10 de abril de 1912, Un gran barco transatlántico, el buque más grande y lujoso del mundo, inicia su viaje inaugural. partiendo desde Southampton (Inglaterra) y con destino a Cherburgo, y Nueva York. Todos conocemos su nombre, su historia y su gran pretensión (“Este barco ni Dios lo hunde”) Y conocemos también su trágico final. El dramático accidente, en el que murieron más de 1,500 personas, la volveremos a recordar el próximo sábado, centenario del trágico accidente. Muchos lo catalogaban como el zenit del progreso y el poder humano, el punto álgido de lo que es capaz de hacer el hombre: una gran construcción técnica que le dará la felicidad. Más allá del romanticismo de películas como la de Leonardo Dicaprio, todos conocemos el triste final.

Este año el acontecimiento coincide con otra gran búsqueda de la felicidad (eso pretenden sus organizadores): un congreso internacional precisamente sobre este tema que tanto nos inquieta siempre: la felicidad. ¿Dónde está? En muchos momentos parece que se nos ha perdido. Es la gran presente y la gran ausente, la más anhelada y la más lejana, parece, a nuestro entorno global de crisis multidisciplinar (económica, política, de confianza, moral, religiosa...)

Como era de esperar, el Congreso no ha revelado la receta mágica, en parte inexistente para un hombre que va construyendo su vida día a día, en la tragicomedia de la existencia. Pero me gustaría rescatar algunas buenas ideas que nos ha dejado. Y la principal, a mi juicio, es que la opinión pública piense, aunque sea sólo un momento, en algo positivo y no en malas noticias.

¿En qué consiste ser feliz? Todos lo sabemos pero resulta difícil definirlo, delimitarlo, concretarlo. Unos hablan de satisfacción general con lo propio, otros de ausencia de miedos, de bienestar... Yo me quedo con una imagen: la del pequeño, o la pequeña, que se sabe amado, querido. ¿Dónde está más feliz un niño, sino en los brazos de su padre, en el regazo de su madre? Alguien le ama, le quiere por lo que es, y con eso basta y sobra.

Varios ponentes han recalcado también como la felicidad no se provoca ni viene como un invitado que llama a la puerta. La felicidad es una decisión personal, un disfrutar lo que tengo confiando en que alguien me ama, y yo le correspondo con amor. No deja de asombrar como una misma circunstancia (enfermedad, dolor, sufrimiento) genera en unos la auténtica felicidad y en otros es su principal y acérrimo enemigo. ¿Será tan malo el sufrimiento? ¿O seremos nosotros los malos, cuando no encontramos ahí la felicidad profunda? Ciertamente, la felicidad en el dolor es proporcional el sentido de trascendencia que tengamos y cultivemos.

Una de las claves, y lo afirma el hombre más feliz del mundo, es el amor incondicionado al otro. Cuanto más amor damos, menos espacio para el odio albergamos. Lo dice el que catalogan como hombre más feliz, un monje rebelde, pero ya antes lo dijo el Hombre más feliz que venció un enemigo infranqueable para el hombre, la muerte. “Hay más alegría en dar que en recibir”. “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. El cristianismo no está tan lejos del corazón humano.

Una última idea, para aquellos que simpatizan poco con la moral, con la obligación de hacer el bien y evitar el mal: Muchos coinciden: los malos no pueden ser felices. Y aunque parezca que tienen todo, algo les falta. Entendemos sin problema que haciendo el bien seremos más felices, que el mal no es lo propio del hombre, y que hay bienes más allá del dinero, del placer (que acaba saturando) y del poder.

¿Es casualidad que ambos eventos coincidan con la semana principal del cristianismo, la octava de Pascua? Muchos califican nuestra religión como la religión de la cruz; pero detrás manifiestan una miopía, quizás presente también entre los cristianos. Jesucristo fundó la religión de la vida, de la felicidad, del gozo profundo.