El Líbano es un pequeño país, del tamaño de Navarra, bastante desconocido en España; salvo para los cientos de militares que allí vienen sirviendo en FINUL en el sur limítrofe con Israel. Su sola mención sigue invocando -a muchos de nosotros- guerras interminables, crueles matanzas de “todos contra todos”, ocupaciones extranjeras, bombardeos brutales… Pero Líbano es mucho, muchísimo más.

Al término de este verano, el país de los cedros volverá a ser noticia; pero, esta vez sí, con ocasión de esperanzadores encuentros, diálogos interreligiosos, y búsquedas a tientas de la paz: Benedicto XVI visitará este martirizado país. A punto de ser suspendido en varias ocasiones, por el lógico temor a una extensión del conflicto civil armado sirio, la Santa Sede informó que el viaje tendrá lugar los días 14 a 16 de septiembre. Si Dios quiere.

Acaso la palabra clave sea “contraste”.

- Geográfico. Dos cordilleras paralelas a una costa de 225 kilómetros de longitud (el Chouf contiguo a Monte Líbano y el Antilíbano fronterizo con Siria), algunas de cuyas cumbres mantienen nieves perpetuas; un fértil valle central de la Bekaa, a 700 metros de altura, que genera una riqueza agrícola que surte a buena parte de Oriente Medio y alberga las mayores ruinas en pie de Roma.

- Histórico. A los habitantes del Neolítico, que excavaron las primeras habitaciones en roca de la humanidad, se les han sumado fenicios, egipcios, asirios, hicsos, griegos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, mamelucos, otomanos, franceses…

- Humano. Más de cuatro millones de libaneses en un exiguo territorio especialmente montañoso. Casi un millón de inmigrantes en los trabajos que no quieren los autóctonos para sí. Y varios millones de libaneses en una diáspora mundial casi dos veces centenaria. Algunos regresan (especialmente desde los demás países árabes y África); otros mantienen su identidad generación tras generación (los de Europa, América y Australia).

Antítesis abismal entre gigantescas urbes, como son Beirut, y en menor medida Trípoli, y cientos de pequeños pueblos de montaña, con decenas de millares de casas en parsimoniosa edificación, acreditando así sus propietarios, muchos de ellos emigrantes por todo el mundo, que albergan gran esperanza en el futuro.

- Religioso. Nada menos que 18 comunidades de base religiosa: cristianos (católicos, ortodoxos, protestantes), musulmanes (sunitas, chiís, drusos, alauitas), armenios.

- Espiritual. Fábrica delicada de eremitas, monjes y párrocos; animadores de unas gentes muy religiosas. Y escuelas musulmanas de todo tipo: espirituales y jurídicas. Todo ello frente un “occidental” culto al cuerpo que une a musulmanes y cristianos en gimnasios numerosísimos, la omnipresente moda del tatuaje y el piercing. El consumismo voraz, ¿“becerro de oro” que iguala ya a todos?

- Ideológico. Líbano ha sido y es campo de batalla del imperialismo europeo, del nacionalismo libanés, del panarabismo de Nasser, del ideal de la Gran Siria del Baas y de Anton Saade, de la Umma de los “califas perfectos” hasta la actualísima infiltración de Al Qaeda entre los radicales sunís, del resurgir chií animado por Teherán…

- Político. Profundas divisiones partidarias que responden a los intereses de clanes familiares y territoriales, más que a criterios ideológicos que se antojan mera excusa frente a los imperativos de la sangre. Y, actualmente, canalizadas en la simplista “a favor o en contra de Siria”. Su fruto: más de 20 partidos presentes en el parlamento nacional. Y un gobierno endémicamente débil contrarrestado por una sociedad estructurada desde sus comunidades reales. Y si el ejército está desplegado por todo el país, por medio de cientos y cientos de controles militares en toda carretera y encrucijada, su mitad está controlado, de hecho, y muy eficazmente, por Hizbulá: Estado, partido, milicia, ¿grupo terrorista?

Siendo una democracia a “la libanesa”, aunque muy imperfecta desde la reduccionista mirada occidental, ésta garantiza la participación de todas las minorías. De este modo, la presencia cristiana permite la democracia y el pluralismo… también a los musulmanes, por lo que muchos de ellos piden a los cristianos que permanezcan en su tierra; a pesar de su miedo de que Irak se traslade a Siria y de allí a su patria.

