La noche del 12 al 13 de septiembre falleció en su celda el monje benedictino José Enrique Bicand Muñoz. Tenía 57 años. Ordenado sacerdote en la diócesis de Madrid, fue catequista, participó en la Pastoral Universitaria y fue capellán de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid y del Colegio Mayor San Pablo CEU mientras esperaba con paciencia y obediencia el permiso de su obispo para ingresar en la orden de San Benito; todo ello vivido con el acento de su pertenencia al movimiento de Comunión y Liberación. El pasado 1 de octubre se han cumplido veintidós años de su entrada en el monasterio benedictino de los santos Pietro e Paolo, conocido como La Cascinazza, en Gudo Gambaredo, un pequeño pueblo en la periferia de Milán.

Al recibir la noticia de su muerte me invadió un silencio sepulcral, rotundo, de oración, un silencio preñado de lágrimas, contrito y desgarrador. "Bendita sea su vida", acerté a responder. Horas después partí hacia Milán con una maleta repleta de contradicciones, de llanto, de preguntas, de recuerdos y de aceptación serena pero, misteriosamente, desde el primer instante me acompañaba también un dolor rebosante de paz.

9:30 h. del jueves 15 de septiembre de 2022. Milán amaneció engalanada con un traje azul celeste y un broche de sol radiante. Una hora antes del inicio del funeral ya se estaba llenando de gente el patio abarrotado de sillas del oratorio Benedetto XVI, en Buccinasco, donde se iban a celebrar las exequias presididas por el abad del monasterio, al que acompañaban concelebrando una veintena de sacerdotes de España e Italia. Al llegar el cortejo fúnebre presentí el aroma de la buena muerte, ese perfume inconfundible que penetra hasta el alma cuando sabes que alguien ha dado la vida por Cristo. Un éter indefinible que sólo había percibido en otras ocasiones, ante los cuerpos sin vida de hombres y mujeres de fe. Sus familiares, amigos y hermanos del monasterio se abrazaban, lloraban, se santiguaban, rezaban y posaban sus manos en el féretro en el que yacía “mi Quique”, mi amigo, mi confesor y confidente, mi acicate, mi remero en travesías ulisíacas como me consta que también lo ha sido para tantos otros que han vivido pegados a él a pesar de la distancia.

Si querías ir a verle al monasterio tenías que “pedir audiencia” y en los últimos años no fue algo fácil debido a la pandemia del covid. Llamabas por teléfono, le buscaban en la cervecería, la lavandería, en la huerta o en la sala de visitas y cuando llegaba siempre me decía con esa fuerza que destilaba alegría y vitalidad: "Pido permiso y confirmamos la fecha para que vengas, ¿Ok?".

El abad debía ser consciente de que para Quique era muy importante responder a esa particular vocación de acompañamiento a los que estamos fuera del monasterio porque le permitió recibir a muchísimas personas desde que tomó el hábito e incluso antes. Fue maestro de novicios, maestro cervecero en la fábrica del monasterio y en los últimos años le encomendaron el oficio de lavandero, una función que le mantuvo bien apegado a la realidad de su comunidad. Recuerdo alguna de las frases que me soltaba con un tono socarrón en medio de nuestras conversaciones, si bien sus palabras eran más explícitas que las mías: "¡Ahora mi trabajo consiste en lavar y planchar los calzoncillos de los monjes!", pero el trabajo que hacía -como expresaba su amigo José Luis Almarza en la homilía del funeral en Madrid-, su forma de lavar y doblar la ropa, todo estaba impregnado de una profunda sensibilidad, de un toque delicado, protagonizado por una presencia original.

Quique era un hombre como yo, como todos, con lo que ello tiene de carne y espíritu, de bueno y de malo, de error y acierto, deseo y renuncia, soberbia y humildad, y su vida no estuvo exenta de luchas feroces y pruebas de fe, en las que resonaba siempre como timbre último la obediencia. Recuerdo el texto del recordatorio de sus votos de 2006: “Escucha, hijo, las enseñanzas del maestro, inclina el oído de tu corazón; acoge con alegría la exhortación de un padre bueno y ponla en práctica, para que vuelvas por la fatiga de la obediencia a Aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia” (San Benito).

