Apenas falta un mes para la trascendental cita electoral del 20 de diciembre y estamos en pleno desarrollo del desafío secesionista en Cataluña. Por eso se esperaban con especial atención las referencias al momento que vive nuestra nación, en el discurso de apertura de la Asamblea de otoño de la Conferencia Episcopal Española, a cargo del cardenal Ricardo Blázquez.

El presidente de la CEE quiso dedicar el epígrafe cuarto de su discurso a esta cuestión, bajo el título “La Iglesia en la sociedad, fe y vida pública”. Y lo hizo recordando un pasaje de la encíclica Lumen Fidei que afirma que la fe cristiana pertenece al bien común de nuestra sociedad y no puede pretenderse que brille sólo en el interior de las iglesias, o sirva sólo para construir una ciudad en el más allá. El primer problema de este momento que identificó el discurso del cardenal Blázquez fue precisamente que están surgiendo posiciones excluyentes del hecho religioso, especialmente de la fe católica en la vida pública, algo que a su juicio contradice el espíritu y la letra de nuestra Constitución.

En realidad no es nueva la valoración histórica que los obispos españoles hacen del pacto constitucional del 78. Lejos de cualquier canonización, pues se trata de una ley humana hija de un contexto histórico y por tanto perfectible, los obispos han mostrado siempre una alta valoración de la reconciliación que se plasma en el texto de nuestra Carta Magna, y hasta el momento no han visto que se haya agotado su capacidad de encauzar nuestra vida en común.

El cardenal Blázquez quiso recordar lo que manifestaron los obispos hace casi una década en la Instrucción Pastoral “Orientaciones morales ante la situación actual de España”: que la Iglesia quiere convivir en esta sociedad respetando lealmente sus instituciones democráticas, obedeciendo las leyes justas y colaborando específicamente en el bien común. Y que el pleno respeto a la libertad religiosa de todos es garantía de verdadera democracia. La elección de este punto de atención no es casual en este momento en que muchos hablan de una reforma constitucional en clave laicista, y después de varios meses en que las nuevas administraciones municipales gobernadas por frentes de izquierda hayan prodigado gestos y palabras en esa dirección.

Dentro de esta perspectiva, el arzobispo de Valladolid expresó también la grave preocupación de los obispos ante la situación creada por quienes, “al margen y en contra de la ley, pretenden romper la unidad de España. Poner en cuestión, de manera unilateral, el pacto constitucional introduce inseguridad, inquietud, incertidumbre, riesgo de caos y división de la sociedad”. Se trata de un juicio neto por parte del presidente de la CEE y, aunque no haya faltado quien se revuelva en la silla, representa ciertamente la conciencia ampliamente mayoritaria de la Asamblea sobre el actual proceso secesionista en Cataluña.

Una vez más el cardenal se detuvo en el periodo de la Transición para subrayar el método con el que “se fue fraguando un consenso que regula nuestra vida en común, abierto, naturalmente, a un perfeccionamiento constante”. Como no se trataba de una mera lección de historia, es justo interpretar que el presidente de la CEE señalaba este modelo para afrontar la encrucijada actual, algo que puede advertirse en la triple contraposición elegida para concluir: “con clarividencia y magnanimidad, ganó la esperanza al miedo, la serenidad a la inquietud, la reconciliación al distanciamiento. Palabras decisivas del presidente de la CEE para enfocar el presente y el futuro inmediato de nuestra sociedad.

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