Nos ha impresionado mucho el desparpajo con que algunos periodistas lacayos han negado las evidencias sobre el bodrio o ensalada de plagios que el doctor Sánchez presentó como tesis; y todavía más la facilidad con que han arrastrado la “opinión” de las masas adscritas a su negociado ideológico. Por supuesto, no se nos escapa que si el bodrio o ensalada de plagios lo hubiese perpetrado un politicastro de la facción contraria, habría ocurrido exactamente lo mismo. Lo cual nos obliga a reflexionar sobre la noción de conocimiento en las sociedades de masas, también llamadas democráticas.

Antaño, el hombre alcanzaba la verdad mediante la "adaequatio rei et intellectus". En este caso concreto al que aludimos, tal adecuación consistiría en leerse el bodrio infame del doctor Sánchez, como hizo el menda; y quien tal cosa hiciese descubriría que el doctor Sánchez es un impostor de la peor calaña. Pero esta vía de conocimiento de la verdad que procura la adecuación de la realidad y el intelecto se ha hecho imposible en la sociedad de masas democrática. En ella, los hombres se han desarraigado (¡liberado!) de las estructuras sociales vivas que los mantenían unidos, para convertirse en una masa colectánea en la que el pluralismo ideológico instaura una auténtica demogresca o guerra de todos contra todos. En esta co-existencia hórrida, los hombres renuncian al conocimiento de la realidad de las cosas y se conforman con hacerse representaciones mentales y abstractas de las mismas (“opiniones”, las llaman) que se adapten a la morralla de consignas ideológicas con que les han tupido las meninges. Tales “opiniones” sobre las cosas pueden llegar a parecer tan sólidas como la realidad misma; pero su solidez es en realidad una cáscara de fanatismo que actúa como una coraza contra la realidad. Así se logra la conversión de los hombres en un rebaño de zombis.

Especial responsabilidad en este proceso tiene el periodismo lacayo y los líderes de masas, que ya no buscan la adecuación de la realidad y el intelecto, sino que se enorgullecen de someter la realidad a su interesada subjetividad. Y que, ensoberbecidos de su poder, pueden actuar sobre el rebaño de zombis adscrito a su negociado ideológico, nutriéndolo de consignas, moldeando sus “opiniones”, logrando incluso que los zombis piensen que sus “opiniones” gregarias son en realidad opiniones personales, originales e intransferibles. En realidad, los diversos rebaños de zombis apacentados por el pluralismo ideológico ya tienen atrofiadas todas sus facultades intelectivas; y están anhelando que sus respectivos líderes de masas les comuniquen directrices de pensamiento y acción que guíen su vida vicaria. ¿Cómo va a resistir el líder de masas la tentación de manipular a su rebaño de zombis, instilándole las “opiniones” o corazas frente a la realidad que convienen a su negociado ideológico? Y cuanto mayor sea el número de zombis que logre modelar, mayor será su “influencia”.

Y esta tentación se torna aún más irresistible cuando descubre que los zombis anhelan repetir (¡y retuitear, oiga!) como loritos sus “opiniones”. Porque lo que distingue a los rebaños de zombis de la sociedad de masas es que aceptan con toda su alma las explicaciones dadas por la propaganda, los esquemas ideológicos (cuanto más toscos mejor) que alimentan la demogresca, las consignas que les permiten “posicionarse” en tal o cual trinchera y les evitan tener que adecuar su intelecto (para entonces ya reducido a papilla) a la terca realidad. Así, por ejemplo, en lugar de enfrentarse a la impostura del doctor Sánchez, pueden cerrar los ojos y exclamar: “¡Bah, patrañas de un panfleto de la caverna!”.

Publicado en ABC el 1 de octubre de 2018.