El jueves pasado, día 12 de julio, se cumplió el 15º aniversario del horrendo y vil asesinato del joven concejal de Ermua por el PP, Miguel Ángel Blanco, secuestrado dos días antes. Su asesino, alias Chapote (ya sé que ellos no lo escriben así, pero yo no soy ellos), le disparó, absolutamente en frío, dos tiros en la nuca, al más puro estilo chequista del estalinismo, aunque con un arma de pequeño calibre para que la agonía fuera más lenta y cruel. Estos son los socios de Batasuna, Bildu y compañía, cuyos miembros se niegan a repudiar las atrocidades de ETA, prueba evidente de que son lobos de la misma camada.

En aquella terrible ocasión, España entera se echó espontáneamente a la calle condenando tan espantoso crimen. Hasta el PNV se unió a la repulsa general de la banda asesina, aunque en una pirueta propia de los nacionalistas “moderados”, se desmarcaron rápidamente del clamor popular que dio origen al “espíritu de Ermua". ¿Qué queda hoy de aquel espíritu? A la preguntan podrían contestar socialistas y nacionalistas, fosores de aquel repudio general de las gentes.

En las grandes manifestaciones contra ETA que espontáneamente tuvieron lugar en toda España, hubo no pocos que pidieron la pena de muerte para las alimañas asesinas que mataron a Miguel Ángel Blanco. Aún hoy, esa petición resuena de vez en cuando; sin embargo, los creyentes tenemos la obligación, ahogando nuestros impulsos vindicativos, de oponernos a estas demandas, porque así nos lo exige nuestra fe. La vida y la muerte son prerrogativas exclusivas de Dios. Nadie está legitimado para suplantar las funciones del Supremo Hacedor. Por consiguiente, las leyes –y los actos de los hombres- tienen que detenerse, si quieren ser justas y humanas, ante el umbral de los derechos que Dios. Pero ello en todos los supuestos, incluidos, y no en último término, el aborto provocado y la eutanasia. En mi opinión, el aborto puede ser tan condenable como el asesinato de Miguel Ángel Blanco. En ambos casos las víctimas son totalmente inocentes y están totalmente indefensas. En el aborto, además, existe el agravante de que la muerte del hijo está inducida por la propia madre de la criatura. ¿Puede darse una atrocidad mayor?

Pero si la pena de muerte queda vetada a las gentes que quieran atenerse a los mandatos cristianos, es, en cambio, perfectamente legítimo, que las fieras salvajes, como son los terroristas, en cuanto se las atrape, sean enjauladas a perpetuidad, si ello es necesario para mantener la seguridad de los ciudadanos. No se pueden buscar subterfugios leguleyos para dejar sueltas a las alimañas, con la amenaza social que ello representa. ¿Alguien cree que los etarras han renunciado total y definitivamente al terror, al asesinato, a la extorsión y a la intimidación? ¿Acaso han entregado las armas? ¿Acaso han hecho renuncia expresa y pública de su barbarie criminal? ¿Acaso los representantes de sus franquicias políticas han condenado estos días el terrible crimen del joven concejal de Ermua? ¿Han condenado alguna vez ningún crimen de ETA? Se puede y se debe ser tolerante, comprensivo con el otro, pero creer que las fieras salvajes y sus socios civiles, que no civilizados, se han vuelto herbívoros es como creer que los burros vuelan.