La celebración del sacramento del matrimonio es una fiesta cargada de un significado sagrado que subraya el aspecto feliz del acontecimiento y expresa el apoyo de la comunidad familiar, eclesial y social a los contrayentes, aunque por supuesto es deseable se evite el lujo y los gastos excesivos. Supone un cambio en la condición de las personas que lo realizan: pasan a ser marido y mujer, esposos o cónyuges, personas casadas.

La celebración litúrgica del matrimonio se hace normalmente dentro de la Misa, aunque el sacerdote o los mismos contrayentes pueden considerar en caso de personas de no mucha fe que es mejor celebrarlo sin Misa. En todo caso, se ha de procurar que la celebración exprese lo que realiza. A los novios les gusta que su ceremonia de matrimonio sea personalizada, escogiendo ellos mismos los textos litúrgicos, los cantos y la música, que por supuesto han de ser adecuados, las fórmulas a emplear en los diversos momentos del rito, así como las preces de la oración de los fieles; no olvidemos que son ellos los celebrantes de su matrimonio y procuremos que realmente suceda así.

Pero es de desear tengan muy presente que celebrar es sobre todo vivir a nivel de la conciencia personal y de la comunidad eclesial la vida espiritual interior que nos hace partícipes de la vida divina. Es un momento de fiesta y alegría, pero incluso gestos en apariencia superficiales, como el vestido o el peinado de la novia, tienen el sentido profundo de intentar donarse al otro del mejor modo posible, a fin de provocar la satisfacción de la persona amada, si bien es de desear que se haga en un clima de recogimiento, participación y corresponsabilidad.

También las fotos recordarán a los cónyuges uno de los grandes días de su vida, y para los hijos serán la materialización del momento en que su familia empezó a existir. Como es un sacramento que admite fácilmente la inculturación, según nos dice el propio Ritual del Matrimonio, es normal que influyan en la celebración la cultura local, las costumbres, los ritos y las plegarias tradicionales de la comunidad.

Los momentos claves de la celebración son: la liturgia de la palabra, la homilía, el consentimiento matrimonial, que pide y recibe el que legítimamente asiste al matrimonio, la bendición y la entrega mutua de los anillos y de las arras, en el que las trece monedas representan doce cada uno de los meses del año y la trece la ayuda a los necesitados por parte de la nueva familia, la celebración eucarística, la oración por la que se invoca la bendición de Dios sobre la esposa y el esposo y la comunión eucarística de ambos esposos.

Con la celebración se inicia para los recién casados una nueva forma de vida ante la Iglesia y la sociedad. Esta nueva situación requiere por parte de la Iglesia una continuación de su atención a los cónyuges, ante los problemas y dificultades con los que éstos se encuentran, pero el acompañamiento pastoral de los nuevos matrimonios es uno de los puntos más descuidados, probablemente porque no es fácil. Pero también los cónyuges han de ser conscientes de que los pilares de su matrimonio han de ser el amor, la confianza mutua y el diálogo personal en todos sus niveles, desde la entrega física hasta la oración en común y que valores como la paciencia, la tolerancia, el perdonar, el saber escuchar y el compartir han de estar presentes en su relación.

Sin embargo, según el canon 1116 del CIC (Código de Derecho Canónico) hay una forma extraordinaria de celebrar el sacramento sólo ante testigos, para aquellos que queriendo contraerlo no tienen a nadie competente para ser testigo cualificado pues no se puede acudir a él sin grave dificultad objetiva. Puede suceder esto si hay peligro de muerte o bien se pueda prudentemente prever que tal situación va a seguir al menos un mes, como sucedió en nuestra guerra civil en zona republicana.