El divorcio es una lacra social que genera mucho dolor, mucho sufrimiento, no solo en los cónyuges divorciados, sino aún más en los hijos (que tienden a volverse problemáticos, sobre todo si les pilla de niños o adolescentes, a fallar en los estudios, a tener conductas alteradas). Genera también mucho sufrimiento en suegros, amigos y, a menudo, también en la economía de los divorciados. El divorcio, básicamente, es un mal. No se puede dejar por ley la puerta abierta a escapar, porque una puerta abierta será casi seguro una puerta usada, más tarde o más temprano. En efecto, la vida es lo bastante larga como para que vengan cansancios, hastíos, tentaciones... que nos interpelan a luchar, no a dejarse vencer por lo fácil y romper de manera irresponsable una familia.

No comprendemos de modo suficiente que casarse es algo muy serio, que hay que pensárselo muy bien, que los hijos tienen derecho a una familia unida, a unos padres unidos (y esto implica para estos últimos el deber de esforzarse con ese objetivo), que no podemos hacer a los hijos "asumible" una herida profunda para sus vidas. No, no vale eso de "ya se acostumbrarán". Hoy en día hay mucho divorcio irresponsable y no poco divorcio por la peregrina y simplista razón de que "se nos ha acabado el amor". ¡Hombre! El amor y los sentimientos van y vienen, no son algo demasiado controlable (sino más bien, inestable: hoy están arriba y mañana, abajo). Cuando montas algo tan serio como una familia, debes hacerlo sobre bases más estables (principios, convicciones, valores, voluntad firme...) que sobre una visión idílicamente romántica, pero fantasiosa e irreal, de unos sentimientos que fluctúan de forma caprichosa y que, por eso mismo, no pueden fundamentar la estabilidad de algo tan serio como es el matrimonio y la familia. ¡Cuánta inmadurez y cuánta falta de formación tenemos en este campo!

Cierto, hay situaciones dramáticas que, incluso, pueden hacer aconsejable un distanciamiento físico, una separación entre los cónyuges afectados, pero aun en esas situaciones, separación no puede equipararse a ruptura del vínculo (que es en lo que consiste el divorcio), porque, aun con la distancia física, la familia puede y debe mantenerse en su unidad y en su unicidad. Lo que no parece correcto es que, además de distancia física, rompamos la familia formando otra familia, con hijos que tengan que ir vagando (muchas veces contra su voluntad) de un domicilio a otro a estar con una pareja que no es, para ellos, ni su padre ni su madre; o con proliferación de hermanastros, padrastros o abuelos de distinto árbol… En suma, una confusión máxima y, objetivamente, un desastre.

Debemos caer, por lo tanto, en la importancia de valorar la unidad y la unicidad del matrimonio y de la familia. Unidad, porque la familia lo pide, incluso como predica el catolicismo ("hasta que la muerte los separe"), para que tengamos un hogar estable y duradero, algo muy sano y necesario para los hijos; unicidad, porque la familia, por su propio dinamismo, exige que sea única, no que vayamos dejando atrás una familia ya formada para formar otra (y, a veces, una tercera, una cuarta...), con esa profusión antes comentada de paternidades, maternidades y abuelos sobrevenidos ficticiamente.

Insisto: el matrimonio y la familia, los hijos, son algo más serio que la frivolidad con que se lo toma esta sociedad. Y, desde luego, si te casas, no vayas flirteando por ahí, no te dediques al adulterio (ocasional o permanente), porque con semejante irresponsabilidad por la vida, luego hasta decimos que somos buenas personas, pero, eso sí, cargándonos lo más importante y serio de nuestras vidas, generando sufrimiento gratuito a nuestro alrededor (en nuestro entorno inmediato de cónyuges, hijos, suegros, amigos), no pocas veces por ese tipo de actitudes egoístas y, desde luego, del todo frívolas, inmaduras, pecaminosas y contrarias a la ley de Dios.

Por eso, cuando Jesucristo dijo: "Lo que Dios unió no lo separe el hombre", pienso en cuánta razón tenía desde un punto de vista también práctico y cómo la sabiduría de Dios no puede ser mejorada por la torpe sabiduría del hombre, quien lleva en sí la herida del pecado original y, con ella, la inclinación al pecado personal, a romper con el orden moral y natural establecido por el Creador; una situación que, sin embargo, le conduce a experimentar en muchas ocasiones aquello del refrán: "En el pecado lleva su penitencia". Las consecuencias habituales del divorcio hacen que el pretendido "remedio" que intentábamos aplicar se conviertan, a menudo, en peor y generador de más sufrimiento que la propia enfermedad.

Seamos serios y responsables, con ideas claras: 1º) El amor se trabaja (y día a día); más que un sentimiento inestable es un consentimiento hecho con voluntad firme, estable, sobre todo cuando el sentimiento no ayuda, cosa que, tarde o temprano tiende a suceder, porque eso del 'eternamente enamorados' se pasa con el tiempo. La vida real, el día a día, es otra cosa que sentimientos románticos; 2º) La familia no se rompe y, si puede romperse, lucharemos con todas nuestras fuerzas, pediremos ayuda, haremos lo que sea para que eso no suceda. Alguien ha dicho, y, quizás, con mucha razón, que el amor hace el matrimonio, pero también el matrimonio hace el amor; lógicamente, siempre que tengamos interés por las cosas importantes de nuestra vida.