"¡Sois un gran don y una riqueza en la Iglesia, esto es lo que sois! ¡Llevad siempre la fuerza del Evangelio! ¡No tengáis miedo, mantened siempre la alegría y la pasión por la comunión en la Iglesia!" Así se despedía el Papa Francisco de casi doscientos mil miembros de 120 movimientos, asociaciones y comunidades eclesiales llegados de los cinco continentes. La fiesta había durado casi treinta horas, desde que el Papa escuchara diversos testimonios y contestara a cuatro preguntas lanzadas en la vigilia de Pentecostés. Es difícil resumir este abrazo intenso que deshace tantas murmuraciones y traza un camino para el futuro.

Baste una anécdota chusca. Una televisión anunciaba a los pocos días de la elección de Francisco que el nuevo papa disolvería de un plumazo varias realidades eclesiales surgidas en la segunda mitad del siglo XX; y varios agudos comentaristas señalaban que el cambio de relación con los movimientos marcaría el nuevo pontificado. La verdad es que hubiera bastado rastrear la paternidad del cardenal Bergoglio con los nuevos carismas en Buenos Aires para despejar las brumas, pero siempre hay quien prefiere que la realidad no le estropee un buen titular.

En su homilía el Papa ha empezado hablando de la novedad, tantas veces incómoda, que el Espíritu Santo hace surgir en la Iglesia. "Nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos"... Y lanzaba esta pregunta nada retórica: "¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?". En realidad esta pregunta atraviesa la entera historia de la Iglesia. La dificultad se presentó con Francisco, con Ignacio, con Teresa, con Juan Bosco... por decir un pequeño ramillete. Y se ha presentado tras el Concilio con las nuevas formas de vivir la fe que han surgido. Sin embargo la anhelada renovación llega siempre de la mano de un acontecimiento imprevisto, de una novedad que al principio suscita reticencia e incomodidad. Ya decía Juan Pablo II que el Espíritu suscitaba nuevos carismas para mantener su diálogo con el hombre de cada época, para atravesar esas "estructuras caducas que ya no tienen capacidad de respuesta".

En un segundo momento Francisco ha querido afrontar la paradoja de la diversidad de carismas y la unidad de la Iglesia. No es asunto que se resuelva con una ecuación matemática. Con algo de ironía ha dicho el Papa que el Espíritu parece a veces el gran autor del desorden, con su desaforada producción de nuevos carismas... pero curiosamente Él es también el único que funda una verdadera unidad. "Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad". Y ha explicado que cuando somos nosotros los empeñados en crear variedad a nuestro gusto, provocamos el caos de Babel; y cuando nos empeñamos en conseguir la unidad según nuestra estrecha medida, imponemos la homologación. El único camino posible consiste en "caminar juntos en la Iglesia guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio". Eso es signo inequívoco de la acción del Espíritu Santo.

Un momento de especial intensidad tuvo lugar cuando en la vigilia el Papa habló sin papeles del testimonio y de la misión. En primer lugar por el modo en que describió la crisis actual: "lo que está en crisis es el hombre, lo que hoy puede ser destruido es el hombre, que es imagen de Dios". Y frente a esto Francisco lanzó un apasionado reclamo a salir del propio recinto, de la propia ciudadela, a no cerrarnos en la comodidad, ni en la soledad, ni en el sentimiento de impotencia, ni en la cálida sensación de estar a gusto entre los nuestros. "¡No os encerréis, por favor!... la Iglesia debe salir de sí misma hacia las periferias existenciales, donde quiera que se encuentren... Prefiero una Iglesia que sufra un accidente a una Iglesia enferma por encerrarse en sí misma... La fe es un encuentro con Jesús y nosotros debemos hacer lo mismo que Jesús, encontrar a los demás... Todos tienen algo en común con nosotros, que son imagen de Dios, son hijos de Dios. Andad al encuentro con todos, sin negociar nuestra pertenencia".

En esta apasionada invitación a la misión, Francisco explicó también qué significa para él "una Iglesia pobre y para los pobres": la pobreza para los cristianos no es una categoría sociológica, filosófica o cultural, sino una categoría teologal porque el Hijo de Dios se ha abajado, se ha hecho pobre para caminar con nosotros. El Papa nos ha pedido buscar y "tocar la carne de Cristo" en el abandonado, en el desesperado, en el hambriento, en el que no sabe qué es la vida y cómo puede ser vivida. Es una sacudida que cada comunidad debe acoger y sentir con toda su carga de corrección pero sobre todo de promesa.

Pero nada de esto puede lograrse apretando los puños ni diseñando sagaces estrategias de gabinete. Éste vértigo de caridad y misión sólo nace de dejarse guiar por el Espíritu en el corazón de la Iglesia, siguiendo a algunos que son tocados de un modo especial: "eso son los santos, los que lleva adelante la Iglesia. Para la evangelización, concluía Francisco, son necesarias las virtudes de la valentía y la paciencia, y ambas superan nuestras fuerzas. No es una larga cambiada decir que "el Espíritu Santo es el alma de la misión". Contemplando la Plaza de San Pedro llena de tal variedad de gentes, el Papa concluyó afirmando que "lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar". Y la gente sabía de qué les hablaba.

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