Cuando, recién publicado en 2006, leí en Estados Unidos, El cumplimiento de todo deseo. Guía para el camino hacia Dios según la sabiduría de los santos, de Ralph Martin, uno de los laicos más respetados en la Iglesia Católica y verdadero profeta de nuestros tiempos, comprendí por qué el prolífico autor jesuita Robert Faricy (profesor emérito de Teología Espiritual, Pontificia Universidad Gregoriana) lo declaraba como «llamado a convertirse en un clásico espiritual», el capuchino Raniero Cantalamessa (también prolífico autor de espiritualidad y Predicador de la Casa Pontificia desde 1980) «guía maravillosa para la santidad», y otra autoridad en espiritualidad, el jesuita John Horn, «un regalo extraordinario para la Iglesia y la nueva evangelización».
   
Cinco años más tarde, no pudiendo dejar por más tiempo que el mundo de habla española se privara de un tesoro como este, lo traduje como obsequio a nuestra Iglesia (para su editorial original, Emmaus Road, 2012, y para la Biblioteca de Autores Cristianos, Conferencia Episcopal Española, 2013). Cito de algunas de las respuestas de los 72 obispos españoles, a quienes envié el libro: «Muchísimas gracias por esa “joya” que me has enviado» (Mons. José Ignacio Munilla, San Sebastián); «maravilloso regalo que Dios ha hecho a su Iglesia [...] ayudará a muchos cristianos, pastores y fieles, al seguimiento del Señor» (Mons. Salvador Giménez, Menorca); «Desde mis años de profesor de Teología Espiritual y Hermenéutica Teológica, consideré muy útil y hasta necesario un trabajo riguroso de síntesis como el del profesor Ralph Martin, dentro del llamado “itinerario espiritual”» (Mons. Agustín Cortés, San Feliú de Llobregat).
     
A Ralph Martin ‒‒doctor en teología por el Angelicum de Roma, director del programa graduado sobre la Nueva Evangelización en el Seminario Mayor del Sagrado Corazón de Detroit, profesor de Teología en la Universidad Franciscana de Steubenville (Ohio) y nombrado por Benedicto XVI consultor en el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización‒‒ le oí por primera vez su ungida predicación en 1978 en una asamblea de más de veinte mil personas en Indiana, y luego hemos coincidido en diversos países y dos veces en la llamada “Escuela de Evangelización” que la organización Renewal Ministries (de la que es fundador y presidente, con misiones en los cinco continentes) ofrece en el estado de Míchigan, donde vive con su familia.

Además de sus siempre impactantes libros sobre temas contemporáneos en la vida de la Iglesia, es requerido en todo el mundo como maestro de retiros para sacerdotes, obispos, religiosos y laicos, además de su programa católico televisivo (EWTN) de mayor duración a nivel mundial.
     
El conocido autor Scott Hahn, en la presentación que le pedí, lo llama «gran tesoro de inmenso valor dentro de nuestra Iglesia [...] aclamado [...] como “un gran avance” que hará posible para muchos recobrar nuestras más hondas tradiciones de espiritualidad».
    
No es nada fácil presentar brevemente este asombroso libro de 468 páginas, en el que solo con profundo amor a nuestra Iglesia, una igualmente profunda sabiduría espiritual y la constante guía del Espíritu, ha podido Ralph Martin llegar a abarcar, y a la vez sintetizar magistralmente, todos los aspectos de la vida espiritual necesarios para nuestro crecimiento como cristianos, entretejiendo en toda su hondura, de manera admirable y a la vez asequible, el pensamiento y doctrina de siete doctores de la Iglesia y gigantes de la mística de la Iglesia occidental: Agustín, Bernardo, Catalina de Siena, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Francisco de Sales y Teresa de Lisieux.
    
Es un libro para leer pausadamente, meditativamente, a menudo como un auténtico ejercicio de lectio divina, pues la Palabra de Dios está presente en todo momento, literalmente y entre líneas y entre palabras. Además, quienes no hayan llegado a familiarizarse con la obra estos santos, encontrarán lo que en cada uno de ellos es más significativo para progresar en ese itinerario espiritual, a través de sus tres etapas ‒‒purgativa, iluminativa y unitiva‒‒, a menudo leyendo y releyendo a dos niveles: el de la lectura propiamente dicha del texto y el de nuestra íntima percepción personal. Y así, leído y releído (“Lo tengo en mi mesilla de noche”, me decía no hace mucho el abad de un monasterio cisterciense), penetra en el mismo corazón.
    
