Uno de los grandes problemas del mundo actual es el del sentido de la sexualidad y, más en concreto, del acto sexual. El acto sexual se realiza cara a cara, siendo el ser humano el único animal que lo hace así, la mujer debajo, a menos que se realice de alguna otra manera, pues existen otras posturas posibles, como lateralmente. Va precedido habitualmente de unos preludios o juegos lúdicos con los que los amantes se manifiestan su cariño, enriquecen su encuentro y aumentan el disfrute. El encuentro sexual hay que hacerlo en sitio reservado (cuidado con los niños que duermen o no comprenden nada). Su frecuencia es muy variada, aunque lo más corriente es de una a tres veces por semana.

El verdadero amor conyugal se muestra no sólo en solicitar y aceptar delicada y oportunamente el débito, que es penetración y acogida, don y hospitalidad, sino también en observar cuidadosamente la continencia, conforme lo exija el mayor bien del cónyuge y la mutua fidelidad. Como ambos son distintos pero complementarios, el varón se da a sí mismo saliendo de sí para ir a ella, y la mujer se entrega acogiéndole. Las relaciones sexuales constituyen un ingrediente importante del amor, porque lo que hace la pareja es expresar con su cuerpo lo que siente en su corazón. Y es que, aunque la realización fisiológica sea importante, todavía lo es más el aspecto afectivo. No nos olvidemos además que el amor tiende a fructificar, que en este caso es también engendrar vida. Por ello, aunque físicamente sea lo mismo, es totalmente distinto el acto sexual realizado por dos personas que ocasionalmente se encuentran, que cuando es realizado por dos personas que, unidas en matrimonio, se han comprometido mutuamente para toda la vida. Actuar por egoísmo no es lo mismo que actuar por amor.

En consecuencia para que el acto sexual sea un éxito es preciso que cada uno piense en el otro más que en sí mismo, en el placer del otro más que en el propio. Cuando dos personas se aman de verdad, uno disfruta de la alegría del otro por lo menos tanto como la de sí mismo. Nunca insistiremos bastante en que el acto sexual ha de ser sobre todo expresión de amor, de la persona entera, en la que ésta se compromete en los planos físico, psicológico y espiritual, y donde el individuo supera su egoísmo y, gracias al lenguaje corporal, se entrega plenamente y recibe del mismo modo a su cónyuge.

Gestos como acariciarse, abrazarse, penetrarse significan algo, suponen una relación, que no sólo depende de la intención de los sujetos, sino también de la estructura objetiva de los cuerpos, miembros y órganos. Son también muy importantes las palabras y el diálogo; con frecuencia el otro sabe que se le quiere, pero no pasa nada, sino todo lo contrario, por decírselo expresamente de vez en cuando, como también preguntarle cómo se siente y cuáles son las cosas que más le agradan o le disgustan.

El orgasmo es el momento clave del acto sexual. En el varón acompaña a la eyaculación, por lo que lo tiene siempre. En cambio en la mujer, cuyo ritmo sexual es diferente al del hombre, puede suceder que si el varón no está atento, no llegue a experimentar esa sensación placentera, lo que fácilmente es causa de problemas y nos enseña que, incluso en plena realización del acto sexual, el marido ha de ser capaz de sacrificarse para que la mujer pueda llegar a disfrutar de la relación sexual. Su cumplimiento normal, completo y satisfactorio da lugar, por una parte, a una repercusión local a nivel de aparato genital, y por otra a una repercusión general, es decir sobre el conjunto del organismo y en particular sobre lo paragenital. Sus efectos físicos positivos son especialmente visibles en la mujer, en la que se produce una metamorfosis orgánica casi comparable al brote de la pubertad. El peso aumenta, la musculatura se desarrolla, los senos se precisan. Y es que amar y sentirse amada, lógicamente trae consecuencias positivas. Una vez más hay que insistir que, aunque la sexualidad y el acto sexual produzcan placer, su verdadero sentido no es ponerlos al servicio del placer, sino del amor.