Cuaresma, y las lecturas de hoy han sido muy interesantes (claro que esa primera de Ezequiel la mayoría no la habréis entendido, y tiene su miga); pero, bueno, ya es tiempo Ordinario, así que pasemos a las preces”. Porque cuando el sacerdote, después de leer el Evangelio, echa mano del Libro de las Preces (sobre todo tras una lectura difícil o especialmente sustanciosa y de urgente aplicación), en realidad es como si nos estuviera diciendo eso. 
    

Y Francisco lo hace «como parte de su acción litúrgica», la Santa Misa. Pero los que no tienen la suerte de tener a Francisco o a un sacerdote que haga lo mismo que él, se quedan diariamente sin recibir esa semilla en sus corazones, aunque nuestro Sembrador no diferencia entre el terreno de Santa Marta y el de cualquier parroquia o capilla.
     
Insistamos: resulta doloroso cuando en muchos lugares, día tras día, después de decir el sacerdote «Palabra del Señor», pasa directamente a las preces, y da pena pensar que esa Palabra que Dios nos ha dirigido ha pasado desapercibida para la mayoría, tal vez porque, para empezar, se ha leído mal (deprisa y apagadamente, leyendo, pero no proclamando) o no era fácil de entender. Y lo peor es que muchos ni echan de menos esa homilía, pero sí sus almas: «mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42,2).  
    
Porque ¿a cuántos les interesa realmente una homilía diaria si no se ha puesto en sus corazones la necesidad de instruirse? Cuando tuve que escuchar la Misa en Radio María toda la Semana 5ª del tiempo Ordinario de 2015, y la primera lectura fue toda ella del Génesis, solo el viernes se incluyó en la homilía, aludiendo a cómo, tras la mentira del demonio a Adán y Eva de que se les abrirían los ojos, Jesús vendría a abrirnos no solo los oídos (como al sordo del Evangelio de ese día), sino los ojos, para darnos su luz y conocer la verdad. Pero el resto de la semana, de esos pasajes del Génesis, una vez más escuchados (o tal vez solo oídos), no se nos dijo ni una palabra.
  

El papa Francisco nos ha recordado en Evangelii gaudium que los fieles «esperan mucho de esta predicación y sacan fruto de ella con tal que sea sencilla, clara, directa, acomodada» (Evangelii Gaudium, 25). A veces en la iglesia pienso: ¡Si vieran a nuestros hermanos pentecostales (que no tienen la Eucaristía, regalo supremo de Cristo a su Iglesia), cada uno con su Biblia mientras escuchan la predicación de su pastor, leyendo la Palabra con él y compartiéndola entre ellos, además de leerla y estudiarla también en sus casas! En cambio, para nosotros los católicos, que realmente lo tenemos todo, ¡cuántas lecturas, incluso de crucial relevancia, pasan sin pena ni gloria!
     
Además, muchas veces esas lecturas que no se explican podrían descubrirnos algún pecado nuestro insospechado por ignorancia. Después de la Misa del domingo XXIX del tiempo Ordinario (Año A) le comenté al sacerdote en la sacristía: “Siempre que tenemos este  Evangelio donde Jesús, mirando el denario, nos manda dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios [Mt 22,21], echo de menos en la homilía una aplicación muy concreta, muy actual y muy necesaria” — “¿Sí? ¿Cuál?” — “Pues la de cuando tratamos de evadir el IVA, o aceptamos el no pagarlo, porque es un fraude que no solo debemos rechazar como cristianos. Siempre que lo hago observo que  causa extrañeza, porque, además, cito las palabras de Jesús. Pero así se deja nuestra semillita de evangelización”. Me quedé sin saber lo que pensaba de ello mi amigo sacerdote, porque se limitó a sonreír mientras guardaba la casulla.
     
Un día leí desde el ambón 1 Samuel 9,1-4,1719, 10,1. La mayoría solo recordarían, antes de olvidarlo, que Saúl había sido enviado a buscar las burras perdidas de su padre y que, en su encuentro con el «vidente» Samuel, este derrama aceite sobre su cabeza y le dice que Dios le unge «como jefe de su heredad», lo que unos entenderemos “como rey de Israel”, pero no los demás. Sin embargo, un pastor que sienta la necesidad de enseñarnos, podría, en pocas palabras (aparte de la significativa lectura evangélica del día, Marcos 2,1317), aplicar esa primera lectura del Antiguo Testamento a nuestras vidas y hacernos ver, por ejemplo: que, así como Saúl y su sucesor, David, recibieron el Espíritu Santo (pero sus vidas nos demuestran que no es suficiente con esa unción inicial), también nosotros fuimos elegidos por Dios y ungidos con el aceite del Bautismo y de la Confirmación (y los sacerdotes, más aún, en la Ordenación) para ponernos en el camino del servicio y de la santidad, en el que necesitamos mantenernos a diario y arrepentirnos cada vez que nos desviamos. Una brevísima reflexión así daría significado a muchas lecturas que entendemos, todo lo más, literalmente.
     
