En cierta ocasión, leí una frase que me impactó: “Desgraciadas las Sociedades que se ven obligadas a demostrar lo evidente”. Creo que e algo que n nuestros tiempos está sucediendo con el matrimonio y la familia.
La historia del matrimonio es la historia de un lento progreso. Hay primeramente un movimiento paulatino hacia la monogamia, unión de un solo hombre con una sola mujer, siendo el matrimonio la suma de dos principios: heterosexualidad de los cónyuges y unión de dos personas, mutua entrega que les compromete en su realidad más íntima, haciéndoles compañeros en pie de igualdad. Poco a poco empiezan a dibujarse unos procesos, que aparecen con claridad precisamente en nuestro tiempo: la familia se desprende de la firme vinculación a una estirpe o clan, así como el número de hijos ya no se deja a las fuerzas ciegas de la fecundidad humana, sino que los padres son los que asumen la decisión y la responsabilidad.

Todo esto nos ofrece la posibilidad y el deber de hacernos más personas; este proceso desde los tiempos más remotos no se ha cumplido sin la ayuda del Espíritu de Dios. El matrimonio es un bien que no tiene precio y está íntimamente unido a la dignidad humana.

El Concilio Vaticano II nos da una muy importante definición de matrimonio: "Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable” (GS 48). El matrimonio debe ser entendido como una alianza, en la que uno y otro no se entregan determinados derechos, sino que ellos mismos como personas se dan y se toman y Dios mismo realiza y consagra su unión.

El amor es lo más excelente de la vida y en el matrimonio es tan fundamental que no es uno de sus fines ni de sus medios, sino que forma parte de su definición. Por él la imagen de Dios, valor supremo, se perfila detrás de la pareja humana. Pero hay dos aspectos complementarios en el matrimonio: el personal y el social. El concilio subraya el aspecto personal cuando dice que el matrimonio es: “la íntima comunidad conyugal de vida y amor”. Pero tampoco se olvida el aspecto social: “Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios”. El matrimonio está al servicio de la vida y contribuye al progreso personal, familiar e incluso de toda la sociedad. Es precisamente la palabra de Dios la que nos da las más bellas definiciones realistas del matrimonio: dos en una sola carne, alianza de corazón, lazo vital entre el hombre y la mujer.

Un hombre y una mujer unidos en matrimonio forman con sus hijos una familia. Dios quiere que del amor de los padres, en la medida de lo posible, procedan los hijos. Los niños no crecen en ningún otro lugar mejor que en una familia intacta, en la que se viven el afecto cordial, el respeto mutuo y la responsabilidad recíproca. Finalmente en la familia cristiana también crece la fe. La familia, basada en el amor total e irrevocable entre el hombre y la mujer, no sólo es un tesoro para cada uno de sus miembros, sino que es el mejor fundamento de la sociedad, como estamos viendo en estos tiempos en que la familia y la Iglesia son las dos instituciones básicas que más están haciendo para disminuir los efectos desastrosos de la crisis económica. El Estado tiene la obligación no sólo de respetar los derechos fundamentales de las familias, sino de apoyarles eficazmente y protegerlas en sus necesidades materiales, aunque hoy desgraciadamente imperen ideologías positivistas, relativistas y de género que lo que tratan es de destruirla.

Pero, a pesar de los ataques que sufre, la familia es una entidad con futuro, porque la comunidad humana es algo más que una sociedad animal. La familia es a la vez un compromiso público, un ideal moral y una institución social, pero no una institución cualquiera, sino la más valorada, como muestran las encuestas. Además el matrimonio y la familia son indestructibles, no sólo porque responden a las más básicas necesidades humanas, sino que además “en el plan de Dios, un hombre y una mujer, unidos en matrimonio, forman, por sí mismos y con sus hijos, una familia. Dios ha instituido la familia y le ha dotado de su constitución fundamental” (Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, nº 496). Y no olvidemos que no es que Dios sea poderoso, sino que es Omnipotente.

Pedro Trevijano