La Iglesia de Inglaterra no sabe con certeza qué es una mujer: “No hay una definición oficial, dado que incluso las más recientes definiciones de este tipo se consideraban evidentes por sí mismas, tal como las refleja la liturgia del matrimonio”, dijo el reverendo Robert Innes. Nuestra más reciente juez del Tribunal Supremo, Ketanji Brown Jackson, tampoco está segura de qué es una mujer: “No soy bióloga”, dijo. La gente normal, que sí sabe exactamente lo que es una mujer, teme decir lo que piensa. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué ha sucedido?

¿Se sorprenderá alguien si afirmo que las culpables somos las mujeres? Desde Eva en adelante, hemos gozado de una extraordinaria habilidad para crearnos problemas a nosotras mismas. Y los últimos cincuenta años han sido particularmente desastrosos; nuestros instintos colectivos han sido casi siempre más destructivos que creativos, más favorecedores de nuestra derrota que de nuestro empoderamiento.

El movimiento feminista más reciente ha puesto un supremo sacramento por encima de todo: el derecho al aborto. Pero ese feminismo -el del derecho al aborto y sus correlatos: la servidumbre del salario y la cultura del sexo sin compromiso- solo ha traído confusión, miseria y desesperación a todos los implicados. Encuesta tras encuesta, sondeo tras sondeo indican que las mujeres son hoy más infelices que nunca, al menos desde que se empezaron a hacer estos estudios. Y un número cada vez mayor de jóvenes y niñas deciden ahora que son, o quieren ser, hombres, sometiéndose a mutilaciones en la transición y llenando su cuerpo de hormonas que las harán infértiles para siempre.

Entretanto, lo que principalmente ha conseguido el aborto libre es liberar a los hombres de preocupaciones. Tienen sexo sin compromiso con cero responsabilidad. Tenemos mucho sexo sin interés alguno. La mayoría de las mujeres no disfrutan realmente del sexo sin vínculo emocional. Qué absurdo es tener que señalar esto: los hombres y las mujeres son física, emocional y psicológicamente diferentes. Más de dos milenios de literatura, arte y ciencia han explorado esas diferencias. Pero hoy se supone que debemos olvidarlo todo.

El feminismo que sitúa el derecho al aborto por encima de todo rechaza la raison d’être de la mujer -a saber, la procreación de la especie humana- y la sustituye… ¿por qué, exactamente? Aparentemente, es mejor ser esclava del mercado que esclava de tu hijo. Este tipo de feminismo ve a a la mujer simplemente como una versión inferior del hombre, como una persona lastrada por su útero. Sostiene que la mujer solo será libre si rechaza su capacidad de dar a luz. En un mundo justo, sostiene la lógica feminista, las mujeres no estarían más constreñidas por la biología que los hombres. Ambos, libres para ganar dinero para el Estado.

Pero el aborto no supone justicia para las mujeres, sino venganza sobre los no nacidos. Y, sorprendentemente, las mujeres parecen tan desesperadas por conseguir poder, que se harán con él como sea. Si es necesario, asesinando a sus propios hijos no nacidos, en cualquier momento, por cualquier razón. ¡Grita tu aborto! Felicidades, chicas: finalmente habéis encontrado alguien tan des-empoderado que no puede defenderse: vuestro propio hijo.

El movimiento #MeToo de los últimos años es, en parte, una reacción a la confusión sembrada por el feminismo del aborto-por-encima-de-todo. En cuanto consecuencia natural de una cultura de libertinaje sexual e irresponsabilidad, #MeToo pudo parecer un movimiento por la justicia, pero en la práctica se convirtió en una oportunidad para que las mujeres ajustasen viejas cuentas, se vengaran de antiguos novios y destrozasen vidas con impunidad. “Yo sí te creo, hermana” es un eslogan ridículo. Las mujeres mienten continuamente, como los hombres.

En la mayoría de los casos, #MeToo no es justicia, es venganza. Y en última instancia, el fracaso, tanto profesional como sentimental, dañará a las mujeres. Los hombres serán reacios a socializar con sus colegas femeninas, y la entrada en el “club de hombres” por la que en tiempos luchamos estará prohibida de nuevo.

Sentimentalmente, por supuesto, es un desastre. Solo los muy valientes o muy guapos se sentirán cómodos acercándose a una mujer. Cuando cualquier cita, cualquier galanteo o cualquier fracaso amoroso puede volverse en su contra hasta perseguir y arruinar la vida de un hombre, no dedicará tiempo ni esfuerzo para comprometerse en ninguna relación de ningún tipo. Y así parece que está sucediendo cada vez más. El matrimonio continúa decayendo y las tasas de natalidad se han hundido. Los jóvenes varones tienen ahora menos sexo que nunca con las mujeres. Parece que la mayoría han apostado por la pornografía on line… mucho más segura que una mujer real.

Aprisionadas por una jerga y unas reglas rígidas, paralizadas por una imaginaria fragilidad, las jóvenes de hoy deben encontrar la felicidad no en las relaciones, sino en una obsesiva actividad on line. ¿Puedo sugerir que galantear es mucho más agradable que tuitear? Es uno de los grandes placeres de la vida; pero ahora hemos producido una generación de jóvenes que consideran abusivos todos los cumplidos que no hayan solicitado.

En un mundo donde todo se interpreta desde la óptica del poder, el amor es imposible. Si escogen el poder en vez del amor, las mujeres estarán abocadas a la infelicidad. Un feminismo al que solo le preocupan el poder y la libertad respecto a los demás, y no el amor y la libertad con y para los demás, está condenado a fracasar.

Y, la verdad, solo hace falta echar una mirada al mundo que hemos contribuido a crear. ¿Por qué ahora las mujeres somos denominadas “personas con útero”, “personas menstruantes” o “personas que dan a luz”? No culpéis a los activistas trans. Ellos solo están aprovechándose brillantemente de la munición que les hemos dado.

Debemos cargar con buena parte del peso de la responsabilidad en esta confusión lingüística y existencial. Si nos interpretamos a nosotras mismas como versiones inferiores del hombre, no bendecidas sino lastradas el un útero, los demás harán lo mismo. Las mujeres ya no son consideradas como seres humanos extraordinarios, complicados y misteriosos bendecidos con el asombroso poder de abrigar y dar vida. No, son solo no-hombres más débiles que ellos y lastrados por su útero.

La Iglesia de Inglaterra no sabe lo que es una mujer… pero nosotras sí. Una mujer es un ser humano adulto, hembra, con dos cromosomas X. Y podemos tener como modelo, por ejemplo, a María, una joven judía pobre, no casada de Nazaret, cuyo “sí” a Dios es la elección individual de mayores consecuencias desde que Eva escogió la manzana.

Si cambiamos nuestra forma de pensar, podemos cambiar el mundo. Chicas, es tiempo de curarnos a nosotras mismas.

Publicado en First Things.

Traducción de Carmelo López-Arias.