«Comienza la transformación (La vía purgativa)», se llama la primera parte, tras hablarnos de la llamada a la santidad a base de los principios enunciados por san Juan Pablo II en Novo milennio ineuente ‒‒concretados en su exhortación a «contemplar el rostro de Dios» (sobre lo que expande san Bernardo)‒‒, y Ralph Martin estudia todos los aspectos de la vía iluminativa, concentrándose primero (sobre todo con Teresa, Agustín y Bernardo) en la conversión, en todos los escollos que pueden impedirla y retrasarla y en la indispensable «primacía de la gracia», frente a nuestras capacidades y proyectos, pues Jesús nos asegura: «Sin mí no podéis hacer nada» (Juan 15,5).                                        
     
Después desmenuza la cosmovisión bíblica (infierno, cielo, y cómo escogemos nuestro destino), a través de Bernardo, Juan de la Cruz y, con inquietante pero esperanzadora claridad, en las revelaciones del Padre a Catalina de Siena. Y, lamentando la ausencia de estos temas en la predicación de hoy día, nos dice de la actual cosmovisión de moda: «Cuando en mis viajes hablo a católicos por todo el mundo, veo que muchos han llegado a mirar la realidad de un modo que es casi directamente opuesto a como Jesús dice que es [...]: “Amplio y ancho es el camino que conduce al cielo y muchos van por esa vía. Estrecha es la senda que conduce al infierno y casi nadie va por esa senda”». Precisamente, su último libro ‒‒después de este y de ¿Se salvarán muchos? Lo que realmente enseña el Vaticano II y sus implicaciones para la nueva evangelización (2000)‒‒ fue La urgencia de la nueva evangelización. Responder a la llamada (2013), lamentablemente no traducidos.
   
Ahora nos acerca íntimamente al modelo de transformación personal de Teresa de Lisieux y nos deja identificarnos con el pensamiento de Juan de la Cruz acerca de los bienes temporales, para considerar, en este comienzo de nuestro camino espiritual hacia el “cumplimiento de todo deseo”, la lucha contra el pecado: Francisco de Sales, Bernardo y Teresa de Jesús nos hablan de esto con detalle y, concretamente, del venial y del habitual, así como del afecto al pecado, mostrándonos Francisco cómo en esta lucha podemos «considerarnos vencedores mientras queramos pelear».
     
Por eso ‒‒guiados sobre todo por Bernardo, Teresa y Francisco de Sales‒‒ el libro aborda a continuación los diversos aspectos de la oración y los problemas personales que en ella podemos experimentar, enfrentándonos a la vez con todo tipo de «Tentaciones y pruebas», título de uno de los principales capítulos, que presenta minuciosamente ‒‒a través de Bernardo, Teresa, Juan de la Cruz, Francisco de Sales y Teresa de Lisieux‒‒ los impedimentos concretos en las primeras etapas de nuestro camino: las tentaciones más comunes cómo enfrentarse con ellas, resistirlas como medio de crecimiento y superarlas, además de la sequedad en la oración y sus causas (entre ellas la noche oscura que puede darnos Dios para nuestro crecimiento) y el llamado “caminito” de Teresa de Lisieux, con su abnegación diaria al servicio del amor.
    
