En estos momentos del curso, nuestros obispos nos están recordando la importancia que tiene para los padres creyentes el apuntar a sus hijos a la clase de Religión, a fin que sus hijos reciban en los centros de estudio unos principios conformes con lo que profesan y creen sus padres.

El principal responsable de la educación de los niños no es el Estado, sino los padres. Nadie tiene mayor interés en educar a los hijos que los padres, por la sencilla razón que son los que más les quieren, por lo que la Declaración de Derechos Humanos de la ONU dice (art. 26.3): "Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”. Y nuestra Constitución, siguiendo su estela afirma lo siguiente (art. 27.3): "Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. El derecho a la formación religiosa y moral de sus hijos según las convicciones de los padres es un derecho humano fundamental e inalienable. El derecho por tanto no es de la Iglesia católica, sino de los padres, aunque los que desean clase de Religión y Moral Católicas quieren que sea la Iglesia católica la que se encargue de dar esa formación religiosa y moral que ellos solicitan,

Nuestra Constitución además es aconfesional, es decir, puede y debe proteger los valores religiosos. “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones” (art. 16.3). Por ello el Estado español tiene acuerdos no sólo con la Iglesia católica para llevar a la práctica este derecho, sino también con protestantes, musulmanes y judíos y tiene igualmente previsto el caso de los padres que no desean una enseñanza confesional para sus hijos.

Además la Constitución afirma que “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana” (art. 27.2). Pero lo que defienden los que desean prohibir la clase de Religión es: “La educación tendrá por objeto, dentro del horario escolar, el pleno desarrollo del alumno, salvo en lo referente al hecho y dimensión religiosa”. No creo sean precisos más comentarios.

¿Aporta algo la Religión a la educación integral y humana de la persona? ¿No nos ayuda a responder los grandes interrogantes del ser humano, como el sentido de la vida? Para mí las respuestas mejores, más exactas y verdaderas las tiene la Iglesia católica y por ello creo en ella y he sido profesor de Religión Católica, sin que ello sea inconveniente en reconocer los grandes valores que tienen otras religiones.

Pero hay una segunda razón: el valor cultural. La cultura de España y de Europa están totalmente impregnadas por el Cristianismo. ¿Nos imaginamos una Historia de España en la que no se mencione el factor religioso? O en la visita turística a cualquier ciudad, de la que normalmente su catedral e iglesias son los monumentos más importantes, ¿se pueden enseñar sin mencionar para qué y por qué se construyeron? Y si vamos a cualquier pinacoteca, como puede ser el Museo del Prado, quien no sepa quién es Jesucristo, la Virgen, los apóstoles, unos cuantos santos, Moisés, Adán y Eva, Caín y Abel, etc., ese visitante, ¿crees que se entera de mucho? La cultura religiosa, ¿no nos ayuda a entender mejor la Literatura, el Arte, la Filosofía, la Lengua?

Mientras que de otros temas la gente comprende que tiene que tener unos conocimientos básicos para poder hablar de ellos, tal vez la Religión sea el único lugar para muchos donde se puede discutir desde una total ignorancia. Recuerdo en este punto lo que un padre no creyente, Jean Jaurès (1859-1914), uno de los prohombres del socialismo francés, decía a su hijo, que le pedía no ir a clase de Religión: “¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?”.

Pero lo que realmente se intenta con la ideología laicista es prescindir de Dios, con consecuencias claras y terribles. Y es que sin Dios, “todos los intentos de separar la doctrina del orden moral de la base granítica de la fe, para reconstruirla sobre la arena movediza de normas humanas, conducen, pronto o tarde, a los individuos y a las naciones a la decadencia moral. ‘El necio que dice en su corazón: No hay Dios, se encamina a la corrupción moral’ (Sal 14,1). Y estos necios, que presumen de separar la moral de la religión, constituyen hoy legión” (Pío XI, Mit brennender Sorge, nº 17). Y eso que Pío XI no podía calcular lo proféticas que iban a resultar estas palabras, escritas contra los nazis en 1937. Pero ya Jesucristo nos había dicho: “No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno” (Lc 8,43).