Con estas palabras, cardenal optimista, califican a uno de los posibles papables (es verdad que muchas de estas previsiones terminan en equivocación y sorpresa...). Se trata de uno de los cardenales más jóvenes, el filipino Luis Antonio Gokim Tagle, arzobispo de Manila. Sea o no papable, me gusta el calificativo y la actitud, el fondo humano que refleja, sustentado, ciertamente, en su fondo espiritual.

Leyendo algunas de sus características, da gusto encontrarse a un hombre así: Es joven, brillante, muy comunicativo, disponible, sencillo, particularmente atento a cada interlocutor, lleno de alegría y esperanza. Y eso necesita el hombre de todas las épocas, mucho más el hombre actual.

Nuestro sistema respiratorio necesita O – oxígeno. Nuestro corazón, motor de la vida, también necesita O – optimismo, y con la misma necesidad:: la materia prima para seguir funcionando, respirando, actuando.Y con frecuencia hay más optimismo entre los motores estropeados por el dolor, la enfermedad, la pobreza, que entre los motores que gozan de unas condiciones óptimas para su funcionamiento. Paradójico, pero nos lo enseña la experiencia, y la experiencia manda.

¿De dónde nace este aire de nuestro corazón? En el cardenal Tagle, por ejemplo, nace de su esperanza, su sueño de alimentar y difundir la esperanza que necesita y busca el mundo de hoy. Un sueño, sueño juvenil, que no ilusión utópica de algo que alguien algún día conseguirá. La juventud siempre bebe de estos sueños, los anhelos de conseguir algo grande, hermoso. Y ese sueño juvenil alimenta el esfuerzo, el trabajo, el coraje. No es casual que este cardenal sea uno de los más jóvenes que entren en el cónclave (con 56 años. 68 tenía el Card. Woytila cuando salió como Juan Pablo II).

Y ante la situación actual de la Iglesia, creo que tenemos muchas razones para ver con optimismo el futuro inmediato de la Iglesia (centrado en el nuevo Papa), y el futuro a medio plazo, bajo la guía de Dios a través de su Vicario en la tierra. Todos recordamos la conmoción ante la muerte de Juan Pablo II. Al Papa de los jóvenes, fuerte y vigoroso, le vimos envejecer año a año. Y aún así, seguía impresionando su carisma, su arrastre, su influencia, su grandeza. El mayor Papa del siglo XX, dijeron muchos, y quizás con toda la razón. Al morir este titán muchos, sobre todo los que sólo habían conocido este Papa en su vida, vieron con preocupación el futuro. ¿Quién puede estar a la altura de sustituir a Juan Pablo II el Grande? Incluso apreciando al recién nombrado cardenal Ratzinger, seguía apareciendo la nostalgia y la comparación entre ambos.

Después de casi ocho años, y echando una mirada retrospectiva, en justicia hay que reconocer que Benedicto XVI también ha sido un grande, un titán. Con otro carisma, otro estilo, pero ha sintonizado igualmente con toda la Iglesia y su delicada situación, con los jóvenes ansiosos de felicidad y de verdad; con el mundo de la cultura y el saber, defensor a ultranza de los avances del conocimiento (y consciente, aunque a veces no se reconozca tan abiertamente, de sus límites); con los cristianos de toda época, amantes de la tradición, la belleza, lo hermoso de la liturgia, de la celebración, de Dios. El que parecía que se quedaría a los tobillos de Juan Pablo II el Grande ha mostrado una grandeza semejante

Creo que con el nuevo Para sucederá lo mismo, y por eso hay motivos para el optimismo. El optimismo de la esperanza en Dios, en el Espíritu Santo, el verdadero guía de la Iglesia.

¿Será el próximo Papa? No lo sé. Pero sí es un gran hombre, un gran cristiano, un buen obispo y un mejor cardenal.