Sigue resonando en nuestros oídos los últimos y estremecedores descubrimientos bautizados como “caso Bretón”. Un padre de familia cordobés, José Bretón, que denuncia la desaparición de sus dos hijos pequeños, de dos y seis años. Andando el tiempo todo apunta a que él acabó con ellos, con su vida y con sus huesos casi en su totalidad, y acabó también con la vida de su mujer, a quien le quedan años de duro calvario. Un crimen horrendo, un padre que mata a sus niños. Una conducta que nadie entiende, y cuya mejor explicación es, ni más ni menos, que el mal existe. Simplemente el mal existe. ¿Y la justicia?

A otro nivel, y con un grado de complejidad mayor, acabamos de conocer que la Audiencia General ha otorgado la libertad condicional para el preso etarra Uribetxeberria Bolinaga. Verdugo implacable de Ortega Lara durante 532 largos días, carcelero y causante de una terrible angustia para él, su familia, sus amigos. El causante de tanto sufrimiento ahora pide compasión (petición hipócrita según muchas víctimas y ciudadanos), esa compasión que él ni tuvo ni parece que tiene. El mal existe, y parece que en estos últimos meses de vida (últimos, 12, 24, 40, quién sabe) va a estar mejor que muchos otros presos enfermos terminales. ¿Y la justicia?

Nos encontramos con el misterio del hombre, que puede llegar a hacer el mal hasta niveles insospechados, casi incomprensibles. ¡Qué lejos quedan estos ejemplos de las utopías del hombre bueno, el buen salvaje que siempre hace el bien, el buenista inocente. Cuando la Iglesia habla del pecado, de la personificación del mal en el ángel caído, de la existencia del demonio, no quiere implantar un régimen de terror y miedo al infierno, sino explicar, a la luz de la revelación, esa obvia y clara constatación: el mal existe, nos rodea, está presente en este mundo, y en distintos niveles, también en cada uno.

Después de esta evidencia, se suscitan varios interrogantes. Uno de ellos, quizás el más angustioso: ¿dónde está la justicia? ¿Qué castigo sería el justo para crímenes como éstos? ¿No tendríamos que volver a la ley del Talión, ojo por ojo y diente por diente, torturas y la justicia te tortura? Una parte de esta justicia se mueve en el campo legal: hay una ley, con mayor o menor nivel de justicia, que se debe aplicar. Determinadas personas (los jueces) deben “juzgar legalmente” ese acto. Viendo la amplitud y duración de los juicios no parece algo tan automático como meter un poco de agua de la piscina para medir el nivel de cloro y PH.

Pero creo que es más importante la justicia humana, moral, que va más allá de los dimes y diretes legales. Más allá de lo estrictamente legal está el campo de la moral, de la conciencia basada en la verdad, de la responsabilidad que tiene una persona de sus actos. A este nivel, por ejemplo, es discutible que se haga justicia otorgando el perdón y la libertad a una persona que no ha reconocido el tremendo mal que ha cometido a sus víctimas y prisioneros. ¿Piedad? ¿Misericordia? ¿Perdón? Sí, pero sobre la base de la verdad, de la satisfacción por los males cometidos. El edificio del ser humano se apoya en varios pies, y olvidar uno de ellos equivale a dejarle cojo.

Hemos llegado a otro de los grandes problemas ante el mal obrado y causado a tales niveles. ¿Se puede perdonar sin más, hacer borrón y cuenta nueva, olvidar el pecado pasado? Según algunos, parece ser la actitud que debería tomar el católico. Y tienen parte de razón: la persona que pide perdón debe ser perdonada, pero eso no implica la desaparición del daño cometido, y por el que es justo satisfacer. El perdón, la misericordia, no están reñidos con la justicia.

En el evangelio Jesucristo perdona a la adúltera, sobre la que pesaba, según la ley, pena de muerte. ¿Es justo? El relato tiene un contenido teológico importante, pero deja clara la base humana de la justicia: te doy el perdón que solicitas, no sabemos si con alguna penitencia al menos simbólica, y con el claro mandato: vete y no peques más. El ofendido en primera instancia, Dios, se toma la libertad de otorgar el perdón a quien lo solicita, dejando claro que la pecadora cometió un mal.

En ocasiones se discute si el mal es tan fuerte como el bien, si se trata de dos principios a la misma altura (como afirman filosofías orientales). El mal existe, pero no es; se trata de la ausencia de bien, igual que la oscuridad es ausencia de luz. Vemos el mal porque tenemos como referencia el bien, porque tendemos al bien, y ahí radica la esperanza ante cualquier mal que encontremos, por más espantoso que sea. El bien es mayor, el bien puede triunfar, el bien triunfará.