Porque hay cosas que se nos leen repetidamente a través de los tres ciclos litúrgicos y que, necesitando aclaración para la mayoría, ni se alude a ellas en la homilía, perpetuando así nuestra ignorancia. Leyendo yo también el tercer domingo del tiempo Ordinario (Año C) la segunda lectura, 1 Corintios 12,12-30, mencioné dos veces, entre otros carismas del Espíritu Santo, el «carisma de [...] la diversidad de lenguas [...] ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?», y me preguntaba si se aludiría a él de alguna forma en la homilía, al menos para quienes no tuvieran claro “eso de las lenguas”, un carisma entonces y ahora. Pero nada se dijo.


 Para quienes no estén familiarizados con la Biblia ‒‒como las de ciertas visiones de Ezequiel o del Apocalipsis, o algunos pasajes de, por ejemplo, Romanos‒‒ hay perícopas ininteligibles que nunca deben soslayarse, como se hace a menudo, concentrándose la homilía solo en el Evangelio. Por ejemplo, la semana 28 del tiempo Ordinario (año par), tras haber leído una bondadosa anciana (de muy confusa articulación) Apocalipsis 11, 412, el sacerdote (que da una breve homilía todo el año), se concentró únicamente en el Evangelio, cuando seguro que nadie o casi nadie entendió esa primera lectura, pues, como nos dice la Biblia de la Conferencia Episcopal Española (nota a Ap. 11,3), es «uno de los relatos más enigmáticos y difíciles de todo el libro». Efectivamente, y diversamente interpretado: «mis dos testigos [...] los dos olivos y los dos candelabros, que están en la presencia del Señor», como los mártires, o Moisés y Elías, o la Ley y los Profetas, o Pedro y Pablo (3-4); «echarán fuego por la boca»: Elías (5); «cerrar el cielo»: Elías (6); «transformar el agua en sangre»: Moisés (6); «la bestia que sube del abismo»: Nerón, símbolo de la fuerza del mal, el anticristo (7); «la gran ciudad, simbólicamente llamada Sodoma y Egipto»: Babilonia, o sea, Roma (8). Pero la tendencia a soslayar la lectura más difícil de entender es lo más extendido.


En una conferencia incluida en un vídeo de Religión en Libertad, la profesora María Lacalle Noriega (de la Universidad Francisco de Vitoria y directora de la Fundación Carmen de Noriega) aludía a algunos  aspectos de mi propio campo de estudio muy interdisciplinar, la Comunicación No Verbal ‒‒que he aplicado incluso en dos cursos para sacerdotes y en varios cursillos sobre la proclamación de la Palabra‒‒, y me encantó oírle decir que los sacerdotes deben «profesionalizar su comunicación», «que deben dominar las exigencias de la comunicación, darse cuenta de que están viviendo un encuentro interpersonal», insistiendo, por supuesto, en características como «claridad», «sencillez» o «autenticidad», en que cuando predican no están comunicando «solo con la voz, sino con todo el cuerpo», «con garra, con fuego evangélico» imprescindibles para una predicación efectiva, «cuando el corazón el que habla se proyecta al exterior y consigue conectar con el corazón de aquellos que le escuchan». También decía que «muchas veces escuchando predicar al párroco uno entiende que esa Iglesia esté llena o vacía».     

Dice el papa Francisco en Evangelii Gaudium: «[el predicador] debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios [...] Nos hace bien  renovar cada día, cada domingo, nuestro fervor al preparar la homilía, y verificar si en nosotros mismos crece el amor por la Palabra que predicamos» (149). Cuando en Canadá asistía alguna vez a charlas o retiros en un iglesia pentecostal (de mayor tradición bíblica que nosotros, como ya reconocía san Juan Pablo II) pensaba en nosotros los católicos al verlos a ellos consultando, como yo, su Biblia, porque sus predicadores, muy didácticamente, dan siempre la referencia exacta (ej., “Juan uno, uno”, “Romanos ocho, veintiocho”), que tanto ayuda a repasar, recordar, incluso acotar palabras en nuestra Biblia, y a aprender algo nuevo. Seguro que los más asiduos lectores de la Biblia, o quienes quieren serlo, apreciarían que en las homilías se citara más a menudo literalmente, no siempre parafraseando o glosando, y hasta dando la referencia exacta, por ejemplo: “Nos dice Génesis 1,1 que «Al principio creó Dios el cielo y la tierra [...] el Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas», y hoy san Juan nos lleva, ¡imaginad!, hasta aquel primer versículo de la Palabra de Dios, al escribir en Juan 1,1: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» [...])”.
   
