Mons. Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares, es un cristiano de cuerpo entero, y como tal ama la razón y la libertad. Es además un obispo fiel y valiente, que defiende a su comunidad pero sale también al encuentro de cualquiera, por distante que esté. No le gustan las trincheras y no hace ascos al diferente. Es cierto que no suele practicar el cálculo ni la táctica, y también que como cada cual, puede conseguir expresarse con mayor o menor precisión según los casos. En todo caso, eso no le impide correr el riesgo de ejercer su ministerio al aire libre. Todo esto lo conozco de primera mano y no por referencias. Ahora mismo sufre un insoportable linchamiento que va más allá de lo que debiera permitirse cualquier sociedad democrática.

Evidentemente, las afirmaciones de Mons. Reig en su homilía de Viernes Santo, emitida por La 2 de TVE, pueden ser debatidas y criticadas por cualquiera, siempre que use argumentos, se atenga a lo dicho por el obispo, y lo exponga con un mínimo de respeto. Pero el insulto soez, la mentira prodigada a manos llenas, el intento de silenciar al diferente (incluso de meterle en la cárcel, como dice un botarate mediático), y la basura en la red contra una persona, son todos ellos indicios de una sociedad enferma.

Siempre es posible que los católicos nos expliquemos más y mejor en el debate público, ese es un desafío que tenemos todos los que estamos en el ágora: periodistas, maestros, obispos, cualquiera... Y es evidente que existe mucha oscuridad sobre los grandes valores, por ejemplo sobre el significado de la sexualidad humana. A fin de cuentas Mons. Reig ha desvelado los infiernos en la tierra que viven tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo, y no hay en sus palabras condena o exabrupto, sino una mirada de piedad que quizás ha sido lo más insoportable para algunos bienpensantes.

Una bronca como ésta nos ayuda a entender la magnitud del reto. Las grandes certezas sobre el hombre hasta hace poco compartidas se han disuelto en un mar de confusión, tal como decía con precisión el papa en la Vigilia Pascual. Hay que construir desde los cimientos. Pero la agria polémica suscitada estos días también nos indica que es preciso defender la libertad a toda costa: la de cada uno de los ciudadanos (católicos incluidos), la del obispo como guía y representante de una comunidad, y la de la Iglesia como cuerpo vivo que actúa en la historia. Desde aquí un abrazo a Don Juan Antonio.

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