- Social. Brutales diferencias entre ricos y pobres: medio millón de emigrantes sirios (construcción, servicios, restauración) a los que se mira con respeto, temor y resentimiento; despreciadas, en ocasiones hasta el maltrato, mujeres indonesias, indias y filipinas (en los hogares al cuidado de niños, ancianos y ¡mascotas!); varones abisinios, sudaneses y eritreos en tan callada como despreciada limpieza de bares, y calles. Una seguridad social y sanidad estales paupérrimas, compensadas por una familia tradicional, todavía fuerte, que protege a niños y ancianos con consciente orgullo.

- Cultural. Universidades prestigiosas, colegios públicos y privados de todas las confesiones, magníficas librerías, una música que canta al amor y que surte todo el mundo árabe, el cine un poquito conocido en Occidente de la mano de Nadine Labaki...

- Ecológico. Alberga las últimas reservas de los milenarios cedro, desforestadas montañas de más de 3.000 metros de altitud, un 38 % de tierra cultivable, y, por el contrario, una descontrolada y dañina contaminación urbana provocada por un millón de vehículos en tan divertida como casi imposible conducción que iguala la de El Cairo.

- Turístico. Desde restos arqueológicos de todas las culturas que por allí vivieron, causantes del asombro de todo viajero, hasta exclusivos clubs para los multimillonarios árabes. Senderismo, estaciones de esquí, deportes acuáticos.

He tenido la feliz oportunidad, tan demorada como sucesivamente deseada, de viajar, este pasado mes de junio, a Líbano, recorriéndolo de norte a sur, y de este a oeste. Si mis expectativas eran altas, la realidad me ha desbordado día a día, momento a momento.

Así, al viajero, además de todo lo anterior, también puede antojarse que Líbano es un inmenso taller de automóviles (especialmente destartalados Mercedes de todas las gamas). O un gigantesco mercado al aire libre (desde las tiendas más caras de Oriente, hasta los puestos fruteros más humildes). O el paraíso de las constructoras: miles de edificios de todo tipo, rascacielos de vértigo, suburbios laberínticos al estilo norafricano, villas de diseño exclusivo a la última; cuya expresión más contundente sea el SOLIDERE del asesinado Rafiq Hariri, especialmente en la llamada “línea verde” de Beirut, allí donde se combatió ferozmente durante años. O un inmenso restaurante delicioso y aromático sembrado con narguiles y exuberantes flores.

Impacta al viajero la vistosidad de un catolicismo militante presente, por todo este territorio, en cientos de iglesias, monasterios y ermitas; colegios, asilos y hospitales. Estatuas y capillitas a millares: en casas y caminos… Y ello desde su pluralidad: los originarios maronitas, coptos, latinos, siriacos, armenios, caldeos, melquitas. Al igual que sorprenden millares de nuevas mezquitas, de idéntico diseño y desafiante minarete de hormigón armado, en evidente rivalidad simbólica y material.

Un país que ha visto nacer y vivir a santos (Chárbel Makhlouf, Nemetala Al-Hardini, Rebeca de Himlaya), eremitas (Antonios Tarabay), escritores (Gibran Kahil Gibran, Amin Maaoluf) y artistas de todo tipo (la más universal cantante árabe, Fairuz, modistas como Elie Saad). Y otras muchas relevantes figuras mundiales, con sangre libanesa en sus venas: desde el hombre más rico del mundo, Carlos Slim, a la cantante Sakira…

A poco que se observe, en diálogo tranquilo y respetuoso con sus gentes, se detectan profundas cicatrices en el alma libanesa. Acaso la más evidente sea la de la memoria viva de los más de 100.000 muertos en la guerra civil de 1975 a 1990. Y otras decenas de miles más, fruto de las recientes ocupaciones israelita y siria. Otra lacerante herida no cicatrizada es la de los 18.000 desaparecidos, en buena medida supuestamente en Siria. Y la afrenta de las 2.500 libanesas violadas por la soldadesca siria…

Es imposible reflejar en unas pocas líneas, por mucha pasión y razón que se inviertan, la desbordante realidad de este siempre sorprendente país.

Pero, por encima de todo, hay que destacar la acogida de sus gentes, su gran cultura, amabilidad, alegría, su embriagadora belleza física…

El país entero, y toda su gente, son una oda de todos los sentidos a la vida.

Privilegiado Benedicto XVI, por viajar a este microcosmos único, rompeolas de Oriente y de la Cristiandad.

Afortunado país que recibe de nuevo a un Papa –Juan Pablo II lo visitó el 10 y 11 de mayo de 1997- en paz, a pesar de todo, con la esperanza y la mirada acariciando el futuro.

Fernando José Vaquero Oroquieta