Los primeros seguidores de Jesucristo tenían muy claro el cambio vital que suponía ser y llamarse cristiano. Por un lado, su existencia tenía una clara orientación vocacional hacia la meta y, por otro, carecían de un depósito de experiencias. Su mirada y sus conocimientos eran más sapienciales que teologales y legislativos, es decir más carismáticos que organizativos. Es cierto que tuvieron que recorrer todo un camino nuevo e ir rectificando con las novedades o variaciones que terminaban en errores. Su práctica diaria no estaba enfocada a una mejora de la organización sino a una comunicación directa de la Buena Nueva a sus vecinos o próximos.

Ya en los primeros años hay testimonios de la alta estima que los paganos tenían por las mujeres cristianas. Estas eran fieles a sus principios, que vivían en todas las circunstancias, y sabían cuidar de la familia. Este cuidado del otro no era conocido por ninguna civilización ni filosofía del momento. Este nuevo concepto de familia atrajo a muchos paganos al cristianismo. También era frecuente la conversión del cónyuge al cristianismo. Sin embargo, en el matrimonio judío eran más escasos los matrimonios mixtos. El matrimonio católico gozó de una gran estabilidad durante muchos siglos y era respetado como un gran bien para la sociedad.

Es en el siglo XX cuando se produce un cambio de signo en su estabilidad y especialmente cuando termina el Concilio Vaticano II, al promulgar Pablo VI la encíclica Humanae Vitae, cuando afloran con fuerza algunas corrientes contra la vida. La moral sexual, especialmente la femenina, se resquebraja con la aparición de la contracepción como exponente de una “liberación”. Recuerdo cuando escuché a San Josemaría decir que, “corrompida la mujer, corrompida la familia y corrompida la sociedad”. Y esta ha sido la secuencia.

El Vaticano II trajo la medicina que necesitaba la humanidad para su mejora en la virtud; no sólo para superar esos años, sino como inicio de una nueva etapa a completar. No aportó ninguna nueva disposición dogmática sino una nueva mirada de Dios a la humanidad: la llamada a la santidad para todas las personas. Una gran novedad, especialmente para los matrimonios.

Habían pasado muchos siglos y también se habían “cosificado” algunas instituciones. Por aquellos años 60 se había magnificado el sacerdocio y la vida consagrada como caminos de santificación superiores a los matrimonios. De hecho, son muy pocos los matrimonios elevados a los altares y sí son muchos los de religiosos o clérigos. Incluso en algunos casos de matrimonios, después de enviudar, el superviviente entraba en algún convento o seminario.

Este estado de cosas llevó a legislar con mucho detalle los deberes de los esposos, de tal forma que, pasados varios siglos, se había ido legislando y añadiendo detalles sobre el matrimonio y los hijos.

Es a finales del siglo XX cuando, en menos de cincuenta años, asistimos al paso de una sociedad mayoritariamente casada en la Iglesia católica a una sociedad decreciente en familias casadas y minoritaria en matrimonios católicos.

Como ocurre a menudo, no suele ser una sola la causa que desencadena un cambio tan brusco como este, sino un conjunto de causas, no siendo en este caso la menor, la acción directa del diablo, como dijo San Pablo VI, ni tampoco la decadencia de la filosofía en ese período. Es en el idealismo alemán, con Hegel como principal exponente, donde se desarrolla una estructura filosófica que dará como frutos un pensamiento dominante lleno de relativismo, laicismo y nihilismo.

Por eso y como reacción a todos los dolores y males que trajo el siglo XX, aparecen los filósofos personalistas, dos de los cuales fueron Papas: San Juan Pablo II y Benedicto XVI.

San Juan Pablo II dio un gran paso en la conceptualización del matrimonio, añadiéndole la “teología del cuerpo” como parte integral del matrimonio y rompiendo con ello una tradición de siglos de dualismo maniqueo.

Benedicto XVI concibe el matrimonio bajo la óptica de la relación: “La cuestión de la correcta relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo a partir de ella puede encontrar su respuesta”. Y continúa más adelante explicando que en lo más profundo de la esencia humana “la libertad del 'sí' es libertad capaz de asumir algo definitivo…. La auténtica expresión de la libertad es la capacidad de optar por un don definitivo, en el que la libertad, dándose, se vuelve a encontrar plenamente a sí misma” (Discurso en la ceremonia de apertura de la asamblea eclesial de la diócesis de Roma, 6 de junio de 2005).

No es casualidad que tras un Concilio que cambia la percepción de la santidad, “abriendo los caminos divinos de la tierra”, como expresó frecuentemente San Josemaría, aparezcan dos gigantes de la filosofía y de la teología que cambian la percepción multisecular del matrimonio. Es un don divino para que una humanidad desnortada, que ha cegado las fuentes de la vida, acepte el mensaje de la verdadera liberación.

Para superar la crisis actual del matrimonio el camino a seguir ha de tener en cuenta los dos aspectos anteriores: profundizar en las relaciones personales y en la libertad personal como constituyentes básicos del mismo.

A este respecto, Leonardo Polo nos brinda un concepto muy elaborado y atractivo de persona, desde el que propone tres trascendentales personales: la libertad personal, el conocimiento personal y el amar personal, que son los que elevan a la persona a lo más alto como criaturas creadas a Su imagen y semejanza. Este mensaje de Polo sirve para todos, por ser un camino de la sola inteligencia, refrendado por la fe.

Desvelar la maravillosa capacidad, que sólo el hombre tiene, de cooperar directamente con Dios en la creación de una nueva persona, es la misión que nos corresponde a nosotros como cristianos del siglo XXI. Ayudar a levantarse a todos aquellos que, con una visión deformada por el pecado original y el racionalismo excluyente, desprecian el mayor don que el Creador nos ha dado y anteponen el diosecillo del placer y la comodidad, al banquete que nuestro Padre Dios nos tiene preparado desde siempre y para siempre a cada uno.