Recojo estos últimos días noticias alarmantes contra la familia procedentes de puntos distintos y hasta muy distantes del mundo, como si estuviéramos ante una ofensiva general de alcance universal, instigada por sus enemigos. Ofensiva que entiendo complementaria o prolongación de la que se está llevando a cabo contra la fe y la Iglesia.

En primer término tenemos el deplorable Informe Lunacek del que se ha dado abundante información aquí, en Religión en Libertad, aprobado hace pocos días en el Parlamento Europeo por amplísima mayoría, en la que han entrado todos los grupos y grupúsculos de izquierda y no pocos parlamentarios de centro y derecha.

Ese apoyo tan amplio a una resolución presentada por una conocida activista austriaca anti familia, revela el grado de contaminación degradante que padece la clase política de esta vieja y decrépita Europa, contagiados, por lo visto, del síndrome de Sodoma y Gomorra.

Sé que el informe no es vinculante, pero da igual. Ya se encargarán sus promotores y partidarios de convertirlo en coactivo, en agobiante hasta imponerlo en todo el ámbito europeo, como en parte ya es legal en España.

Veo por otro lado en el “Cooperador Paulino” (revista trimestral de la Familia Paulina correspondiente al prime trimestre de 2014) la carta de una lectora también austriaca, en la que dice: “He leído con interés el artículo sobre la Ideología de Género [...] Nosotros, en un país con dirigismo estatal, ya estamos viviendo desde hace tiempo varios de los puntos de la agenda política: Manipulación de la escuela, aborto financiado por los poderes públicos, extensión de la llamada educación sexual, persecución más o menos solapada. Entonces estar alerta no basta. Sabemos donde está el enemigo, pero nos tienen acorralados. De no colaborar con esta ideología, tampoco podemos escapar: antes de ayer tuvimos votaciones para la elección de los representantes en el Parlamento; todos los partidos políticos incluyen en sus programas estos postulados. [...] En las clases de Religión reciben una “instrucción” deformada: ir a Misa sólo cuando “se sienta” o cuando el sacerdote sea “simpático”, el (sacramento) matrimonio pasó de moda, el pecado ya no es pecado sino un recurso para asustar a la gente, es justo (y necesario) que los sacerdotes tengan mujeres, etc.”

Leo también en la revista semanal “Vida Nueva” (nº 2.880, fecha 1-7/2/2014) una entrevista al arzobispo de San José de Costa Rica, José Rafael Quirós, en una de cuyas respuestas, dice: “Hemos percibido un crecimiento significativo de una laicidad intolerante, particularmente contra la Iglesia. Ya se imitan manifestaciones callejeras ofensivas contra la fe, al estilo de otras sociedades de tradición laicista. Algunos medios de comunicación han tomado como bandera impulsar comportamientos contrarios a los principios morales de la Iglesia, como las uniones de las personas del mismo sexo, el recurso al aborto como derecho en casos específicos... y la intolerancia contra la jerarquía eclesiástica para que no se manifieste sobre estos u otros temas... Se pretende una educación laica en la que desaparezca toda referencia a la moral cristiana. Es fundamental el respeto al derecho a la vida, a la libertad religiosa, a la defensa del medio ambiente, entre otros”.

Estas tres referencias bien recientes de tres lugares distintos y, como he dicho al principio, hasta distantes, vendrían a confirmar la sospecha de que estamos sufriendo una ofensiva mundial contra la familia, el matrimonio natural y estable, la correcta educación de niños y jóvenes, la fe y la Iglesia, impulsada en todas partes por los mismos.

A los “homos” pienso que en el fondo les da igual que eleven a la categoría de matrimonio sus emparejamientos, que por su misma naturaleza son frágiles y con frecuencia perecederos. Pero al lograr que legalmente se les considere matrimonios, equiparándose formalmente al matrimonio verdadero, consiguen adulterar y degradar la institución familiar, muro de contención –acaso el único efectivo- de la dictadura “gay” que pretende imponer a todo el mundo.

Yo no sé hasta donde vamos a llegar, pero la deriva que están tomando las cosas no puede ser más preocupante, ante la indiferencia (“tanmesinfot” dicen en Valencia) o complacencia de la inmensa mayoría de los políticos de este o el otro color, la pasividad de la jerarquía eclesiástica –salvo honrosísimas excepciones- y la despreocupación del clero en general.

No sugiero que se organice una cruzada contra “las fuerzas del mal”, pero no pueden permanecer como si el maremoto invasor no fuera con ellos, ni afectara a la feligresía que están llamados a pastorear.

¿Acaso no ven que los jóvenes se han alejado en su inmensa mayoría de la Iglesia? ¿No advierten que estos jóvenes desprecian el matrimonio canónico? ¿No observan que los templos están cada vez más vacíos y quienes los pisan son cada día más viejos?

Yo, dada mi edad, no veré el desastre ético y religioso que temo y que ya tenemos a la vista, pero lloro por mis nietos, por el mundo descompuesto que les estamos dejando en herencia, por el medio ambiente moralmente nocivo que se propaga como las grandes pestes de la Edad Media.

Si los Benigno Blanco, Gádor Joya y compañía, abanderados de la familia y el derecho a la vida, además de su compromiso cristiano, no consiguen suscitar con su heroica batalla, la regeneración y el rearme moral que necesita esta sociedad desmadrada, ciertamente, no sé cómo vamos a terminar.