Y empieza la parte segunda de este maravilloso libro, «Alcanzar estabilidad, pero seguir adelante (La vía iluminativa)», en la cual Bernardo, Catalina (o sea, el Padre) y Teresa de Jesús nos hablan de dos obstáculos para progresar en el camino: falta de conocimiento de sí mismo y de Dios (por eso san Juan Pablo II nos urgía a todos en Novo milennio ineuente a renovar el contacto con la tradición mística de la Iglesia para nuestro progreso espiritual). Y lo primero que aprendemos de Bernardo y Catalina es la crucial función del deseo en el camino espiritual, el gran escollo que supone la falta de deseo, y que debemos darnos cuenta de cómo de activo está Dios dándonos ese deseo si nos esforzamos a lo largo del camino, en el que compartimos con Cristo su propia unción  por el Espíritu, nos dice Bernardo. Y con esta perspectiva esperanzadora nos adentramos, sobre todo con Bernardo, Catalina y Francisco de Sales, en otro capítulo clave donde nos hablan, primero, del necesario crecimiento en libertad, es decir, nuestro desprendimiento respecto al dinero y las posesiones, el placer sensual, el placer sexual (reconociendo el origen divino de ambos), la castidad, el orgullo (que nos viene de la Caída original) y la tendencia a querer salvarnos a nosotros mismos, cuando, como nos dice Bernardo, hasta el más santo necesita depender de la misericordia de Dios, incluso para que nuestra fe sea auténtica y pueda expresarse progresivamente en una vida de moral, oración y amor a los demás, y en esos méritos que Dios ha preparado ya para nosotros porque somos obra suya (Efesios 2,10).
     
Y es revelador ver cómo, hablando sobre «el pernicioso desvío hacia la autosuficiencia y la falsa autonomía» (ajeno a la economía de la salvación), coinciden Bernardo, san Ambrosio (a través de san Juan Pablo II) y una autoridad actual como el padre Cantalamessa, al tratar de la humildad, de esta en la humillación (y de la actitud respecto a nuestra reputación), en la salud y en el sufrimiento, y de la paciencia y demás virtudes que, como dice el Padre a Catalina, «se prueban y ejercitan por el prójimo», añadiendo cómo nuestra voluntad va amoldándose a la de Dios en cualquier circunstancia, y hablándonos Francisco de Sales del vínculo entre obediencia, paciencia, humildad y amor.
     
Y así, el capítulo siguiente sintetiza la doctrina de los santos acerca del crecimiento en amor:  sus etapas, el amor al prójimo en acción; cuando es gratuito y cuando, como nos explican Catalina, Francisco y Teresa de Lisieux, puede ser egoísta; el amor de las amistades en Dios durante el camino espiritual, cuyo amor continúa en el cielo (y desde el cielo para los que aún peregrinamos); y, finalmente, Francisco de Sales capta el mensaje positivo de la Escritura sobre el matrimonio y la santidad y misión del pueblo laico, no puestos «en el centro de la conciencia de la Iglesia hasta el Vaticano II», como indica Ralph recurriendo al pensamiento de Bernardo, Benedicto XVI y, sobre todo, Francisco de Sales, sobre el amor cristiano y la sexualidad en el matrimonio, concluyendo: «¡Francisco debía de dar buenas homilías en las bodas!».
    
Aún en la vía iluminativa volvemos al tema del crecimiento en la oración, «nuestra directa, centrada y consciente comunión con Dios», aludiendo a lo que ya nos dijo santa Teresa y desarrollando una rica síntesis de sus diversos aspectos: los problemas durante la oración, y dudas sobre su fruto, de santos como Bernardo, Teresa y Teresita. Ellos y nuestro Catecismo nos hablan de la oración infusa o contemplación; Teresa de Jesús, de la oración de quietud y de su forma más intensa, que llama «sueño de las potencias», alcanzable incluso rezando el Padre Nuestro; ella, Juan de la Cruz, Bernardo y Teresa de Lisieux nos instruyen en su experiencia de las «visitas» recibidas en esta oración; Teresa de Jesús insiste en que la meta no es la experiencia, sino la unión, y nos habla de esa oración de unión, cuyo fin es unir nuestra voluntad a la de Dios y perfeccionar nuestro amor a Él y al prójimo en las pequeñas oportunidades diarias, en lo que concurre Bernardo, mientras que Teresita descubre que los brazos de Jesús eran ese «atajo» o «ascensor espiritual» a la santidad que ella anhelaba al no poder «subir la dura escalera de la perfección», lo que ya había confirmado Bernardo; de modo que lo que los santos nos dicen, infiere Ralph, es que la oración es una manera de abrirnos a la misericordia de Cristo, que nos llama a la santidad y a la vez obra en nosotros.
    
