Con ocasión del funeral de Adolfo Suárez, Rosa Díez afirmó que se le antojaba «completamente inapropiado» que sonase en un funeral de Estado el himno de España durante la consagración. De inmediato, sus palabras fueron contestadas muy acremente desde tribunas que podríamos englobar bajo el marbete ´derechista´, desde la derecha pagana a la que la religión se la refanfinfla hasta la derecha neocon de tufillo proyanqui, pasando por la derecha democristiana más pinturera.

Algunos detractores se envolvieron en la bandera, en un ejercicio de patrioterismo ful; otros tacharon la política de ´laicista´; los hubo que adujeron, en su frenético delirio liberal, que, siendo el difunto de credo católico, había que respetar su «órbita de libertad», sin que nadie entrara a decir cómo tenía que ser la misa; y, en fin, no faltaron quienes sostuvieron que el himno había sonado por ´tradición´ (curiosa tradición, que consiste en envolver con música el vacío), como ocurre en las romerías de pueblo, y que esta ´tradición´ había que respetarla. Reacciones, en fin, penosísimas, donde se demuestra que los presuntos paladines del catolicismo en los medios de adoctrinamiento de masas tienen mucho menos conciencia de las cuestiones religiosas que la ´laicista´ Rosa Díez.

Leyendo y escuchando las paparruchas de estos presuntos paladines recordé un pasaje del gran Leonardo Castellani, en el que glosa cierto pasaje de un libro de Havellock Ellis, El alma de España, en donde el autor celebra farisaicamente una misa cantada, considerándola un egregio espectáculo operístico, una creación artística y cultural de primer orden, una ´tradición´ que debe conservarse... podada, naturalmente, de «la pequeña superstición que tiene dentro ahora».

Resulta, en verdad, muy pero que muy llamativo que todos los detractores de Rosa Díez olvidasen en sus diatribas mencionar el hecho sustancial que, según la fe católica, ocurre durante la consagración; y que, a la hora de justificar que sonase el himno, escamoteasen tal hecho, aduciendo que se trataba de una vacua ´tradición´, de una soplapollesca ´órbita de libertad´ y no sé cuántas majaderías más; prueba inequívoca de que no creen ni por el forro que allí esté ocurriendo nada digno de adoración. Ignoro si Díez cree o no, pero al menos sabe lo que, según la fe católica, está ocurriendo; y sabe también lo que significa que en un funeral de Estado suene en ese momento el himno nacional: significa que la nación española se pone de hinojos, en señal de adoración, ante Cristo real y verdaderamente presente en las especies eucarísticas. Cosa que en un Estado católico sería completamente apropiada; y en un Estado aconfesional que así se proclama el nuestro en la ´Constitución de la concordia´ unánimemente aplaudida por todos los que denostaron a Rosa Díez «completamente inapropiada», como afirmó la política.

Rasgarse las vestiduras por palabras como las de Rosa Díez es un signo de fariseísmo de la peor estofa; y un ejemplo más de lo que es poner tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias. Porque el Estado aconfesional que todos los detractores de Díez consideran un invento fetén puede reconocer derecho a subsistir y propagar su doctrina a toda confesión religiosa (¡siempre que no choque con el ideal democrático, oiga!), incluso puede llegar a subvencionar sus prácticas (¡sobre todo si tienen valor artístico y cultural!); pero en modo alguno se le puede reclamar al Estado aconfesional que muestre adhesión a ninguna religión, ni mucho menos que se ponga de rodillas reconociendo la presencia real de Cristo en la eucaristía, que es lo que significa tocar el himno nacional en la consagración durante un funeral de Estado; porque lo propio del Estado aconfesional es la neutralidad religiosa o, si se prefiere, el pluralismo religioso igualitario, donde todas las religiones valen lo mismo (o sea, nada, salvo en lo que sirvan para realzar el patrimonio histórico). Y, por supuesto, es propio del Estado aconfesional fomentar y garantizar la libertad religiosa, incompatible (¡faltaría más!) con poner de rodillas a toda la nación durante la consagración del pan y del vino.

Rosa Díez, en fin, fue consecuente con las ideas que profesa, amén de consciente de lo que la consagración significa; sus detractores, por el contrario, demostraron ser fariseos que, a la vez que defienden como fieras la libertad religiosa y el Estado aconfesional, pretenden absurdamente que el himno nacional suene durante la consagración de un funeral de Estado, prueba inequívoca de que no creen en lo que allí se adora. Lo más paradójico (y asquerosín) es que tales fariseos se aprovechan de la fe de los sencillos para enardecerlos, hacer clientela y llenar las arcas de sus chiringuitos.

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