Era un pipiolo de 18 años y después de escribir un malísimo artículo de opinión pensé, en mi osadía juvenil, que el Ya, mi diario de lectura diaria junto con La Vanguardia Española –manda carallo que sea ahora la punta de lanza mediática del secesionismo nacionalista-, y con el que más me identificaba ideológicamente, podría publicármelo. La juventud tiene esas cosas, y sin pensármelo mucho cogí el metro para ir a la histórica sede de Mateo Inurria y reclamar la atención del responsable de Opinión. No había otro plan mejor que mi cabecita podía elaborar. Se trataba de llegar al Ya, y como un elefante en una cacharrería, soltar el artículo, bueno, por llamarlo de alguna manera, y publicarlo para satisfacción propia y de los allegados.

Miguel Ángel me recibió con su amabilidad característica. Me sorprendió que me dedicara unos minutos de su tiempo mientras se palpaba en el ambiente un cierto histerismo de gente dando voces, andares apresurados, ademanes rudos… una redacción en estado puro. Con los años me di cuenta que ese es el ambiente que debe tener una redacción a media tarde.

Miguel Ángel aterrizaba en Madrid después de unos cuantos años de corresponsal del Ya y de los diarios del grupo EDICA en Roma. Había vivido parte del pontificado de Pablo VI, el brevísimo de Juan Pablo I y los comienzos de Karol “El Magno”. Su acreditada profesionalidad había sido recompensada al ser nombrado por sus colegas como Presidente de la Asociación de Corresponsales Extranjeros en Roma. Había leído sus magníficas crónicas desde Roma y tomé conciencia de que estaba ante un “grande” del periodismo.

A los pocos días vi publicado el artículo en las páginas de opinión. Como el artículo era malo de solemnidad, el bueno de Miguel Ángel metió mano en el texto y lo mejoró hasta hacerlo publicable. Otro en su lugar lo hubiera tirado a la basura con una exclamación acompañada con un movimiento de cabeza: ¡Estos niñatos metidos a periodistas!

Ese gesto gratuito de Miguel Ángel fue un acicate para insistir. Sin ese primer empujón, no sé, posiblemente no hubiera tenido otra oportunidad para entrar en el mundo de la comunicación. Y, Miguel Ángel, con ese corazón grande que tiene, hizo las veces de ángel de la guarda, padre y de maestro de un pipiolo que venía de Barcelona sin saber nada de nada. A un artículo le siguió otro, y otro… y con el tiempo, gracias a las enseñanzas del periodista senior, lo que empezó como una afición de ratos libres se convirtió en una profesión.

Pasados unos años volvimos a coincidir para fundar el semanario Alfa y Omega, primero como encarte del desaparecido La Información de Madrid, y luego ya en el ABC. Y, entretanto, pudimos hacer juntos, él como escritor y yo como editor, unos cuantos libros de temática religiosa para Planeta+Testimonio y Vozdepapel...

Miguel Ángel ya ha dejado la dirección de Alfa y Omega después de 20 años de gran trabajo. Está jubilado, o eso dice él, aunque es difícil no encontrarlo delante del ordenador o recortando noticias de los diarios de papel. Su cabeza sigue en plena madurez, ocupado y preocupado por todo lo que sucede en la Iglesia, y como ya está rozando los ochenta, no quería dejar pasar esta oportunidad de hacer un pequeño homenaje, desde este rincón, a un hombre bueno al que le debo mucho.

Gracias, Miguel Ángel, mi maestro y ejemplo.