Una de las cuestiones claves –tal vez la de más influjo– para el momento presente y para el futuro de la sociedad europea y española es la de la secularización, de la que es una compañía inseparable el relativismo. El proceso secularizante constituye, lo sabemos bien, un latido muy fuerte del corazón mismo de la modernidad. El fenómeno de la secularización ha asumido cada vez con mayor fuerza la forma de un laicismo radical e ideológico. En algunas partes y por algunos sectores de la sociedad, este laicismo se está convirtiendo en una especie de «dogma público» básico, al tiempo que la fe está siendo sólo tolerada como opinión y opción privada –pero así, en el fondo, tampoco es tolerada en su propia esencia–. Este laicismo toca al núcleo y fundamento de nuestra sociedad; afecta al hombre en su realidad más viva y a su propio futuro.

A la secularización amplia y honda de hoy, en el Occidente, puesta de manifiesto en algunas formas de laicismo imperantes, ciertamente han podido contribuir de manera muy determinante varios factores. Es verdad que, con la aplicación al hombre de las biotecnologías y con todos los otros desarrollos tecnológicos conexos, ha comenzado una fase nueva de nuestra existencia en el mundo, una nueva etapa, de la que parece que estamos sólo al inicio, y que se presiente como destinada a acelerarse y a producir efectos muy relevantes y potencialmente extensivos a todas las dimensiones de la humanidad: efectos que hoy es bien difícil, por no decir imposible, de prever en su alcance y desarrollo. Sin duda que muchos de sus logros podrán ser, son, beneficiosos para el hombre; pero otros, no podemos negarlo, originarán, y originan ya, daños incalculables. Por eso mismo, y en todo caso, habrá que estar muy atentos para que tales avances puedan y deban ser ordenados de tal manera que vayan a favor y no en detrimento, y menos aún en contra, del hombre.

Esta nueva fase de nuestra historia, a la que me estoy refiriendo, nos reenvía a una cuestión principalísima, nos remite a una palabra, a una realidad fundamental que es la que está en juego: «el hombre», al valor y a la verdad que se le atribuya al sujeto humano, en nosotros y en nuestro prójimo, en nuestra sociedad, al papel y sentido de la conciencia, al modo en que vivamos y al uso que hagamos de nuestra libertad... La cuestión del hombre no es una cuestión sólo teórica, sino que es siempre una cuestión decisiva, radical y práctica, en la que entra en juego todo lo que nosotros mismos, con nuestra entera subjetividad y personalidad. Bien diverso, por ejemplo, es vivir como si el hombre fuese sólo un resultado de azar o una excrescencia de la naturaleza, o, por el contrario, tuviese por sí mismo una dignidad inviolable y un destino eterno; bien distinto es ver al hombre sólo objeto de las ciencias y de la tecnología, que verlo como imagen y semejanza de Dios, su Creador; bien distinto es ver al hombre como creador de sí mismo y dominador de la naturaleza; bien diferente es ver al hombre como pura indeterminación y como hacedor o artífice –«técnico y manipulador»– de cosas, que verlo como conciencia y razón capaz de la Verdad, buscador y contemplador de la verdad, que «deja ser a la verdad» y se deja conducir por ella. Ninguno puede conocer en verdad al hombre por una vía puramente neutral que, para algunos, no podría ser otra que la científica: se le escaparía aquello que es propio del hombre, es decir, su ser sujeto y no sólo objeto, en definitiva ser persona. Cuando, dando espacio preponderante a un cierto tipo de cientifismo, se considerase la racionalidad científico-técnica como la única forma de conocimiento válido, positivo y «objetivo» de nuestro ser, proponible universalmente, negando u olvidando que el hombre es ante todo e irreduciblemente sujeto, es decir persona, tendríamos como consecuencia una falta total de humanismo, un imposible humanismo y un real antihumanismo –un «ahumanismo y una inhumanidad»–. Cuando se considerase esa racionalidad exclusiva y única, ésta se convertiría en algo no sólo metodológico para aproximarse a la realidad o realidades humanas, sino como contenido único de lo que es el hombre, y aún más, peor e irremediable, vendría a ser incluso algo programático a conseguir a través de un proceso de interpretación ideológica de dicha racionalidad científica y técnica. El nihilismo, entre otras cosas, sería su consecuencia normal, como también la quiebra moral de la sociedad, y aún la misma destrucción del hombre.

Resulta un hecho difícil de negar como es el vínculo real entre los aspectos más inquietantes de la vida de nuestra sociedad –particularmente, aunque no únicamente, entre los jóvenes– y la presencia tan extendida del nihilismo y del relativismo, en el fondo nihilista también, derivados de la concepción cientifista, excluyente ideológicamente. Todo esto, a mi entender, está junto a otros aspectos en la entraña misma de la actual secularización y del laicismo con que se quieren conducir las sociedades de hoy y del futuro. Cuando Dios no puede contar para el hombre es lo que sucede. No es posible una visión neutral del hombre, -«objetiva, positiva, laica»–, que procediese sólo de las ciencias: no se pueden tildar como apriorísticas y «dogmáticas» visiones del hombre que afirman la verdad del hombre y no se resignan a esta visión única y parcial de lo que puede ofrecer una racionalidad científica, cuyo valor y alcance propio nadie puede negar o poner en entredicho sin faltar a la verdad.