Podemos preguntarnos ¿qué nos dice sobre la familia la doctrina social de la Iglesia?, doctrina social que encontramos fundamentalmente en el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, realizado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. Allí se nos dice que “la familia es considerada, en el designios del Creador, como el lugar primario de la humanización de la persona y de la sociedad y cuna de la vida y del amor” (Exhortación Apostólica de Juan Pablo II, “Christifideles laici”, nº 40). También se nos recuerda que Jesús nació y vivió en una familia concreta aceptando todas sus características propias y elevó la institución matrimonial constituyéndola como sacramento de la nueva alianza (cf. Mt 19,3-9). Por ello, iluminada por la luz del mensaje bíblico, la Iglesia considera a la familia como la primera sociedad natural y la sitúa en el centro de la vida social, como célula primera y vital de la sociedad, habiendo sido instituida por Dios como fundamento de la vida de las personas y prototipo de toda organización social.

Es en el seno de una familia donde el hombre debiera nacer y crecer, rodeado de un clima de afecto en el que recibe las primeras nociones sobre lo que son la verdad y el bien, donde es amado y aprende a amar, siendo la familia no sólo la primera sociedad humana, sino también un gran bien para la sociedad. En ella la persona es siempre el centro de la atención en cuanto fin y nunca en cuanto medio. En su seno además se inculcan a los niños los valores morales y el patrimonio espiritual y cultural de las generaciones anteriores, por lo que la familia no está en función de la sociedad y del Estado, sino que son éstos los que están en función de la familia, auxiliándola y asegurándole las ayudas que necesita para asumir de forma adecuada todas sus responsabilidades.

La familia tiene su fundamento en la libre voluntad de los cónyuges de unirse en matrimonio, respetando el significado y los valores propios de esta institución, que no dependen del hombre, sino de Dios mismo, su verdadero autor, y por ello ninguna autoridad humana puede abolir el derecho natural al matrimonio ni modificar sus características ni finalidad. Se funda sobre el amor conyugal que, en cuanto don total y exclusivo, de persona a persona, comporta un compromiso definitivo expresado con el consentimiento recíproco, irrevocable y público. El ser humano ha sido creado para amar y no puede vivir sin amor. Por ello el matrimonio tiene características propias, originarias y permanentes, como la entrega total mutua fiel y definitiva, la unidad que les hace una sola carne (Gén 2,24), la indisolubilidad, así como la fecundidad, hacia la que el matrimonio debe estar abierto, pues está ordenado a la procreación y educación de los hijos, aunque no ha sido instituido únicamente para esto. Además el matrimonio ha sido elevado por Cristo a la categoría de sacramento de la Nueva Alianza, es decir signo e instrumento de la gracia y por tanto uno de los lugares privilegiados de encuentro entre Dios y las personas humanas, comprometiendo a los esposos y padres cristianos a vivir su vocación de laicos, siendo además el camino normal de santidad para la mayor parte de los fieles cristianos. Gracias al amor que se da en él, cada persona, hombre y mujer, es reconocida, aceptada y respetada en su dignidad, siendo por ello la primera e insustituible escuela de socialidad.
Sobre el significado de la sexualidad, la Iglesia no se cansa de decirnos: “Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2333). Es el derecho positivo el que debe adecuarse a la ley natural, y no pretender lo contrario, pues el haber olvidado esto es el motivo de tantos problemas y desastres en nuestra sociedad actual.

El alejamiento de la Ley Natural lleva a aberraciones y estupideces como la ideología de género, y en consecuencia al desastre existencial. Mientras la gracia perfecciona la naturaleza, pero no la inventa ni la destruye, el alejamiento de Dios y de los principios y valores morales, sí nos destruye como personas.

Pedro Trevijano