Un día sí y otro también, nos llegan noticias trágicas de ataque islamistas a cristianos de esta o la otra confesión, a sus templos, a sus instituciones y obras sociales, en los lugares más dispares del planeta. Qué les sucede a ciertos seguidores de Mahoma, ¿se han vuelto locos?, ¿les han mordido perros rabiosos? No es eso exactamente, aunque un poco sí, porque en muchas mezquitas y escuelas coránicas predican el odio y la guerra santa a los infieles, que encabezan sobre todo, judíos y seguidores de Cristo, fanatizando a gente de pocas luces y ninguna cultura fuera de su propio mundo.

El Islam se siente agredido por Occidente, por los “cruzados”. Episodios recientes vendrían a darles alguna razón. EE.UU., la gran potencia mundial de nuestra era, erigidos en gendarmes del mundo, son, a los ojos de los radicales islamistas, la representación de Occidente, la encarnación del mal, que se dedica a atacar a los países musulmanes. Ejemplos: Irak, donde un sátrapa laico de filiación suní, atacó primero al Irán chií, encendiendo la guerra entre ambos, y luego invadió y ocupó a su vecino y diminuto Kuwait, suní como el invasor. Los americanos intervinieron para derrocar al agresor. Posteriormente en Afganistán trataron de combatir la tiranía de los talibanes. Pero en ninguno de estos casos USA y sus aliados lucharon contra la religión islámica ni pretendieron destruir su fe religiosa, sino alguna de sus prácticas más bárbaras, en un intento ingenuo de extender la libertad y la democracia.

El gran problema del Islam radica en su misma doctrina, que le impide caminar y avanzar al compás del resto del mundo, quedándose siempre atrasado, muy atrasado, y yendo a remolque del impulso que marcan otros, precisamente los “infieles”. El Islam es un religión medieval, con unos preceptos que ya en el Medioevo eran arcaicos, tal vez adecuados a los hábitos tradicionales de las tribus del desierto, pero muy inferiores a la racionalidad y espíritu fraterno del cristianismo. Su misma alusión constante –quizás con intenciones peyorativas o maniqueas- a los “cruzados”, unas luchas de finales del siglo XI a finales del XIII, de las que en Occidente solo queda un recuerdo arqueológico, indica que algunos sectores islámicos no han salido de la Edad Media. Y la Edad Media está totalmente fuera de tiempo. Naturalmente, eso les produce una gran frustración, que pretenden superarla combatiendo a sangre fuego a los que les aventajan en todo o en casi todo.

Los musulmanes, especialmente los más radicales, tratan de impedir por todos los medios, incluida la violencia más brutal, que los usos y costumbres occidentales los avasallen, pero eso es inevitable, porque no se pueden poner puertas al campo, y mucho menos al campo electrónico-informático, la gran revolución universal que estamos viviendo, acaso el mayor cambio de toda la historia de la humanidad. Ya lo predijo el gran historiador inglés, del que me confieso deudor, Arnold J. Toynbee, en su monumental “Estudio de la Historia”, que en el choque de dos civilizaciones, la dominante (en nuestro caso la occidental) acaba configurando o condicionando a la inferior (ahora la musulmana). La civilización islámica empezará adoptando, como ya lo hace, la “caja de herramientas” de Occidente, en la creencia que las herramientas son inocuas, pero estas herramientas son producto de un humus conceptual y cultural que, quiérase o no, “contamina” a quienes hacen uso de los instrumentos de que se sirven.

El paradigma del mundo desarrollado y su inmensa tecnología, principal fruto de la civilización occidental, es, con sus luces y sus sombras, que de todo tiene, la libertad, no siempre ejercida con sentido responsable, pero, a fin de cuentas, punto de partida de todo cuanto ahora tenemos en todos los segmentos. ¿Está dispuesto el Islam, todo el mundo islámico, a compartir el espíritu “libertario” de Occidente? ¿Está dispuesto a consentir y practicar la libertad religiosa allí donde los musulmanes dominan? No lo creo.

El “aggiornamento” del Islam, si algún día quizás remoto se produce y no perece en el intento, vendrá de la mano de la emancipación, mayor o menor y no sin traumas, de la mujer, que pretenderá alcanzar, como es de justicia, una cierta equiparación con el varón. Pero entre tanto, seguirán causando daño, mucho daño, tanto más cuanto mayor sea su intransigencia y fanatismo. Eso seguramente no está escrito en el Corán, pero sí en la lógica de la evolución de los tiempos. Y eso no hay quien lo enmiende ni lo pare.