Hoy he recordado una conversación que tuve hace muchos años, hacia fines de los cincuenta, con un conocido ginecólogo de mi ciudad. Me contó que antes de la Guerra Civil casi todos los niños que entraban en la Beneficencia, es decir en el orfanato local, morían.

Supongo que aunque las circunstancias económicas no fuesen demasiado buenas, el problema principal era la falta de afecto. De hecho, actualmente se intenta en los orfanatos evitar la masificación haciendo que las cuidadoras se ocupen de un determinado grupo, con niños de diversas edades, para hacer algo lo más parecido a una familia. Y es que el afecto es fundamental para el ser humano, algo que percibo también en la Residencia de enfermos de Alzheimer, de la que soy capellán, en la que lo más que puedo hacer por los enfermos es darles cariño. Pero si comida y cariño son las dos necesidades básicas del ser humano en los dos extremos de la vida, lo son también en cualquier otra edad, como puede ser la adolescencia.
           
Desde que tuve que jubilarme de dar clases, constantemente he oído a mis antiguos compañeros profesores, quejarse del empeoramiento de la conducta de los alumnos. Hace pocos días, una profesora de un colegio concertado me decía lo mismo. Desde luego los planes de estudio que hemos tenido, desde la famosa LOGSE, son a cual peor, sin contar con la manía, que en cuanto se detecta un  problema, como puede ser la educación vial, trastornos alimentarios u otros muchos, de reaccionar pensando que hay que prevenirlos desde la escuela en detrimento de asignaturas más principales. Peor sucede en la Universidad, que con la entrada en vigor de Bolonia creo que no es un desastre, sino una auténtica catástrofe. No hace mucho leía un artículo feroz contra Bolonia en una tercera de ABC que coincide con lo que me decían mis amigos profesores de Universidad.

Pero aunque todo esto sea verdad, el deterioro del alumnado, en unos Centros de estudio con un profesorado bastante estable, no puede tener como única causa, y ni siquiera como causa principal, los Centros de Estudio y ni siquiera los planes de enseñanza.

¿De dónde viene el deterioro? La profesora de que he hablado antes me dio la pista. Los chicos y chicas actuales necesitan afecto, se encuentran no suficientemente queridos.

Pero, ¿por qué? Para empezar tenemos unos políticos y legisladores que se han dedicado a pulverizar la familia, con el derecho al aborto y la diabólica (esta palabra no es mía, sino de un tal cardenal Bergoglio) ideología de género, declarando el aborto como derecho, aprobando la relación homosexual como matrimonio, destruyendo la estabilidad familiar con leyes como el divorcio exprés,  fomentando la corrupción de menores. Lo que se consigue así es desmantelar las estructuras familiares sólidas  para crear un ambiente familiar inhóspito al que son muy sensibles nuestros niños y adolescentes. Por supuesto que la labor educativa es mucho más difícil cuando los adolescentes tienen su familia rota o no cuentan con el cariño de sus padres. Éstos desgraciadamente con frecuencia se dejan arrastrar por los males de nuestra época: olvido de Dios, individualismo, relativismo y consumismo, que hacen que con frecuencia los padres no sean unos puntos de referencia sólidos en quienes los hijos puedan mirar como modelos educativos. Es cierto que esto ha sucedido en todas las épocas, y recuerdo a mi padre que le decía a un amigo: “Fulano, que por los hijos hay que sacrificarse”, y desde luego también hoy hay familias absolutamente ejemplares, que saben vivir su misión y su responsabilidad con una acción cotidiana de testimonio y educación. Porque cuando la familia funciona, el hogar tiene un valor educativo incuestionable que repercute en la escuela.

Por ello ante la pregunta inicial de sobre a quien debe recaer la culpa de lo que está sucediendo con nuestros niños y adolescentes y sin excluir la gran parte de ella que recae sobre nuestros políticos y legisladores, y la propia de los propios chicos, creo que no conseguiremos nada si cada uno no se hace su propio examen de conciencia. La mejora de la educación y de la sociedad no se realizará si cada uno de nosotros no se plantea su propia mejora y si cada uno de nosotros no cae en la cuenta que la mejora de la educación exige necesariamente querer profundamente a los educandos, sea como padres, sea como profesores.
                                                                                                                                             Pedro Trevijano