¡Críticos! Siempre critican. Siempre maldicen. A menudo difaman. Por las esquinas, a espaldas del opositor. Como les han dicho que su ideario es rompedor, se lo han creído y, por supervivencia, creen con firmeza que su misión es aplastar al que piensa diferente, porque al que piensa diferente lo consideran enemigo. Y los enemigos son ellos. Enemigos de la Verdad.

No se trata de tragarlo todo, entendámonos. Lo que está en juego, en definitiva, es el conocimiento de la Verdad. No la Verdad en sí misma. Porque la Verdad es pertinaz, y siempre acaba imponiéndose por la fuerza de la evidencia. De hecho, de lo que se trata es de conseguir que esa Verdad se extienda por todo el mundo y llegue hasta los más alejados. A las “periferias”, que le gusta decir al Papa Francisco.

Entonces, no vale todo para conseguir nuestro objetivo. Eso sería vender la Verdad al Enemigo, al padre de la Mentira que es Satanás. Para extender la Verdad hay que ser, ante todo, fiel a ella, a la doctrina en que se desarrolla y al Magisterio del Papa. Con eso ya damos los primeros pasos.

A continuación, está nuestra actitud. Caminaremos con osadía, sin miedo, “sagaces como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10,16). Con sana pillería, pero sin picaresca. Deberemos usar las armas de nuestros interlocutores y su lenguaje y sus símbolos, en los cuales incardinaremos la Palabra, punzante y penetrante como el fuego de la fragua.

¿Será, con eso, bastante? Al contrario del enemigo, pensemos en positivo: ¿qué más podemos hacer? Permaneceremos  abiertos. Eso nos posibilitará no encasillarnos con la Verdad, no encerrarnos en ella misma y su cara bonita, expuestos en la vitrina, sino lanzarnos a fuera, al prójimo, al hermano, a todos los hombres y mujeres de buena y mala voluntad. “¿‘De mala voluntad’, dices?”. Así es, me confirmo, no ha sido un lapsus. Pensemos también en las personas de mala voluntad, porque todos, quien más, quien menos, podemos cambiar. Los habrá entre ellos de aquellos que tienen la voluntad enmarañada y escondida bajo mil candados, por miedo o cerrazón. Pensemos qué podemos hacer por ellos, y daremos con el cómo para llegar a ellos. En el servicio está la clave, cada uno en su lugar.

En efecto, una vez que hagamos lo que podemos hacer para ayudar al prójimo, al hermano, daremos con la clave para salvar nuestra integridad, nuestra vida de piedad y hasta la física. Porque en verdad “los ojos son el espejo del alma”, como dice el proverbio, pues el físico surge como expresión de nuestro intelecto y de nuestra vida espiritual. Así que integridad. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de extender la Verdad, no nuestra verdad. Eso sería corrupción, que siempre surge y resurge con maquinación y alevosía. No hace falta y es malo darle demasiadas vueltas. La Verdad es simple y pura, y lo será siempre, incluso antes de que demos con la manera de perpetuarla viva, y así debemos exponerla ante toda crítica. Amaneciéndole, la Verdad revivirá al alma muerta, y vencerá. Porque la Verdad es la Vida. Dios mismo.