En la obra titulada Los hermanos Karamazov, el erudito escritor ruso Fiodor Dostoiewski pone en boca de uno de sus personajes, Ivan Karamazov, la siguiente sentencia: "Si Dios no existe, todo está permitido". Este es el slogan postmoderno, “la espiritualidad” imperante y dominante hoy día en nuestra sociedad.

Sin Dios el hombre pasa a convertirse en “dios”, en “Superhombre”, no sólo de su propia vida, sino en “dueño y señor” de la vida y del destino de los demás, sobre todo si los demás son más débiles. Las consecuencias de este pensamiento las hemos vivido no hace tanto tiempo; este pensamiento, puesto en práctica, ha sido desastroso para la humanidad. Recordemos como ejemplo las dictaduras europeas del siglo pasado: fascismo y comunismo, ideologías ateas, sin Dios. A Dios gracias, el tiempo las llevó al fracaso y a la condena más absoluta, no sin el coste de la vida de millones de víctimas inocentes.

En pleno siglo XXI no se cuestiona tanto la existencia o no de Dios tal y como se cuestionaba en los siglos anteriores, XIX y XX. La tendencia de este siglo es la de arrinconar a Dios al ámbito de lo personal y privado excluyéndolo de lo social y público. ¿Qué ocurre con los que creemos en el Dios de Jesús y no estamos dispuestos a encerrarnos en casa y en la parroquia? Al igual que Dios, tenemos un alto riesgo de ser excluidos por la clase política, eso sí, con palabras bonitas y muy correctas tales como que vivimos en un Estado aconfesional y en una sociedad cultural y religiosamente plural.

Que los políticos se arriman al sol que más calienta y no tienen reparo alguno en cambiar de discurso dependiendo de las circunstancias del momento está claro con tal de seguir en la “poltrona”, aunque eso les lleve a traicionar su conciencia. Como antítesis a la clase política, el Dios cristiano, Jesús de Nazaret, sigue siendo el mismo que vivió hace dos mil años en Palestina, aquel que anunciaba la Buena Nueva, que denunciaba, interpelaba y cuestionaba a los gobernantes y poderosos de aquella época. Esos que consiguieron acabar con su vida en la cruz, pero no con su Espíritu, son los mismos que hoy afirman sin ningún reparo: "Si Dios no existe, todo está permitido".

La cruz en la que fue clavado Jesús de Nazaret, el Hombre, el Cristo, sigue siendo escándalo para los políticos, tanto para los de derechas como para los de izquierdas. Y eso que han pasado ya casi dos mil años.

Poco han evolucionado los gobernantes y poderosos en ese tiempo. Siguen siendo los mismos perros con distintos collares, siguen actuando y obrando de la misma manera, buscando el lucro aunque para ello tengan que usar las malas artes de la corrupción y explotación.

Sin Dios, sin ley natural, sin leyes morales, sin mandamientos, sin que haya “Alguien” por encima de ellos, los políticos podrán seguir robando, engañando, manipulando y, si tienen suerte y la justicia humana, tan frágil y politizada, no los condena, viviendo a costa ajena y riéndose, día tras día, de los ciudadanos.

En política no todo está permitido. Con Dios la política tenderá a lo Bueno y a lo Bello. Con Dios, el Dios de Jesús, los políticos tendrán preferencia por el ser humano, especialmente por los más necesitados.