¡Cuántas cosas nos están pasando en España! Llevamos una temporada larga con unos golpes y vaivenes que nos zarandean y aturden; tiempos recios, nada fáciles, pero que no pueden hundirnos o hacer mella en nuestro ánimo. Los tiempos difíciles son los tiempos de la esperanza, que nos invitan a no bajar la guardia, a tener una mirada despejada que se dirige hacia un gran y nuevo horizonte. Con esta esperanza es preciso pensar en el proyecto y empresa común que nos une a las diferentes personas, regiones y pueblos que la integramos: un proyecto, una empresa común, derivada de lo que somos, capaz de forjar ilusión y de generar nuevas gestas en el futuro que se avecina y que hemos de adelantar; necesitamos pensar en el acontecimiento espiritual que somos España, también en la cuestión moral y en la superación de la quiebra humana que nos aqueja, en sí, previa a otras consideraciones.

En los momentos concretísimos en los que estamos ahora, España y este día –«día después a…»– me lleva, además, a hacer unas reflexiones que ofrezco y comparto. Estos momentos nos hacen ver la realidad con sentido de responsabilidad y la mirada puesta en el futuro. Es cierto que la realidad económica es grave, que los casos de corrupción están ahí, que el relativismo nos atenaza, que la crisis de autoridad crece, que las encuestas y los datos que nos ofrecen algunos estudios de la sociología aplicada –ciencia inexacta y nada normativa– nos tienen muy preocupados y tienden a imponerse como norma de conducta y de gobernación.

Todo eso está ocurriendo, es cierto: a ello no podemos resignarnos ni claudicar ante su poder, que no es inexorable. Pero ante ello ni podemos quedarnos con los brazos cruzados, ni sólo emitir opiniones y críticas en tertulias y conversaciones que a poco conducen. Es preciso adoptar las mejores soluciones para superar la situación envolvente que provoca angustia, temor, duda, incertidumbre y perplejidad paralizante en muchos; y lograr, así, un gran respiro y tomar un nuevo impulso en el proyecto común que somos. Sería un una mirada parcial, falseada y bastante miope estimar que lo importante es lo económico; que la riqueza o el enriquecimiento como sea es muy principal; que los votos son algo prioritario y a ellos se han de supeditar otras realidades que no debieran ser sometidas; que los intereses particulares o que el bienestar a toda costa, o que el éxito, aunque sea pasajero, han de anteponerse a otras cosas; que la victoria sobre el adversario, el bien individual o de grupo particular, aunque sea numeroso, está por encima del bien común y compartido; que, en estos momentos, lo mejor es seguir la táctica del puercoespín de guardar la distancia justa para no pincharse y pretender que no haya tensiones, ni «se mueva ni agite nada», aunque sea a costa de la verdad y se imponga el pragmatismo y el utilitarismo; que la libertad individual o de grupo sea omnímoda; o que la libertad de expresión no tenga límite y se la sitúe por encima de todo y se constituya en valor y derecho supremo e incontrovertible; o que, en el fondo,
tienen razón los pícaros y los relativistas.

Es una mirada de estrabismo muy extendida esta que acabo de describir en diversas manifestaciones, mirada que prima ciertos aspectos, y al mismo tiempo olvida y pospone otros aspectos que son previos y básicos. No puede imponerse, como está ocurriendo, aquello de la película de los hermanos Marx: «Tengo estos principios, pero si no le van, se los cambio por estos otros». Lo que nos está sucediendo y el peso de lo que somos y de nuestra historia común compartida nos hace pensar en lo que podemos y debemos apoyarnos y no abandonar para el futuro de España; nos hace pensar en lo que se debería hacer, en cuál es el camino a seguir por encima de otra cosa. Por supuesto, en desterrar el relativismo rampante que nos corroe y destruye por dentro, así como el laicismo envolvente que lo sustenta.

El Papa Benedicto XVI, en su discurso ante el Bundestag, en Alemania, dijo cosas muy importantes e hizo consideraciones que, en la coyuntura actual de España, haríamos muy bien todos –tanto políticos, como profesionales o responsables en los medios de comunicación, como el resto de la población con el rasgo o la responsabilidad que se tenga en ella– en atender, escuchar y asumir. Algo que es básico y sin lo cual difícilmente, si no imposible, podemos organizarnos para el bien común (concepto y palabra que ha desaparecido del espacio público), y con el esfuerzo (otra expresión borrada del espacio público) común de todos, que a todos incumbe si queremos y apostamos por un futuro. Una tentación o medida parcial, y no de base, puede ser el «éxito» político, o el «benefi cio material».

«La política debe ser un compromiso para la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz». Esto que el Papa Benedicto refería directamente a los políticos, es también fundamental para todos en la sociedad con la que de una u otra manera tenemos un compromiso, que siempre es político.

«Naturalmente, dijo el Papa, un político buscará el éxito, que de por sí le abre la posibilidad a la actividad política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el Derecho y a la comprensión del Derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del Derecho, a la destrucción de la justicia ... Servir al Derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político» (Benedicto XVI), y de todo ciudadano e institución dentro de la sociedad. Estimo que ésta es una consideración fundamental e imprescindible en los momentos precisos en que nos encontramos. Esto tiene muchísimas consecuencias. No tener esto en la base y en el fundamento de toda actividad, humana y pública, que debería conducir al bien común, es caminar en dirección contraria a lo que, en verdad, puede hacernos avanzar; olvidar esto podría conducirnos hacia el caos.

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