Aparte de que, como escribió san Juan Pablo II en su exhortación apostólica Pastores debo bovis: «la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra» (26).Y nos dice Francisco en Evangelii gaudium: «en esta época la gente prefiere escuchar a los testigos [porque, citando a Pablo VI]: “tiene sed de autenticidad [...]. Exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan familiarmente como si lo estuvieran viendo” [Evangelii nuntiandi, 76] (150).
 

Otra gran necesidad en la predicación. Sor Briege McKenna, la monja clarisa de origen irlandés que da retiros a sacerdotes (a mil en 2005 en Ars) y tiene un gran ministerio internacional de sanación, tituló un libro suyo Los milagros sí ocurren. Efectivamente, porque «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por siempre» (Heb 13,8). Sin embargo, hay muchos pasajes en toda la Biblia que nos relatan las maravillas que Dios hacía en medio de su pueblo, y los milagros de Jesús y luego de sus apóstoles; y escuchamos esos relatos año tras año, incluyendo la promesa de Jesús: «el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores» (Jn 14,12), y durante la Cincuentena Pascual presenciamos en Hechos los milagros vividos por aquellos primitivos hermanos nuestros en la fe. Pero el escucharlos (o tal vez, por lo conocidos, solo oírlos) puede dejar a muchos con una visión más bien romántica de la primitiva Iglesia (cosas para entonces...), a la vez que con otra pesimista de la actual (...pero no para hoy). Pero ¿cuántas veces en las homilías se aprovechan esas lecturas para ponernos al día con versiones actuales de cualquiera de esos prodigios, mostrándonos así hasta qué punto está Jesús vivo entre nosotros?
    
En cuanto a sanaciones por la oración: en los años 70, el obispo colombiano Alfonso Uribe, con el entonces conocidísimo dominico Francis McNutt (autor de los libros más clásicos sobre oración por sanación) y la exenfermera Barbara Shlemon, veían cómo, según rezaban durante días, Dios iba restaurando totalmente la pierna más corta e inútil de una adolescente; precisamente Barbara dejó su profesión después de encontrar a una paciente de cáncer moribunda (por cuya sanación ella había orado la noche antes) sentada en la cama tomándose un bol de sopa; y los casos igual de extraordinarios que oí relatar a los médicos de la multiconfesional Christian Medical Foundation International, cuando su presidente me invitó como observador a su congreso de 1984.
     
La también espectacular multiplicación de la comida, que ayer mismo, fiesta del Corpus, escuchamos cuando se nos leyó Lucas 9,1217, pero, al menos donde yo estaba, sin referencia alguna a la actualidad de ese milagro, cuando ejemplos no faltan. En la muy pobre comunidad laica de Juárez, México, a cargo del jesuita padre Richard Thomas (con quien estuve en 1978), esto les empezó a ocurrir en 1972 (y la última de que tengo noticia, por un libro, en 2002), cuando con 150 sándwiches, preparados como comida de Navidad para otras tantas personas, un inesperado total de 300 recibieron uno cada una (y algunos se llevaron a casa) y a la vuelta dejaron las sobras en dos orfanatos. En el monasterio ortodoxo de Simonopetra, en el Monte Athos, el padre Makarios me contó en 1990 cómo habían encontrado llenos los contenedores de aceite cuando estaban ya vacíos y se disponían a ir a comprar más: «la alcuza de aceite [de la viuda de Sarepta, con Elías] no se agotará» (1 Rey 17,14).
       
«Y si beben un veneno mortal, no les hará daño» (Marcos 16,18 ). Nos contaba en un retiro en Canadá el conocido predicador claretiano estadounidense Joseph Hampsch cómo había vivido esa promesa de Jesús: cuando de repente le abrasaban las entrañas porque, durante el descanso en un retiro, había bebido un té que  se había hecho él mismo con agua que contenía un terrible ácido para limpiar. Pero reclamó esa promesa y pudo seguir predicando sin necesitar la ambulancia que había ido a por él.
     
