Jesucristo es rey Señor, muestra su realeza y hace presente en medio de nosotros su reino –Reino de la verdad y de la gracia, Reino de la paz y de la justicia, Reino del amor, Reino de Dios que es Amor– rebajándose, despojándose de su rango, tomando la condición de esclavo, haciéndose pequeño y ocultándose, como en la Encarnación, identificándose con los últimos, con los pobres, con los necesitados del amor y de la misericordia, obedeciendo al Padre, ofreciéndose en oblación, hasta la muerte y una muerte de cruz.

Jesucristo reina desde el madero de la cruz, perdonando, ofreciendo salvación al que la pide y la busca, dando su vida, sirviendo, amando a los hombres hasta el extremo. Ahí, en la Cruz, está toda la verdad, de la que Cristo es el fiel testigo: la verdad de cómo Dios ama sin límite a los hombres, y la verdad del hombre, tan engrandecido y exaltado que de esta manera ha sido y es amado por Dios. Esto acontece en el misterio eucarístico, se hace realmente presente y permanece. El Reino de Dios es Cristo, la Eucaristía misma.

Contemplamos y vemos ese reino en el rostro de Cristo, en la persona de Cristo, en el misterio eucarístico; al contemplarlo y gustarlo en sus sufrimientos y muerte, en el misterio eucarístico, podemos reconocer –lo reconocemos y proclamamos– de manera clara y sin complejos el amor sin límites de Dios por nosotros: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna": es la carne de Cristo, que se entrega por nosotros.

El amor de Dios, su Reino, ha encontrado su expresión más profunda en la entrega que Cristo hizo de su vida por nosotros en la Cruz, en ese amor con que ahí nos ama sin límites. Ahí tenemos a nuestro Dios, Dios único y universal: Señor crucificado, identificado con los que sufren tanto, no espectador de las humillaciones, escarnios, privaciones, injusticias y pobrezas, sino sufriéndolas en su propia carne, que es también la nuestra.

La proclamación de Jesucristo Rey, el ¡Viva Cristo Rey! que brota de lo más hondo y mejor de nuestro corazón, ese grito, que es plegaria y confesión de fe, que estuvo en los labios de tantos mártires, que fue consuelo ante destrucción de vidas, que fue testimonio de que Dios es Dios, es Amor, es misericordia, esa proclamación no es un gesto devocional ni un grito en el vacío, es el gesto que expresa nuestra entrega al Señor. Es contenido de toda verdadera espiritualidad y devoción cristiana, es núcleo de la experiencia cristiana, es motor de la vida cristiana como testimonio de Dios vivo, Dios que es amor y misericordia, redención y salvación, gloria y llamada a dejarse transformar por Dios y su infinita bondad para con nosotros, haciendo del amor la seña de identidad y el móvil de nuestras vidas en todo, anticipo de gloria donde sólo reinará el amor, Dios que es Amor.

Esta fiesta debe ayudarnos a recordar y vivir incesantemente que Él ha cargado voluntariamente con el sufrimiento de los hombres, por los hombres, y se ha identificado con los que sufren. Con esta fiesta, y la correspondiente adoración, no sólo reconocemos, pues, con gratitud el amor de Dios sino que seguimos abriéndonos a este amor, de manera que nuestra vida quede cada vez más modelada por Él; acogemos el amor de Dios, nos acogemos a Él, para amar con ese amor que hemos recibido, y comunicarlo a los demás.

Quien acepta el amor de Dios interiormente queda plasmado por él. El amor de Dios experimentado es vivido por el hombre como una "llamada" a la que tiene que responder. La mirada dirigida al Señor, que "tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades", nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a la necesidad de los demás; nos abre a la misericordia, para vivir desde ella y haciéndola realidad viva en las obras de misericordia, caridad y amor. La experiencia del amor del Rey y Señor Jesús nos tutela ante el riesgo de replegarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás: "En esto hemos conocido lo que es amor: en que Él dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hombres".

A la luz de esto, nos adentramos más y más en la página del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo y, "ateniéndonos a las indiscutibles palabras de este Evangelio", conocemos y vemos que "en la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. Mediante esta opción, se testimonia el estilo de amor de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna manera, se siembran todavía en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo dejó en su vida terrena, atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase de necesidades espirituales y materiales". Este Evangelio es una página de Cristología (S. Juan Pablo II).

Es la hora de la caridad a la que nos impulsa la fiesta de Cristo Rey, para que estemos atentos a las nuevas pobrezas de nuestro momento, para que ayudemos a sanar la enfermedad que aflige hoy a la humanidad, y atendamos a la pobreza más honda que es el no tener a Dios, la indigencia de Dios, el pretender edificar nuestro mundo sin Dios, en la soledad de nuestras fuerzas. Con esta fiesta nos entreguemos del todo al Señor, con el amor de nuestro corazón, con una confianza incondicional porque Él es Amor, reconociéndole en aquellos con los que se identifica –pobres, hambrientos...–. Dios nos abre un gran futuro y nos entrega el don de la esperanza que se vive en la caridad.