Vamos recorriendo las maravillas del bautismo, el sacramento que nos inserta en la vida misma de Dios. Propiamente, los signos sacramentales del bautismo son: la signación con la cruz en los ritos iniciales, el agua, el santo crisma, el cirio y la vestidura blanca. Pero nosotros nos vamos deteniendo en todos los bellos elementos de una celebración única, una realidad visible de un auténtico Misterio invisible: Dios derramado en el hombre. El hombre sepultado en Dios y vivo para siempre.
    
Una vez realizados los ritos iniciales, los catecúmenos, ya en la Asamblea, escuchan la Palabra proclamada, necesaria en toda celebración de sacramentos, que hace en este caso referencia al bautismo, a una vida nueva en Cristo. Es signo de todo el catecumenado, donde son instruidos por la palabra, por la predicación, y van siendo purificados y liberados de los ídolos.
    
Luego vienen unas oraciones para pedir Dios la protección contra el Adversario, Satanás.
    
Primero se hace la “oración de los fieles”, llamada así por ser propia de los fieles cristianos, los bautizados, que los catecúmenos hacen en ese momento por primera vez, instruidos en los arcanos de la oración; y luego se invoca la protección de los santos en una “letanía” que, a veces se hace cantada y cuya belleza nos trasporta al mismísimo cielo del que ellos gozan. Es estupendo saber que desde el bautismo contamos con la intercesión de todos los santos en nuestra lucha contra los enemigos.
    
Seguidamente viene propiamente la oración del exorcismo. La idea que suele haber de esta palabra está ligada al cine, a las modas de las sectas satánicas, que tanto mal hacen en quien las sigue, etc. Pero es realmente la oración que la Iglesia hace para preservarnos o librarnos del Demonio (“líbranos del Maligno” rezamos también en el Padrenuestro), aunque también ésta establezca un ritual específico para determinados casos que puedan darse de posesiones demoníacas. Todo esto, más que un tema morboso, para el cristiano que quiere ser santo, es algo normal, pues no duda, como bien expresa el catecismo, de la existencia de los espíritus inmundos. Lo importante es saber combatirlos.
     
Por último, el niño o el adulto que se va a bautizar es ungido con óleo. Es solo aceite de oliva, a diferencia del crisma que se utilizará posteriormente, que estará mezclado con perfume. Este aceite es “para que el poder de Cristo te fortalezca”, como dice el ritual. Como los luchadores en la arena se ungían con aceite antes del combate, para que los golpes del adversario resbalaran, así es ungido el catecúmeno, para que en la lucha que le espera contra los enemigos del cristiano, salga victorioso.
    
Así es la Iglesia, que nos ayuda en sus ritos y no nos deja solos. Todos estos signos, redescubiertos oportunamente cuando somos adultos, nos acompañarán y nos fortalecerán para toda nuestra vida.