En un periódico de tirada nacional y francamente enemigo de la Iglesia (“El País” para no andar con rodeos) he leído una noticia en la que una mujer que ha abortado por malformación del feto ha declarado: “Prefiero llorar un mes que toda la vida”. Mi experiencia de sacerdote, me dice que la autora de ese crimen abominable (cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes nº 51), no sólo va a llorar el próximo mes, sino que es muy probable que vaya a llorar y lamentar toda su vida su acción. Mucho me temo que lo que podía haber sido un mes de disgusto sea ahora un disgusto para toda su vida.

Ante todo aclarémonos qué es un aborto. Éste consiste en realizar la muerte del óvulo fecundado, embrión o feto humano, dentro del seno materno. Como dice el cardenal Bergoglio, en su libro “Sobre el cielo y la tierra”: “El problema moral del aborto es de naturaleza prerreligiosa, porque en el momento de la concepción está ya el código genético de la persona. Ahí hay ya un ser humano. Separo el tema del aborto de cualquier concepción religiosa. Es un problema científico. No dejar que se siga avanzando en el desarrollo de un ser que ya tiene todo el código genético de un ser humano no es ético. El derecho a la vida es el primero de los derechos humanos. Abortar es matar a quien no puede defenderse”. Y es que hoy los avances de la Ciencia permiten a nuestros científicos afirmar, como hacen los firmantes del Manifiesto de Madrid de Marzo del 2009, cosas como ésta: “ Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación.

Los conocimientos más actuales así lo demuestran: la Genética señala que la fecundación es el momento en que se constituye la identidad genética singular; la Biología Celular explica que los seres pluricelulares se constituyen a partir de una única célula inicial, el cigoto, en cuyo núcleo se encuentra la información genética que se conserva en todas las células y es la que determina la diferenciación celular; la Embriología describe el desarrollo y revela cómo se desenvuelve sin solución de continuidad”.

Cuando una mujer está embarazada, nunca está sólo un poquito embarazada. O lo está, o no lo está. Además si se presenta ante el médico, no pregunta: “Doctor, ¿cómo va mi feto?”, sino “Doctor, ¿cómo va mi hijo o mi bebé?”. Desde el momento que se entera de su embarazo sabe que es madre y desde luego nunca le dirá posteriormente a su hijo la célebre estupidez: “Cuando estaba embarazada de un organismo (el feto es un ser vivo, pero no humano, ¿recuerdan?) del cual después viniste tú”, y como hay una diferencia esencial entre un ser humano y otro que no lo es, mientras no es un ser humano, no es él, entrando en el terreno de lo absurdo que el mismo ser vivo primero sea no humano y luego sea humano. A su vez ella desde el principio ya es madre de un ser humano.

Muchas de las que abortan se encuentran en una situación de desvalimiento y soledad, por lo que no sólo no son advertidas de sus posibles secuelas y repercusiones, sino por el contrario se ven psicológicamente condicionadas y presionadas hacia él. La mujer embarazada tiene una vida que cuidar y el matar a un ser humano absolutamente inocente que no puede defenderse y además es tu hijo, suele conllevar un sentimiento de culpa, porque hay acciones y conductas que son en sí malas, como ésta de abortar. Además la naturaleza no perdona. Si el simple aborto natural suele ocasionar una depresión en la madre, un acto tan antinatural y tan contra el instinto materno como el asesinar a tu hijo, lleva consigo consecuencias mucho más graves. Hace unos años un psiquiatra de Madrid me contó que había recibido una carta de una clínica de abortos en estos términos: “Sabemos que Vd. es un psiquiatra muy acreditado. Mándenos clientes, que ya les sacaremos el dinero aquí; pero como esa gente va a seguir necesitando atención psiquiátrica, ya se encargará Vd. allí de seguir sacándoles dinero”.
Además, con frecuencia, en el aborto su recuerdo con el paso del tiempo, se hace cada vez más vivo, aunque algunas intenten justificarse haciéndose sus decididas defensoras. Y es que el problema no es ser madre o no serlo, sino ser madre de un hijo vivo o de un hijo muerto.

Pero además el aborto tiene una connotación moral y religiosa, puesto que se trata ciertamente de una mala acción, de un pecado que la conciencia nos reprocha, y por ello el mejor medio para recuperar la paz interior es el arrepentimiento sincero. Como sacerdote puedo decir que muchos de los casos más dramáticos que me he encontrado son consecuencias de abortos. Cualquier sacerdote con algo de experiencia de confesionario, sabe que el problema de quien ha abortado no sólo empeora con el paso del tiempo, sino que estamos ante una gravísima tragedia que pronto o tarde les pasa factura, siendo en consecuencia muy importante la reconciliación sacramental con Dios, si bien en muchísimos casos no logran perdonarse a sí mismas.

La colaboración militante y activa con las Asociaciones Pro-Vida puede ser útil para no sólo recuperar su autoestima, sino que además pueden hacer un enorme bien ayudando a otras mujeres para que no incurran en su enorme error y evitar que otras mujeres pasen por la terrible y dramática experiencia que ellas vivieron.
Por todo ello, hay que insistir en que el aborto no supone el final del problema, sino, por el contrario, el inicio de un nuevo, duradero y gravísimo problema.

Pedro Trevijano