Se cumplieron las expectativas y el Gobierno decidió retirar la mil veces anunciada reforma de la ley del aborto, cumpliendo una vez más aquel aserto de Balmes, quien afirmara que los partidos “de instinto moderado y sistema conservador” se convertían a la postre en “conservadores de los intereses creados de una revolución consumada y reconocida”. Ese es el papel que la derecha representa en la farsa política: a la izquierda corresponde promulgar leyes “progresistas” que terminen de arrasar el orden cristiano; a la derecha, “conservar” tales leyes, permitiendo que se consoliden. E incluso podría añadirse que la tarea desempeñada por la derecha es mucho más demoledora, puesto que, mientras la izquierda gobierna, sus leyes “progresistas” se topan con una resistencia obcecada por parte de los sectores sociales que aún guardan una reminiscencia de cordura; en cambio, cuando gobiernan los “conservadores” de las leyes progresistas, esos mismos sectores sociales se relajan en su celo.

Solo algún obispo valeroso como Reig Plà se ha atrevido a decir que la ideología que inspira a derechas e izquierdas es la misma, que no es otra sino la exaltación de una libertad desarraigada de un orden moral objetivo. Como ya nos advirtiera san Juan Pablo II, cuando el bien supremo de la vida es supeditado a la libertad individual, es inevitable que se imponga una consideración meramente funcional y utilitaria de la vida, que así queda despojada de su dignidad. Y esta absolutización de la libertad la preconizan por igual “conservadores” y “progresistas”. Ningún católico debería votar a partidos que se fundan en principios tan radicalmente anticristianos, pero lo cierto es que durante las últimas décadas el clericalismo ambiental ha encauzado el voto católico hacia formaciones “conservadoras” que, a la vez que engañaban a la parroquia católica con guiños de puta vieja, se dedicaban a aniquilar cualquier vestigio de pensamiento social cristiano.

La dura realidad es que los católicos somos hoy un grupo de apestados sin representación política. Y tal vez así ocurra durante mucho tiempo, porque la montaña de errores sobre los que se afirma el orden anticristiano, con sus dos negociados de “conservadores” y “progresistas”, ha logrado que la gente rechace instintivamente cualquier expresión política que empiece proclamando verdades morales. Salvo que… surgiese una iniciativa inspirada en principios católicos que se aproximase con astucia evangélica a una sociedad que previamente ha sido sobornada por una política que ha sustituido la solicitud del bien común por la devorante apetencia de derechos individuales.

A un parado de larga duración que hasta ahora ha sido sobornado con los “derechos de bragueta” puede sonarle chirriante, incluso cínico, que le hablen de la inmoralidad del aborto, pues más inmoral puede parecerle no tener pan para sus hijos. Una iniciativa inspirada en principios católicos tendría que empezar por combatir la injusticia social (que también es un pecado que clama al Cielo), para recuperar después la noción del bien común y llegar por último a las grandes cuestiones morales, según el adagio clásico: Primum tempore, sed non natura. El procedimiento inverso no cosechará sino esterilidad, como ya se ha probado en ocasiones anteriores; y el énfasis en la justicia social permitiría a una formación política de inspiración católica distinguirse de los “conservadores” que, a la postre, se revelan siempre “conserva-duros”; y conquistar a quienes tienen la razón oscurecida por una montaña de errores que sepultan las grandes cuestiones morales.

Pero una formación política de estas características necesitaría visibilidad; y sospecho que quienes podrían dársela preferirán negársela.

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