O advertencias y consejos detallados del Espíritu Santo, igual que en Hechos, como nos contaba en su iglesia de Fredericton (Canadá) el pastor pentecostal Mart Vahi, de cuando, orando una de las veces que preparaba su anual contrabando de biblias a la Unión Soviética, el Espíritu le insistió para que llevara dos mil en armenio (además de advertirle sobre una insospechada rendijita por la que se hubiera visto el fondo falso de su caravana), y obedeció y las mandó imprimir (aunque nunca habían encontrado cristianos armenios); pero cuando esa vez los paró la “policía armenia”, resultaron ser cristianos que necesitaban precisamente... dos mil biblias.  («Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba: “Pasa a Macedonia y ayúdanos”», Hch 16,9).

Sor Briege McKenna, cuando en la entonces tumultuosa Irlanda del Norte el Espíritu le dio en su oración una dirección exacta que no conocía en absoluto, llegó hasta allí y se trataba de un grupo de hermanos protestantes que, como dijeron, “la estaban esperando” («El Señor le dijo [a Ananías]: “Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso [...]», Hch 9,11).
   
También nuestros pastores deben contarnos oportunamente algunos de los milagros eucarísticos ocurridos, desde el de Lanciano hasta estos últimos años, y que eso les haga predicar con entusiasmo acerca de la Eucaristía y de la Presencia Real.


Esto muy necesario, por su gran valor para nosotros y en su relación con las vocaciones sacerdotales. Es decir, lo que Dios ha hecho en su vida, la llamada de Dios en su vocación, quizá sus problemas en ese período, su propia conversión e itinerario espiritual, en relatos concretos y reflejado en su modo de hablar, aludiendo a diversos aspectos según la ocasión; porque, como dijo Pablo VI en Evangelii Nuntiandi: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio» (32). Además, cuando hacen eso nosotros les abrimos más nuestros propios corazones y correspondemos mejor a sus esfuerzos.

El papa Francisco nos decía en 2013 que «la Iglesia necesita calentar los corazones», y no cabe duda de que nuestros queridos sacerdotes son los primeros que pueden conseguirlo abriéndonos calurosamente los suyos propios. Aparte de que, como dijo Benedicto XVI en  L’Osservatore Romano durante el Año Sacerdotal  (21.2.2010):  «Dios se sirve del testimonio de los sacerdotes, fieles a su misión, para suscitar nuevas vocaciones [...] al servicio del pueblo de Dios [...] las vocaciones sacerdotales nacen del contacto con los sacerdotes [...], comunicado con la palabra, el ejemplo y la vida entera».
    
Un sacerdote completo es el que ama plenamente a su Iglesia en su doble naturaleza, institucional (es decir, como institución de origen divino en manos de hombres como él y bajo los sucesores de los apóstoles, su obispo y el papa) y carismática (como dirigida por el Espíritu Santo, cuyos dones y carismas debe desear y cuya ayuda debe pedir constantemente) y no olvida el consejo de san Pablo a Timoteo: «que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos» (2 Tim 1,6). Cuántos de nuestros sacerdotes, como tantos laicos, se han beneficiado del libro del padre Cantalamessa Ungidos por el Espíritu (texto del retiro que en 1992 dio para 1500 sacerdotes y 70 obispos en México). Si ellos y nosotros realmente dejamos que el Espíritu Santo tome posesión de nuestros corazones y nos renueve con un «corazón de carne», le estamos abriendo también las puertas de nuestra parroquia y todo empezará a cambiar y se hará realidad la promesa de Jesús: «Hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). 
   
Por eso, respondiendo al actual espíritu ecuménico, termino recordando al escritor piadoso sudafricano Andrew Murray (†1918), de la Iglesia Holandesa Reformada, el cual nos dice en su libro The Prayer Life: «es el Espíritu, en y a través del predicador, el que traerá la Palabra al corazón [...] No debo conformarme con pedirle a Dios que bendiga, por la obra de su Espíritu, la Palabra que predico. El Señor quiere que esté lleno del Espíritu: entonces predicaré bien y mi predicación será con la manifestación y el poder del Espíritu [...] Vemos esto el día de Pentecostés. Estaban llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar, y hablaban con poder por el Espíritu que estaba en ellos [...] [el Señor] les ordenó esperarle [al Espíritu], como si les dijera: “No se os ocurra predicar sin este poder. Es la indispensable preparación para vuestro trabajo. Todo depende de ello”».