He podido ser testigo de todo ello en muchos momentos de encuentro en la sala de visitas del monasterio y en los últimos meses he recibido el inmenso regalo de poder llevarle en dos ocasiones a visitar a las hermanas de Iesu Communio en Godella, donde pudo encontrarse con Madre Verónica, con la que le unía una profunda amistad, y con otras hermanas de la comunidad. En los dos viajes que hizo a España antes de morir, visitó a su madre ya muy enferma en diciembre de 2021 y en marzo de 2022 vino de nuevo para despedirse de ella antes de que falleciera y pudo celebrar su funeral. Todo se torna hoy profundamente misterioso.

Quique ha sido y seguirá siendo un pilar para la vida de muchos, tantos que si hubieran podido ir todos a Milán, tendrían que haber celebrado el funeral en una iglesia con más de mil asientos, pero esos son los números de aquí abajo. Bastaría una sola persona que diera testimonio del camino que ha hecho junto a él, para entrever el calibre de su vocación y dar fe de lo que significa entregar la vida a Cristo. Somos muchos los que hemos tenido la fortuna de compartir nuestras alegrías y nuestras miserias con este hombre, limitado como todos, cuya vocación particular al monacato era aparentemente contraria a su carácter. Esto sucede con algunas grandes personas que pueden llegar a provocar hasta el escándalo con sus formas, sus acciones, sus gestos o sus palabras pero siempre mirando a un punto fijo: Cristo. Me vienen muchos santos y no tan santos a la cabeza.

"Mamá, ¿por qué están contentos si se ha muerto Quique?" preguntaba la hija de una amiga viendo las imágenes que envié, en las que hay rostros alegres, rostros invadidos por esa alegría que es imposible sin Cristo. Uno de los monjes, conmovido me decía: "Fíjate, estaba perfectamente. Nadie sabía si tenía una dolencia. En el monasterio hay varios con problemas de corazón y mayores de 70 años y va él y se muere". Otro comentaba que Quique había dicho más de una vez que le pedía al Señor "como mucho un día de sufrimiento por la enfermedad", pero ni siquiera el Señor le ha impuesto esa penitencia, se lo ha llevado mientras dormía, con la delicadeza de no hacerle sufrir más de lo debido. Parece que ha sido una muerte dulce e indolora, a juzgar por cómo encontraron su cuerpo, sin signos de contracción muscular, con rostro sereno. «Una vida cumplida» afirmaba Sergio, el abad del monasterio en la homilía.

Tras la ceremonia fuimos en silencio hacia el cementerio. Mientras introducían el ataúd en la capilla de los sacerdotes, me fijé en su padre, dolorido pero sereno; un hombre que había enterrado seis meses antes a su mujer y ahora se despedía de su hijo. Empezamos a cantar a la Virgen del Pilar y le pude ver también tararear y mover las manos al escuchar una sevillana entonada por Lourdes. Los hermanos de Quique lloraban, reían, se abrazaban, mientras Rafa, un monje español, les acompañaba con una mueca de alegría que resultaba cuando menos sorprendente. Se me volvían a saltar las lágrimas y retornaba a mi pensamiento la pregunta de esa niña: ¿por qué están contentos? Alguien me cogió del brazo. Era una mujer a la que no conocía de nada y con intención inequívoca de acompañarme en mi dolor, me dijo mirándome fijamente con unos ojos claros, límpidos y enrojecidos de llanto: "Quique era molto amato".

Aún no soy consciente de la magnitud de lo que ha sucedido y me pregunto a diario: ¿qué vendrá a partir de su muerte? Sólo Dios lo sabe, pero yo sé que lo que he visto en su funeral y en el tiempo que he compartido con este hombre es de otro mundo en este mundo.