Y, como preparación para la unión profunda de la vía unitiva, Dios puede dar al alma diversos «toques», por cuyo fruto vemos si vienen de Dios o no: el deseo de soledad mental y espiritual (posible en medio de la vida ordinaria); «palabras» que Dios comunica, audiblemente o en diversas formas de locuciones interiores (como en el don neotestamentario de la profecía, restaurado hoy en la Iglesia); visiones (para las que, según Bernardo, los ángeles cumplen un importante papel), entre las que Juan de la Cruz identifica: corpóreas (palpables); imaginativas, que pueden o no venir de Dios y hay que tomar con cautela, pero sin descartarlas como gracias; e intelectuales, «una puerta abierta» en el cielo, nos dice Juan (pero falsas si dan «sequedad de Espíritu acerca del trato con Dios»), y, para él y Bernardo, una posible participación en la visión beatífica en esta vida. Por otra parte, los santos consideran la posible dimensión profética de todas estas comunicaciones y sus diversos aspectos ‒‒aunque Dios también se comunica por medios naturales‒‒, y Bernardo concretamente pone gran énfasis en la función central de la fe, innecesaria ya cuando se alcanza la visión beatífica.
    
Pero otro gran capítulo, «Una purificación más profunda», nos presenta «el sabio y eficaz uso de las pruebas, tentaciones y sufrimientos [que Dios utiliza] para hacer nuestras almas más capaces de una fe, una esperanza y un amor más profundos y más puros» (lo que Juan llama «noche pasiva del espíritu»), porque, dice Ralph, «las heridas del pecado han afectado la parte de nuestro ser más elevada y espiritual» [y] es necesaria una profunda purificación de nuestro espíritu [...][y de] nuestros sentidos». Y esta crucial transformación atañe a: el orgullo, la avaricia, la ira, la lujuria, la glotonería, la envidia y pereza espirituales, porque «si no tiene lugar la purificación en esta vida, tendrá que ocurrir en el purgatorio si queremos poder ver a Dios». Y, según lo ve santa Teresa, son pruebas exteriores (causadas por la gente, el sufrimiento, la enfermedad) y, aún peor, interiores, viéndose uno abandonado por Dios o gravemente desviado del camino, junto con la tentación del demonio; y nada puede  aliviarnos, uno quiere morir y acabar con todo, precisamente porque esto es obra de Dios en lo profundo del alma ‒‒una “crucifixión” con Cristo mismo‒‒, verdadera «contemplación oscura» y una «aniquilación» (términos de Juan de la Cruz) de las distorsiones que el pecado ha dejado en lo profundo de la persona humana. Y se nos habla del tormento (y a la vez gozo) de la beata Teresa de Calcuta gran parte de su vida.
    
Pero así conocemos nuestra total dependencia de Dios. Y, experimentado por los mayores santos, han podido alcanzar “el cumplimiento de todo deseo”, la unión profunda de la vía unitiva, tema de la tercera parte del libro, que empieza con una exhortación de san Juan Pablo II sobre la noche oscura y desarrolla lo que es el «desposorio espiritual» ‒‒previo al «matrimonio espiritual»‒‒, cuando aún quedan algunos apegos, algún «ganadillo de apetitos y gustillos y otras imperfecciones», como lo llama Juan de la Cruz, porque el camino no termina en el matrimonio espiritual, sino en la visión beatífica. Pero sí que se experimentan ya en él los frutos en uno mismo y en relación con los demás, especialmente, por ejemplo, en el júbilo, en la embriaguez en el Espíritu Santo, en el fruto apostólico (siempre con la primacía de la gracia, de la oración y del camino hacia la unión) y en la experiencia de la constante presencia del Señor. Y termino este resumen, tan inadecuado para un libro así, con estas palabras esperanzadoras de Ralph Martin hacia el final: «El alma anhela aquello hacia lo que apuntan los sacramentos y la fe: Dios mismo en la visión beatífica. Los sacramentos y la fe pasarán, pues son simplemente medios para el viaje, pero al final del viaje no se necesitarán, sino que darán paso a lo que han preparado para nosotros: Dios mismo».