No somos unos indignados. Lo que nos anima es un sentimiento más primitivo, más positivo, más acogedor - se trata de esa pasión que Descartes considera la primera y más fundamental de todas: la admiración. Es la primera porque se experimenta frente a las cosas que nos preceden, que nos sorprenden, que no hemos planificado nosotros: los lirios del campo, las aves del cielo, los rostros, todas las primaveras… Antes de encontrar satisfacción con la obra de nuestras manos y la victoria de nuestros principios, admiramos este tema natural. Ésta es la coloración afectiva que intentamos hacer entrar en nuestra acciones. Éstas no están motivadas por un estado de ánimo triste o por reivindicaciones; no están embebidas de amargura; no querrían ser otra cosa que acción de gracias. Porque a partir de esta admiración primigenia, ellas deben florecer con gratitud hacia la vida recibida, hacia nuestro origen terrestre y carnal: el hecho de que no nos hemos hecho solos, sino que hemos nacido de un hombre y de una mujer según un orden que se les escapaba a ellos mismos.

Lejos de ser espiritualistas o moralizadores, reconocemos lo que Nietzsche llamaba «la gran razón del cuerpo» y, también, «el espíritu que opera bajo nuestras cinturas». Sí, nosotros estamos maravillados por la ordenación reciproca de los sexos, por el genio de la genialidad. Ciertamente, esta asombrosa organización es como la nariz en medio de nuestro rostro: tendemos a no verla. Nos enorgullecemos de haber construido una antorcha y nos olvidamos del esplendor del sol; idolatramos la magia de nuestras máquinas y despreciamos la maravilla de nuestra carne. Esta maravilla la escondemos bajo las palabras «biológico», «determinismo», «animalidad», y asumimos un aire de superioridad, alabando las libres proezas de nuestra fábrica. Sin embargo, ¿existe algo más asombroso que esta unión de los seres más diferentes, el hombre y la mujer? ¿Existe algo más sorprendente que su abrazo, encerrado en su propio goce, y que sin embargo se desgarra, según la naturaleza, para permitir la llegada de otro, de otra diferencia: la futura pequeña peste, el que ya molesta, aquel a quien llamamos «el niño»? Jules Supervielle expresa con una precisión más que científica lo que la reducción “biologizante” nos esconde: «¿Y era necesario que un lujo de inocencia/ concluyese el furor de nuestros sentidos?».

Así, nuestras manifestaciones no son las de una corporación, sino las de nuestros cuerpos. No parten de un objetivo político o de partido, sino de un reconocimiento antropológico. No buscan conseguir el poder, sino dar testimonio cultural sobre un tema de la naturaleza, en un impulso de gratitud. En griego «naturaleza» se dice «physis», palabra que viene del verbo «phuein», que significa «aparecer» o, más concretamente, «manifestarse». La naturaleza no es primero una reserva de energías, ni una mina de materiales manipulables según nuestra voluntad, sino una manifestación de formas organizadas, a menudo espléndidas a nuestros ojos.

Es verdad, la naturaleza también está herida, es desordenada: existe el sufrimiento, la muerte, la injusticia. Pero estas ruinas nos horrorizan justamente porque hemos visto, en primer lugar, manar su generosidad: si no hubiésemos percibido la bondad de sus formas, no nos escandalizaríamos por lo que las deforma… Nuestras manifestaciones no tienen, por tanto, otro motivo que atestiguar el esplendor de esta manifestación primigenia. No se refieren a la relación de fuerzas. Se fundan sobre una exigencia de hospitalidad hacia esta presencia real, física, inicial (no cortar la rama sobre la cual estamos sentados, no hacer que eclosione la flor forzando el capullo). Debido a esto nuestras manifestaciones durarán mientras existan penes y vulvas y su ordenación recíproca, primero involuntaria, como también su fecundidad que pone en discusión nuestra avaricia.

Empero es exactamente esta exigencia de hospitalidad, esta relación de maravilla y de gratitud hacia nuestro origen, digamos también esta relación de debilidad, lo que resulta insoportable a quienes conciben todo en términos de relación de fuerza. Querrían que nosotros no fuésemos otra cosa que una facción. Preferirían que pusiéramos bombas. Esta violencia les resultaría menos violenta que nuestra manifestación elemental, la de la simple presencia física de un hombre y de una mujer, y de un niño del cual ellos son también el padre y la madre… Si sólo se tratase de nuestra opinión, si no fuese otra cosa que nuestra arrogancia, nos podrían hacer callar. Mas, ¿cómo hacer callar la presencia silenciosa del cuerpo sexuado?

Pedimos que, después del llamamiento a lo que somos en esencia: unos maravillados, se nos permita insistir sobre cinco consecuencias importantes, tanto para nosotros como para los otros. Porque no estamos al abrigo de la ingratitud, y a fuerza de no ser reconocidos en nuestro maravillarnos, la indignación puede acabar ofuscando este fundamental maravillarse, con el riesgo de caer tanto en el desaliento como en una violencia ilegítima.

