Hay una cuestión que afecta de una manera muy profunda a nuestra sociedad: la del aborto, la de si se debe o no cambiar la actual legislación sobre el aborto. Cuestión que se puede dejar de lado ante los temas acuciantes y graves de la economía u otros que están en juego en el momento presente sobre nuestra configuración. Sin minimizar para nada la crisis económica u otras cuestiones graves sobre nuestra configuración, no podemos olvidar esta cuestión importantísima del aborto. Por eso digo que sí, que es necesario; es urgente cambiar la legislación que regula actualmente la práctica del aborto en España.

Digan lo que digan otras voces, manifiesten lo que manifiesten por las calles o por otros medios, hagan lo que hagan en otros países sobre el mismo tema, la legislación actual es injusta y lesiona gravemente el derecho fundamental a la vida. El aborto no es un derecho; no hay ningún derecho a disponer de la vida de otro, nadie puede decidir sobre la vida o la muerte de otro, no hay ningún derecho a eliminar a un ser humano: porque a quien se elimina es a un ser humano. No se trata de un «coagulito», que podría ser parte del propio cuerpo; es un ser humano en gestación, en vías de crecimiento, un ser humano en sí mismo lo que se asesina en el seno de su madre: además, inocente e indefenso.

Hablemos, una vez más, con toda claridad, el aborto es la violación del derecho más fundamental y sacrosanto de los derechos humanos: el derecho a la vida, entrañado en lo más propio de la dignidad inviolable de todo ser humano, base de la convivencia entre los hombres, base de la sociedad. En el aborto se viola el «no matarás», absoluto, inscrito en la naturaleza humana y que pertenece a la «gramática común» del ser humano. Se trata de un crimen contra la persona y la sociedad, perpetrado, además, en seres humanos inocentes, débiles e indefensos; ¿puede haber algo más antisocial que ir contra el débil inocente al que no se le reconoce ni concede defensa? Legitimar la muerte de un inocente por medio del aborto mina y destruye, pues, el mismo fundamento de la sociedad. No se trata sólo de un asunto personal y privado. Se trata también de algo social, un tema que tiene que ver también con la ética y la razón social.

Todos hemos leído y escuchado voces que defienden insistentemente el aborto en caso de malformaciones del feto –que así está en la actual legislación– : ¡Qué horror! ¡Qué desprecio a estos seres humanos que tienen tanta dignidad, seguramente más, que cualquiera de nosotros sin ninguna de esas malformaciones o taras! ¿Serían capaces de asesinar a un niño o a un adulto con esas mismas u otras malformaciones o taras? Pues tan seres humanos son unos como otros, antes de nacer como después de su nacimiento. Pero es que el sólo pensarlo ya estremece y horroriza. ¡En qué sociedad nos encontramos! Es la misma que ha dado origen y lugar a esa situación crítica económica, tras la cual se esconde –porque ése ha sido su origen– la quiebra moral y humana, que sustenta también la mentalidad abortista; el mismo clima cultural produce la crisis económica que las legislaciones permisivas y mentalidades abortistas: el relativismo más total, el rechazo o la duda de la verdad, la negación del bien y del mal, la libertad omnímoda para hacer lo que se quiera, la insolidaridad, el desplazamiento y el desprecio de la persona humana, la negación de la razón y de la naturaleza, el olvido más absoluto del bien común.

Porque en el aborto está en juego el bien común: un bien común que pretendiese asentarse en la negación del bien de la persona –el primer bien es la vida–, de la dignidad inviolable sea quien sea y tenga la consideración social que tenga, no sería justamente bien común. ¿No está pasando algo de eso en la economía?¿No está metida también en la crisis económica la mentalidad de que es la decisión individual o colectiva lo que vale para triunfar o medrar en la sociedad, sin importar el bien común y solidario de cada uno de los que formamos la sociedad? Con todo lo que está cayendo, sobre todo en el campo económico, con todas sus consecuencias y con todo lo que ha dado, de manera determinante, origen a esta crisis, que, en estos momentos, se defienda el aborto es ahondar más en la crisis económica, en la quiebra moral que la ha hecho nacer y la alimenta.

Lo que necesitamos es un cambio de principios y criterios que rijan los comportamientos y criterios de actuación, tanto personales como colectivos, tanto individuales como institucionales; necesitamos criterios de razón, de verdad, de bien, de valores para enderezar este mundo, también en temas tan fundamentales y principalísimos como los referentes a la vida, donde se está jugando el futuro en este siglo XXI. Si no hay criterios verdaderos, de bien, de justicia en lo referente a la vida –lo básico y primero–, será muy difícil, imposible, que los haya en otros campos como el económico, el político, el social, el científico…

El aborto provocado es, en sí mismo, una acción gravemente inmoral que lesiona la dignidad humana más elemental. Es una hecatombe silenciosa que no puede dejar indiferente a nadie, tampoco a los responsables de la cosa pública, a quienes piensan en el porvenir de las naciones.

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