Acabo de regresar de Tierra Santa, donde he hecho ejercicios espirituales con varios sacerdotes de mi diócesis de Valencia. Al llegar me encuentro con la situación tan delicada que atraviesa España en estos precisos momentos, 10 de enero de 2016. Resumiendo: en Cataluña tenemos lo que tenemos, calificable de máxima y extrema gravedad. En el resto de España, la debilidad grande en que se encuentra, además con un Gobierno en funciones, tras el proceso electoral, y hasta que se constituya un nuevo Gobierno estable, calificable también de máxima gravedad. Las consecuencias de toda esta situación son imprevisibles, pero ninguna de ellas es buena, ni siquiera indiferente. Pongo por escrito las siguientes reflexiones como obispo y ciudadano, no como político, que no lo soy, pero siento un profundo respeto enteramente a ese campo que no es de mi incumbencia, y soy consciente y sé la repercusión que tiene en la vida política lo que digo a continuación...

En aquellos lugares de Israel he podido, una vez más, adentrarme en la persona de Jesús, en su vida, en su mensaje. Y la verdad es que necesitamos tantísimo, en estos momentos, en España de lo que dijo e hizo Jesús.

Es plenamente actual. Se despojó de todo, se rebajó hasta lo último, no buscó ningún puesto ni ningún interés humano. Sólo se preocupó del hombre, de los más pobres; pasó haciendo el bien, amando y ayudando, dejando su vida y entregándola por la salvación de todos, no de unos cuantos; fue testigo de la verdad, la Verdad misma es Él; trajo la libertad a los cautivos; anunció el perdón y perdonó siempre hasta entregar su vida y perdonando a los que se la quitaban; mostró su infinita misericordia y la acogida de todos sin excluir a nadie: dio de comer a la multitud extenuada que le seguía y caminaba como oveja sin pastor; trajo la buena noticia a los pobres y a los que sufren; proclamó la misericordia de Dios e invitó a la misericordia; declaró dichosos a los que trabajan por la paz, a los misericordiosos, a los que tienen hambre de la justicia; se identifi có con los hambrientos, con los sin techo, con los enfermos; oró y enseñó a orar a su Padre y nuestro Padre, que hace salir el sol sobre justos e injustos; nos mostró el rostro de Dios en su persona, en su actuar, en sus gestos; nos trajo a Dios, un Dios que es amor; murió y resucitó por la reconciliación y la unidad entre los pueblos y las gentes ... Pasó por uno de tantos, pero lo crucificaron los que no aceptaban que el salvador fuese de esa manera: misericordioso como su Padre del cielo y que viniese a reunir a todos los dispersos.

En definitiva, nos muestra a Dios inseparable del hombre y al hombre inseparable de Dios. Nos indica que por encima de otras cosas está la persona, el bien de la persona, el bien común Todo esto lo necesitamos ahora como el comer, en España, en Europa y en el mundo entero.

Pero en España, desde donde y para quien escribo estas reflexiones, lo necesitamos de una manera especial; y no trato de imponer nada a nadie, sólo ofrecer lo que tengo y he podido enriquecer estos días atrás. No es una propuesta de una determinada confesión religiosa particular, pues es de todos y para todos, conforme a la razón, y a todos lo ofrezco, también a nuestros políticos, recordando las palabras de Jesús «dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César», que tanta luz aportaría en esta encrucijada de España, como glosé en otro artículo en este diario.

Es opinión común reflejada en conversaciones, en tertulias de radio o de TV, en los diferentes medios de comunicación, que en la situación que vivimos está en juego nuestro futuro, se pone en máximo riesgo de supervivencia a España y las consecuencias las van a pagar, como siempre, los mismos: los pobres, los que no tienen trabajo, las familias, los débiles, los últimos, los que no cuentan. Es una hora que pide a todos una gran voluntad de sacar adelante y contribuir a la realización el proyecto de lo que somos España, dentro de una Europa, que reclama unidad y cooperación entre todos. Una vez más tengo que decir que me duele España.

Observo comportamientos que buscan más el interés particular de grupo, el poder, el cambio de sistema, la ideología... que el bien común. Por eso me atrevo a sugerir y pedir a los grandes partidos que sean generosos, que por encima de otros intereses, está el bien común: y el bien común se llama España y los españoles, singularmente los más desfavorecidos que son los que de nuevo peor lo van a pasar en la situación que se está derivando de algunas actitudes de ciertas formaciones políticas. Lo que dicta la razón y el sentido común es que las fuerzas democráticas, moderadas, constitucionalistas, respetuosas con la Ley y las leyes, con sentido común, que se guían por la razón y no por sentimientos, que no vuelven la vista atrás en una mentalidad de guerracivilista superada, que miran al futuro con responsabilidad, capaces de diálogo, de colaboración y de cooperación en el bien común, en la edifi cación de una España de todos y para todos, con capacidad de sacrifi cio... ¿Tan difícil es? Comprendo que sea difícil para quienes tengan una mirada corta y sea alicortos para emprender el vuelo alto que ahora necesitamos... Y aunque no sea un político, como ciudadano, uno más, que siente responsabilidad por el pueblo al que quiero de verdad y para quien quiero lo mejor, me atrevo a pedir que por el bien de España, de los españoles, singularmente de los más pobres, se encuentre la solución que corresponda; Por favor!, estén a la altura que las circunstancias exigen y piensen en el bien común. No hay tiempo que perder: se necesita un Gobierno estable. El retraso en el tiempo de las soluciones –un Gobierno estable– juega contra todos. ¿A quién habrá que pedir las responsabilidades correspondientes?

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