En los umbrales mismos de la Semana Santa ha sido elegido y ha iniciado su pontificado el Papa Francisco. Todo un signo.Todo ha sido providencial y cargado de signos en la sucesión de Benedicto XVI: se inició el Cónclave el día 12, aniversario de la canonización de Santa Teresa de Jesús, de San Ignacio de Loyola, de San Francisco Javier, de San Isidro Labrador y de San Felipe Neri: santos de la renovación interna de la Iglesia, de la reforma verdadera obra del Espíritu, santos de la humildad, de la oración como camino de perfección, de la contemplación de Jesucristo, evangelizadores en su tiempo y cuando se siguen sus enseñanzas, edificadores de la Iglesia que Jesucristo guía, incansables trabajadores del Evangelio, desde la sencillez y buscando, por encima de todo, la gloria de Dios, testigos de que sólo Dios basta; tres de ellos, reformadores de la vida consagrada conforme a lo que Dios quiere y los tiempos nuevos requerían... El Papa Francisco fue elegido un día 13, que evoca las apariciones de la Virgen de Fátima (Benedicto XVI anunció su renuncia el día de la conmemoración de la aparición de la Virgen Inmaculada en Lourdes, y este Papa, por añadidura, es profundamente mariano), y, además, no estaba entre los nombres que se señalaban como más firmes candidatos en los medios de comunicación social ni entraba en los cálculos humanos, ni de dentro ni de fuera.

Ha iniciado, además, su pontificado universal en la fiesta de San José, esposo de María y custodio de su Hijo, patrono y protector de la Iglesia universal; para colmo, el elegido por Dios ha querido llamarse Francisco, como el «Poverello», de Asís. Todo es obra de Dios, manifestación de su gracia, todo es señal de que Dios es quien lleva a su Iglesia, la vivifica y la ama hasta el extremo. Quien haya seguido el Cónclave, desde dentro y desde fuera, con apertura de corazón y, sobre todo, con los ojos de la fe que penetran más en el fondo de la realidad, habrán coincidido en que se trata de la elección de Dios. Bien podemos decir los hijos fieles de la Iglesia las palabras del salmo: «Dios ha estado grande con nosotros, y estamos alegres». Con la Santísima Virgen María proclamamos la grandeza del Señor y su infinita misericordia para con nosotros. Dios ha elegido para su Iglesia, la ha amado y la ha enriquecido dándole un nuevo Pastor, que, como Pedro, apaciente a sus ovejas, un Pastor conforme a su corazón, ese corazón que refleja el Corazón de Cristo –no olvido que es un jesuita, tan vinculado al Sagrado Corazón de Jesús–. Un hombre de Dios, sencillo y humilde, pobre y amigo de los pobres; un seguidor de Jesús, que le sigue como únicamente se le puede seguir, con la cruz, despojándose de todo, imitándole y reflejando ese rostro que Él nos ha dejado como retrato suyo en las Bienaventuranzas. Siervo fiel, servidor que no busca su gloria sino la de Dios y el bien a los que Dios, infinito en su misericordia, ama con amor de predilección y perdona sin cansarse jamás.

Elevamos nuestras preces de acción de gracias y de súplica por el Santo Padre, Francisco, y por su nuevo ministerio como Sucesor de Pedro, continuando las huellas de Benedicto XVI, de Juan Pablo II, de Juan Pablo I, de Pablo VI, de Juan XXIII,..., al servicio de la comunión eclesial, y para confirmamos en la fe, para impulsar la transmisión de la fe, la evangelización de los pobres, fortalecer las manos y los ánimos débiles y levantar a los caídos para que se pongan en camino, con verdadera esperanza, porque Dios, que es Amor y misericordia, está con nosotros. Él, con el signo de que los pobres son evangelizados, nos presidirá en la caridad a toda la Iglesia, y será la garantía de permanencia fiel de la Iglesia Católica y Apostólica en la verdad, revelada plena e irrevocablemente en Jesucristo, fundamento único y piedra angular de la Iglesia, de forma que en todas las iglesias se escuche la verdadera voz del único Pastor, Jesucristo.

La reacción del pueblo cristiano ha sido maravillosa: la que corresponde a una elección de Dios, a un «viento» del Espíritu, que ese pueblo fiel percibe y nota en seguida. Las gentes, los sencillos de corazón, han dicho: «El Papa es de los nuestros», y no se equivocan. Impresiona observar por doquier la respuesta de alegría y de esperanza del pueblo que mantiene la fe; ha sido colosal –signo de que Dios actúa–. Ha sido la respuesta de personas, hombres y mujeres, niños y jóvenes, adultos y ancianos, de toda condición y estado de vida que expresan el común sentir de fe del Pueblo de Dios, la unidad y la comunión en la misma fe y en el mismo amor. Han vibrado de gozo, de esperanza; su alegría ha sido muy grande. Sus aplausos, sus cantos, sus lágrimas emocionadas, sus plegarias han constituido como la ratificación de la elección, como reconociendo en ella la acción del Espíritu Santo, que es el verdadero elector, y de lo que el mismo Espíritu dice a la Iglesia: traer la buena noticia a los pobres, sanar los corazones afligidos, devolver la libertad a los que no la tienen o la han perdido, sanar a los enfermos, consolar a los tristes; en definitiva, los pobres son evangelizados. Todo esto es la limpieza de la mirada de fe. Ésta es la verdad.

El pueblo cristiano quiere al Papa, a éste, Francisco, a quienes le han precedido, Benedicto XVI, Juan Pablo II, Juan Pablo I, Pablo VI, Juan XXIII, Pío XII...., a todos los sucesores de San Pedro. Reconoce el ministerio imprescindible de Pedro. Al pueblo fiel le importa el Papa; le importa mucho, le importa su figura, su misión, porque le importa la Iglesia, porque entiende que es la garantía de la fe, la roca firme en la que descansa y se apoya la Iglesia. Intuye, además, y sabe que, permaneciendo unidos a Pedro, en comunión de fe con él y bajo él, será posible y verdadero el anuncio de Jesucristo, y los pobres –no hay mayor pobreza que no creer– creerán o permanecerán fielmente en esa fe recibida, y los pobres, los pecadores, los sencillos, seguirán recibiendo la buena noticia de que Dios les ama y no les retira su misericordia, no tiene límite. Y dando luz a todo esto y ayudándonos a interpretarlo en su justo sentido lo que celebramos la Semana Santa: el Misterio Pascual.

© La Razón