Siete años han transcurrido ya desde que Benedicto XVI ocupase la silla de Pedro; y el aniversario nos sirve de excusa para destacar aquí lo que a todas luces constituye el signo más distintivo y esperanzador de su papado, que no es otro sino la restauración doctrinal de la Iglesia, malherida tras las inercias, malos usos y flagrantes abusos acaecidos en época postconciliar.
Quizá la acción más divulgada por la prensa de este designio restaurador haya sido el empeño del pontífice en afrontar sinceramente el escándalo de la pederastia en el clero, fenómeno no por marginal menos indigno y muy expresivo del azote del secularismo, que durante décadas ha campado por sus fueros en el seno de la Iglesia. Pero Benedicto XVI no se ha limitado a combatir las consecuencias de esta calamidad (según la receta propia de nuestra época, que pone farisaicamente cadalsos a las consecuencias, a la vez que entroniza las causas), sino que ha indagado las raíces del problema, descubriendo que su sanación verdadera sólo será posible si se combaten los errores doctrinales de fondo que han infectado a ministros y fieles; errores con los que se había transigido o contemporizado de forma un tanto irresponsable en pasadas décadas.

Muestras de este designio restaurador las tenemos por doquier; a algunas no les prestan atención ni los propios curas, que se resisten, por ejemplo, a poner reclinatorios en la comunión. Pero tal vez la muestra más llamativa (e incomprendida por muchos, aun en el seno de la propia Iglesia) sean los esfuerzos de acogida que Benedicto XVI está mostrando con la fraternidad sacerdotal de San Pío X, fundada por Marcel Lefebvre. En julio de 2007, Benedicto XVI promulgaba la carta apostólica «Summorum Pontificum», emitida en forma de motu proprio, en la que daba una mayor facilidad para la celebración de la misa tridentina. Posteriormente, en enero de 2009, Benedicto XVI levantaba en un decreto pontificio la excomunión a los cuatro obispos ordenados de forma irregular por Lefebvre; y en septiembre de 2011 Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, entregaba a Fellay, superior de la Fraternidad, un «Preámbulo Doctrinal» que, en caso de ser aceptado, pondría fin a la ruptura. Desde entonces, se han sucedido los contactos, que según los últimos indicios podrían resolverse con la plena regularización canónica de la Fraternidad.

A simple vista, puede parecer un episodio menor; pero tal vez se trate del gran acontecimiento de este papado. A pesar de las intemperancias mostradas por algunos miembros de la Fraternidad, a pesar de las resistencias y desconfianzas de muchos prelados, a pesar de la animadversión furiosa que ciertos sectores eclesiásticos progresistas (y también, por cierto, conservadores, en paradójica alianza) exhiben ante los «lefebvrianos», el Papa no ha cejado en su voluntad explícita de propiciar la reconciliación definitiva con este grupo tradicionalista. Benedicto XVI es un testigo privilegiado del «proceso de decadencia y autodestrucción» (empleamos expresiones suyas) que «fuerzas latentes agresivas, polémicas, centrífugas» desataron en el seno de la Iglesia, en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II. En su esfuerzo por propiciar la regularización canónica de la Fraternidad de San Pío X —que, en caso de consumarse, le acarreará incomprensiones por doquier y una feroz campaña mediática de desacreditación— vislumbramos el propósito regenerador de un Papa que no se conforma con atajar las consecuencias funestas de un proceso degenerativo, sino que aspira a una auténtica regeneración del tejido enfermo. Gaudeamus igitur.

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