1. Algunos nos acusan de ser unos «fascistas», procedimiento lingüístico muy reductivo, que permite designar un enemigo sin escucharlo, y que recuerda precisamente el modo de actuar del fascismo histórico. Otros nos tachan simplemente de ser unos «reaccionarios», como si el hecho de reaccionar fuese un mal en sí y no un signo de vitalidad, y como si la retórica del «progreso», tan útil al Terror (1) y al totalitarismo, no estuviera ya fracasada. Otro dirán que hacemos lo que hacemos porque somos «católicos», o «hebreos integristas», o «fundamentalistas musulmanes»…

Pero no, somos sólo franceses y, más simplemente, hombres y mujeres muy alejados de cualquier tipo de puritanismo o de cualquier fundamentalismo porque nos encantan las nalgas y no nos repele la admiración de la conjunción improbable de la «picha» y del «coño» y de la polichinela que surge de ambos. Nos podrían ubicar, con más precisión, entre los fautores de una ecología integral. Pero este género de clasificación es rechazado ante el temor de tener que reconocer las contradicciones de los numerosos movimientos ecologistas hodiernos, pero también porque no hay nada, en el fondo, que nos puedan reprochar, o el reproche sólo puede afectarnos si se ataca al tema representado por la carne. Si fuéramos fascistas se debería llegar a la conclusión de que la naturaleza misma es fascista y que es necesario eliminarla, lo que presenta un cierto número de inconvenientes.

2. Muchos no entienden por qué nos manifestamos contra una reforma del código civil que satisface los intereses de alguien sin dañar los nuestros (no se habla, sin embargo, de los intereses del niño). Efectivamente, he aquí algo que deja sin palabra a los utilitaristas de todas las opiniones: no nos manifestamos por el triunfo de nuestros intereses particulares. Sólo intentamos testimoniar lo que es anterior a todo interés, es decir, el don del nacimiento.

3. Es exactamente lo que consigue esconder el eslogan de la «igualdad» que nos sirven en todas las salsas, sin reflexionar sobre lo que este término significa, sobre las amenazas de nivelación, es decir, de «reducción», que siempre ha tenido. Hay una evidente y natural desigualdad entre la pareja formada por un hombre y una mujer y la de dos hombres o dos mujeres.

Para hacer que las condiciones sean iguales, es necesario recurrir al artificio, y pasar del nacimiento a la fabricación, del “born” al “made”… Detrás de la supuesta legalización jurídica hay, por tanto, una sumisión tecnocrática, y el proyecto de producir personas no como personas, sino como productos, basándose en nuestros caprichos, según la ley de la demanda y de la oferta, en conformidad con los deseos fomentados por la publicidad: «Un niño a la carta, vuestra pequeña cosa, el accesorio para vuestra autorrealización, el tercer compensatorio de vuestras frustraciones; en fin, por una módica suma, ¡el caniche humano!».

4. Por esto no somos «homófobos». Estamos maravillados por los gays verdaderamente alegres (2), unas «locas» sin jaula (3), por los sabios de la inversión. El amor a la diferencia sexual, tan fundamental, con el amor a la diferencia generacional (padres/hijos), nos enseña a acoger todas las diferencias secundarias. Si yo, hombre, amo las mujeres, tan ajenas a mi sexo, cómo no tendré simpatía, incluso amistad, por los homosexuales, que son para mí, en definitiva, mucho menos ajenos.

Por otra parte, siempre ha habido quienes no han tenido miedo de afirmar su diferencia, de asumir una cierta excentricidad, un trabajo al margen. Del mismo modo, nosotros creemos que lo que es verdaderamente «homófobo» es el pseudo «matrimonio gay». Estamos frente a un intento de aburguesamiento, de normalización de la "homofilia", de aniquilación de su descortesía bajo el código civil. ¡Qué bonito regalo este «matrimonio» que no es otra cosa que un arreglo patrimonial o un divorcio retrasado! Con tal de que los homosexuales entren en los rangos y sean esterilizados, sobre todo, en la fecundidad que les es propia.

Porque, ¿quién ignora su fecundidad artística, política, literaria, en la compasión? Los antiguos Griegos lo entendían así: libres de los deberes familiares, podían dedicarse más tiempo al servicio de la Polis. Sabían que sus amores tenían algo contra-natura, pero no por ello despreciaban la naturaleza (de aquí, muy a menudo, el amor por su madre – ver Proust o Barthes), y en ella encontraban recursos para el arte.

5. ¿Cómo podríamos, maravillados como estamos, lanzarnos a acciones violentas, denigratorias, excluyentes? De nuevo: nosotros no buscamos una victoria política. No estamos ni siquiera seguros que haya verdaderamente algo que salvar en este matrimonio privatizado, que no tiene nada de republicano desde hace un siglo. Y es por esto que, a pesar de la derrota legislativa (pero cuando vemos la trampa mediática y partidista en la cual se encuentran nuestros legisladores, nos preguntamos si de verdad debemos ocuparnos de esto), nosotros seguiremos manifestándonos: sin armas, sin odio, incluso sin eslóganes, pero con nuestra pequeña epifanía de criaturas de carne, hueso y espíritu.



(Artículo publicado en Printemps Français y en Tempi.)

NOTAS

(1) Terror: el autor lo escribe con mayúscula en el texto original, (« Terreur » - Periodo del Terror en la Revolución Francesa) (N.d.T.).

(2) En francés: “gays vraiment gais”. El autor juega con la palabra inglesa para ‘homosexual’ (“gay”) y la palabra francesa para ‘alegre’ (“gai”) (N.d.T.).

(3) Referencia a la película de Édouard Molinaro, “La cage aux folles” (La jaula de las locas) de 1978, adaptación de la obra de teatro de Jean Poiret de 1973, sobre dos homosexuales que viven juntos en Saint-Tropez e interpretados en la película por Ugo Tognazzi y Michel Serrault (N.d.T.).