El pasado 19 de agosto, martes, moría en Salamanca a los 76 años de edad, el padre Enrique Menéndez Ureña, jesuita de ideas liberales y el mayor experto académico del krausismo español. Ser liberal en los años setenta y ochenta, no dejaba de ser una actitud insólita, dada la tremenda infección marxista que padecía la compañía de San Ignacio y, debido a su influencia, una parte no pequeña del clero secular y regular y bastantes monjas y religiosas, en general más ignorantes que ilustradas, como sor Teresa Forcades y sor Lucía Caram.

Por ello no es de extrañar que haya fallecido en medio de un silencio generalizado apenas roto por las reseñas de su óbito en la prensa asturiana y la referencia un tanto desmedida en la página web de la Gran Logia Simbólica Española, irregular y adogmática, que lo trata, con notoria inexactitud, casi como su fuera “uno de los nuestros”.

Gijonés, nacido en 1939, se educó en colegios de jesuitas con excelentes notas, y en 1956 ingresó en el noviciado que la Compañía tenía en Salamanca. Licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense y la Central de Barcelona. Entre 1966 y 1976 estudió en Frankfurt (Alemania), donde se licenció y doctoró en Teología.

Fue docente durante muchos años y vicerrector de la Universidad Pontificia de Comillas, en la cual creó –con el también jesuita Pedro Álvarez Lázaro- y dirigió el Instituto Universitario de Investigación sobre Liberalismo, Krausismo y Masonería. Autor de numerosos libros, entre otros “El mito del cristianismo socialista”, que leí con gran interés y me permitió tomar contacto con él cuando todavía tenía pelo, iniciando una relación amistosa que no me fue posible mantener después por la maldita falta de tiempo. Para desgracia de los hiperactivos, el día no tiene más que 24 horas.

El krausismo, cuyo estudio ocupó toda la vida académica del P. Ureña, fue la obra del filósofo alemán de segunda fila, Karl Christian Frederich Krause (17811832), llamada “panenteismo”, o intento de conciliación entre el teísmo y el panteísmo.

Esta doctrina no tuvo excesivo éxito en Alemania, tierra de grandes filósofos, pero también de grandes perturbadores intelectuales y sociales, como Niestzche o Marx, “maestros de la sospecha” junto con Freud. Sin embargo en España el krausismo adquirió gran influencia. Importado por Julián Sanz del Río, se expandió, sobre todo en el terreno pedagógico a través de la obra de Francisco Giner de los Ríos, alumno del anterior, la famosa Institución Libre de Enseñanza.

Esta institución adquirió un acentuado carácter laicista, que no tenía el krausismo original, dando lugar a una guerra con el catolicismo educativo por imponerse en el mundo de la enseñanza, guerra que por desgracia todavía perdura.

Krause era masón pero deísta, como fue la masonería “especulativa” –realmente no ha existido otra- desde sus inicios en 1717 hasta al menos la II Guerra Mundial. Masones fueron también muchos krausistas españoles de la Institución Libre de Enseñanza, así como la generalidad de los dirigentes del liberalismo político, surgido en el primer tercio del siglo XIX. Al acabar dicha guerra mundial, los masones, viendo que el liberalismo estaba de capa caída, se mudaron de piso, culminando la invasión iniciada antes de los partidos socialdemócratas europeos. Y en eso estamos ahora.

En definitiva, que para entender cabalmente el krausismo en su conjunto, haya que estudiar también la masonería y el liberalismo del siglo XIX y primera mitad del XX, y así lo entendió el padre Enrique M. Ureña. De ahí que su Instituto de investigación histórica y doctrinal se ocupara, junto al krausismo, de la masonería y el liberalismo político sobre todo decimonónico, haciendo una valiosísima aportación al entendimiento de fenómenos ideológicos y sociales que tanto influyeron y en ocasiones perturbaron el proceso histórico español.

Descanse en la paz del Señor, este investigador jesuita no estimado en todo su valor intelectual.