Llegamos a la semana central del año litúrgico católico, la Semana Santa. El centro de nuestra fe cristiana es una persona, Jesucristo, Dios verdadero y hombre verdadero. Y el núcleo de su recorrido histórico en la tierra es su muerte en cruz y su gloriosa resurrección. El próximo 21 de abril es el día más solemne del año, la Pascua de Resurrección, precedida por el Triduo pascual.

El Domingo de Ramos, este domingo, celebramos el comienzo de la Semana Santa. Jesús llega a Jerusalén y hace su entrada triunfal a lomos de una borriquita, no de un caballo potente, como solían hacer los vencedores. Jesús nos enseña así que su reino no es de este mundo ni como los de este mundo, sino que su reino es un reinado de amor, que nos conquista por el camino de la humildad y del servicio. Los niños captaron el momento y salieron a su encuentro aclamándolo con cantos mesiánicos: “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor”.

El Martes Santo día 16 celebramos la Misa Crismal. Cercanos a la Pascua, recogemos los frutos de la redención que nos vienen por los sacramentos y consagramos el santo crisma con el que serán ungidos los bautizados, los confirmados y los ordenados. Se bendicen además los santos óleos para otros sacramentos. Se trata de una preciosa celebración de la Esposa de Cristo, la santa Iglesia, que es ungida y adornada por su Esposo con los dones del Espíritu Santo. Estamos invitados todos a participar en ella. Durante la misma, los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales de permanecer fieles a Cristo Sacerdote para el servicio del pueblo santo de Dios. A lo largo de estos días en todas las parroquias hay celebraciones del sacramento de la Penitencia, que nos prepare el alma para las fiestas que se acercan.

El Jueves Santo celebramos la Cena del Señor, en la que Jesús tuvo aquel gesto profético del Lavatorio de los pies y nos dio su Cuerpo y Sangre. Todo un resumen de la vida cristiana, la entrega en el servicio y el don de su amor en la Eucaristía. Por este sacramento, se perpetúa la presencia viva y real de Jesús entre nosotros, hecho sacrificio y comunión. ¡Qué regalo más grande! Adorémosle.

El Viernes Santo lo llena plenamente la Cruz del Señor. El patíbulo de la Cruz en la que Cristo ha sido ejecutado con la pena capital se ha convertido en el símbolo cristiano. La cruz es el lugar y la forma como Cristo ha muerto, dando la vida por amor. Nos invita a seguirle, tomando cada uno su propia cruz y ayudando a los demás a llevar la suya. La Cruz de Cristo ilumina todo sufrimiento humano y lo hace llevadero.

El Sábado Santo es día de silencio con María junto al sepulcro de Cristo cadáver, en la espera de la resurrección. Es el día de la espera incluso para los que no tienen ninguna esperanza, porque la espera se centra en Jesucristo que resucitará del sepulcro y nos resucitará a todos con él. Cuando ha caído el día, la Iglesia se reúne para la principal de las vigilias, la Vigilia pascual con aleluya inacabable por la victoria de Cristo sobre la muerte. Esa es una noche santa que recuerda las maravillas de Dios en todas las noches de las historia.

El Domingo de Pascua es todo alegría y fiesta. Ha resucitado el Señor, es decir, ha vencido la muerte en Él y para nosotros. Ningún personaje de la historia ha vencido la muerte, todos continúan en el sepulcro. Cristo ha salido victorioso del sepulcro y ya no muere más. Este el horizonte más amplio que puede tener una mente humana, la muerte no es la última palabra. La última palabra es la vida sin final, la vida eterna, en la que Jesús nos introduce por su resurrección.

Nos acercamos a la Semana Santa, que en nuestros pueblos y ciudades tiene una grandiosa expresión en la piedad popular con las procesiones, estaciones de penitencia, desfiles, viacrucis, etc. Entremos de lleno, de corazón, en la Semana Santa y acojamos el don del amor hecho carne en su Hijo muerto y resucitado.

Publicado en Diócesis de Córdoba.