Que nuestras sociedades europeas ya no reconocen a la tradición cristiana como el tejido ético-cultural que sustenta la ciudad común, que esa tradición ya no plasma sus leyes, y que éstas no sólo no la custodian y valoran, sino que en ocasiones atentan directamente contra algunos de sus valores esenciales, es algo que difícilmente se podrá negar a estas alturas. Y eso que hay gente a la que le ha costado reconocerlo, y más aún, aceptarlo. Sin embargo deberíamos acoger este dato con la serenidad que expresaba Benedicto XVI en el vuelo que le llevaba a su tierra natal, Alemania, cuando comentó del siguiente modo las reacciones contrarias a su visita: “es algo normal que en una sociedad libre y en un tiempo secularizado existan oposiciones a una visita del Papa. Es justo que se exprese, eso forma parte de nuestra libertad y debemos tomar nota de que el secularismo y la oposición al catolicismo son fuertes en nuestras sociedades. Cuando estas oposiciones se manifiestan de modo civil, no hay nada que objetar”.

Cierto, no siempre esa oposición se manifiesta de un modo respetuoso sino todo lo contrario, y entonces es justo que los católicos levantemos la voz y reivindiquemos nuestro derecho de ciudadanía. Pero la cuestión que deseo abordar es otra. Que la situación sea como describía al principio supone, en primer lugar, un desafío para nuestra fe, que sólo puede vivir en relación y diálogo permanente con otros que no la comparten, y que tal vez incluso la combaten. Es un desafío que puede producir vértigo, pero no deberíamos perder de vista la historia (nuestra falta de memoria es proporcional a nuestra debilidad), en la que tantas veces los cristianos han vivido (y viven hoy) en condiciones semejantes, y eso no ha impedido un testimonio límpido de fe, esperanza y caridad. Por otra parte, el comprensible vértigo se ve atemperado por la confianza en que es el Señor quien conduce la historia, así que mala gana de enfadarnos si nos hace pasar por esta circunstancia.

Un caso práctico lo encontramos en el acoso cultural que a veces sentimos por parte de medios de comunicación, legislaciones, e incluso formas de ocio y cultura, que llegan a convertirse a veces en verdaderas agresiones morales. Empecemos por decir que en muchos casos estas expresiones nacen de una radical falta de familiaridad con el cristianismo como vida presente; se alimentan de estereotipos torpes o malvados, pero también de mitos y leyendas, y de experiencias negativas muy profundas de algunas personas. Y haremos bien en no rasgarnos las vestiduras ante todo ello, más bien, es bueno estar dispuestos a “encajar”, a pagar el precio de vivir en una sociedad plural, en la que nuestra fe no goza ya de la protección de la ley ni de la opinión común, y en la que es normal que nuestros símbolos no sean entendidos y nuestras convicciones sean tergiversadas.

Hay aquí una gran provocación para el diálogo misionero, aunque claro, eso exige algo más que atrincherarse y lanzar venablos. Hace falta salir de verdad al encuentro del otro, estando dispuestos a correr el riesgo, a pagar personalmente por la oportunidad de comunicar la belleza y la verdad del cristianismo, dentro de las relaciones que conforman la vida, en el tejido de la ciudad de la que formamos parte y de la que no estamos dispuestos a que nos excluyan, pero tampoco a autoexcluirnos. Esto no significa renunciar a defender el propio derecho a la fama, a la integridad moral o al respeto a personas, símbolos y convicciones. Con la valentía y el buen juicio que aporta la experiencia cristiana (cuando no ha sido adulterada ni reducida) podemos y debemos reivindicar nuestro estatuto de ciudadanía, como hizo Pablo de Tarso ante el tribunal romano, o como hacía Karol Wojtyla frente a los comunistas polacos.

Un caso reciente es el de las caricaturas de la revista satírica Charlie Hebdo, que no se han ocupado sólo del islam, sino también de los cristianos. Debemos estar dispuestos, como todos, a la crítica pública (a veces con razón, otras sin ella) e incluso a recibir la sátira corrosiva que es un rasgo de la cultura deprimida de esta época, que es la nuestra. De ahí a aceptar sin más la agresión gratuita, incluso la blasfemia, va un trecho. Cuando así sucede, los católicos debemos defender nuestro derecho con todos los recursos a nuestro alcance: con la palabra, la denuncia, el debate público y el recurso a las leyes. Puede suceder que nuestra palabra no sea escuchada y que las leyes no nos presten el amparo deseado. Entonces, ¿qué hacer?

Seguiremos diciendo en voz alta que no es justo, que provoca un daño profundo, que es pernicioso para la convivencia. Lo haremos con escrupuloso respeto a los procedimientos democráticos y a la ley, incluso si sostenemos con brío que esa ley es injusta y debe ser cambiada. ¡Esto es verdadera laicidad! Pero además lo diremos sin olvidar que quienes nos agraden son mucho más que el contenido de sus agresiones, están hechos del mismo deseo y de la misma sed que nosotros, y por tanto defenderemos su libertad y su seguridad como si fueran las nuestras, tal como han hecho los católicos franceses estos días. Por otra parte, el modo en que comparecemos en la plaza dice quiénes somos, de qué fuente bebemos y dónde radica nuestra fuerza.

Reconocer esta condición no debe significar recluirse en los cuarteles de invierno y levantar un robusto muro de protección. La fe necesita vivirse al aire libre, de lo contrario muere. Así que la primera tarea de esta hora es vivirla de modo que los hombres y mujeres de nuestra ciudad la puedan encontrar de nuevo en la plaza, en medio de sus quehaceres, de sus gozos, dolores y hasta diversiones. Y no porque gritemos mucho y tengamos influencias sino por su atractivo humano, por la promesa de vida que lleva consigo. Es preciso hacer esto “cuerpo a cuerpo”, como decía plásticamente el papa Francisco, pero también con realismo y paciencia, con un punto de sana ironía, intentaremos comunicar esa promesa a través de obras sociales de diverso tipo y dimensión. Donde se pueda y como se pueda.

Por otra parte, seamos pocos o muchos, influyentes o poco relevantes, no podemos renunciar a aportar la sabiduría del Evangelio a la configuración de una ciudad que sigue siendo nuestra, a pesar de las incomodidades y apreturas que podamos sentir en ella. Y eso significa intervenir en el debate público, dialogar, no encastillarnos, participar en los instrumentos sociales y políticos que existen, naturalmente con nuestra propia identidad. Y no nos hagamos ilusiones, esa identidad no es una coraza ni un parapeto, es algo vivo que necesita alimentarse cada día en la comunión de la Iglesia. Con frecuencia el rédito político-social de esta contribución nos parecerá nimio, prácticamente inútil. Y sin embargo no es verdad. A veces servirá para poner un dique al mal, para suscitar una pregunta, para abrir un resquicio en el búnker al que se refería Benedicto XVI en su discurso al Bundestag. Es curioso: tanto el papa Ratzinger entonces, como recientemente Francisco en Estrasburgo, han sabido hablar desde la fe sin actitudes defensivas, respetando las condiciones de esta hora. Y eso no ha significado perder ninguna eficacia misionera, todo lo contrario. Pues aprendamos de ellos.

© PáginasDigital.es